Mis sueños con Dani: XI. El aparente Dani

Hacía tiempo que no soñaba con Dani, el último sueño lo había tenido en Agosto del 2016. Creo que Dani va bajando niveles en mi inconsciente y sus apariciones siguen iluminando los espacios nuevos que él transita. Eso por un lado me duele, en el inconsciente las cosas se ahondan con el tiempo y el olvido; y por otro me esperanza, no sé por qué. Imagino un farol encendido hundiéndose en el mar.

San Miguel. Camino por Belgrano hacia Presidente Perón. Voy con otras personas, las conozco, pero no puedo precisar quiénes son, no puedo atribuirle una identidad conocida a sus rostros aunque sienta familiar su manera de andar y su voz, ni tampoco logro penetrar en la familiaridad con que me tratan. Somos cuatro. Una mujer va conmigo, adelante. Los dos que faltan vienen retrasados. Doblamos en la avenida hacia la derecha. Tenemos que ir hasta un lugar en esa cuadra que, como siempre, bulle de personas que suben y bajan de los colectivos; del otro lado, el sol cristalizado al pasar por las frondas de la plaza llega verde y amarillo para colarse bajo los toldos y las marquesinas. Las piernas de las personas se recortan, negras, sobre las baldosas iluminadas; del torso para arriba, se confunden una leve penumbra. Veo un cajero automático, le digo a la mujer que se adelante, que probaré suerte y tratar de sacar plata.

En la fila hay pocas personas. Mientras espero, escucho: “¡Es el profe Dani!”. Sobresaltado, estiro la cabeza y me abro paso entre los cuerpos. Entonces lo veo: Dani viene caminando con un nene del colegio, uno de cada mano. Los tres saltan de alegría. Me emociono. Lo contemplo íntegro, desde sus pasos felices hasta el brillo del sol deformado en el aumento de sus anteojos. Juega con los nenes, se ríe de todo, no tiene que demostrarle nada a nadie ni a sí mismo. Voy a su encuentro, no aguanto las ganas de saludarlo. Una mano me frena en el camino. Una voz de pibe me dice: “Pará ¿no ves que no es Dani?, es solo un tipo que se le parece.” Entonces veo de nuevo: es otro hombre, poco parecido, el que va con los niños, cada vez más distinto, y que pasa delante de mí sin reconocerme.

El sueño sigue en la sala de espera de un consultorio psicológico. No puede sacar plata del cajero. Mientras veía pasar al aparente Dani, llegaron las dos personas del grupo que faltaban y subimos hasta el consultorio. Una de las cuatro tiene turno. El terapeuta atiende al aire libre, en el estacionamiento del edificio, sentado entre los autos. Me dicen que todavía falta mucho para ser atendidos, me preguntan si prefiero irme. Digo que no y me siento en una mesa a escribir el episodio reciente en mi cuaderno: la caminata, el empedrado de Belgrano, el sol sobre el asfalto, el calorcito del día, el paso más lento al llegar a Perón, la cantidad de gente, los cajeros con personas detrás del vidrio y haciendo fila, la primera voz, el sobresalto, Dani, mi sorpresa, su sonrisa interior, la mano desconocida, la segunda voz, la revelación, el desconsuelo. Escribo que fue mayor la pena que sentí después a la alegría que viví primero. Me angustio por eso, me culpo por sentirlo así. Escribo que esa mano y esa voz me habían devuelto a esta realidad -¿la del sueño o la de esta mañana de sábado, mientras escribo (o transcribo) todo en mi cuaderno durante el desayuno?- donde vivir sin Dani en el mundo es un viento que enciende primero, todavía, las brasas más dolientes y crepitosas. Eso escribo. Escribo que uno va desoyendo los lamentos que lleva dentro hasta lo inaudible, pero que un día algo inesperado y fortuito los reaviva, entonces la pena se enciende y uno sabe que le duele, recuerda que le dolía y que nunca dejó de doler, desde adentro hacia afuera. Eso escribo cuando otras personas me tiran el cuaderno al suelo y me gritan que allí está prohibido reflexionar. Me levanto y voy al estacionamiento, de lejos se ve cómo el doctor atiende a sus pacientes. Me vuelven a decir que falta mucho para que nos atiendan. Decido irme.

El sueño tiene un tercer momento: Aparezco en una fiesta organizada en una casa. Hace mucho calor y todas las personas que han estado viendo un show musical, abandonaron sus lugares y entraron a refrescarse en la casa. Estoy afuera, en el parque, a la sombra de unos árboles, sentado con un grupo de personas en la sillas que quedaron vacías. El dueño del lugar tiene por mascotas unos gatos inmensos, de colores exóticos, que se pasean entre nosotros mostrándose cariñosos y amenazantes a la vez. Me preguntan por la visita al psicólogo. Les respondo, enojado y sin mucha coherencia, que mientras íbamos hacia el consultorio, le hubiera dado una trompada. “¿A quién, a ella?”, me interrumpen (parece que “ella” es la mujer que me acompañaba y la esposa del dueño del lugar, dueño también de los gatos con bocas gigantes y dientes intensos) “No –respondo- al pibe que me dijo que ese no era Dani”. Entonces me piden que les cuente. Y les cuento. Pero me ataca un nudo en la garganta. Más que eso, siento una prensa en el cuello que me cierra toda posibilidad de hablar. Y quiero llorar. Pero no lloro, ni llanto sale de mi cuello amurado. Gimo casi sin voz. El aire que apenas logra salir de mi boca agarrotada es un hilo de dolor. Logro hablar entre un llanto que a veces se abre y cae como el agua a través de una compuerta abierta; y otras se reprime. Así, como puedo, cuento, y quedo deshecho en mi angustia, desmoronado sobre una silla de plástico. Una mujer del grupo me dice: lo llamativo de tu relato es que las palabras crean el mundo. Primero escuchaste “¡Es el profe Dani!” y viste al profe Dani. Después escuchaste “Ese no es Dani” y viste a otro que no era Dani. Y no te enojás con la contingencia que nos arrastra hasta la confusión, te enojás con el que dijo las palabras porque esa frase anuló un mundo que, por un instante, había sido creado por otras palabras, que no sabemos de donde salieron, ni quién las dijo.

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