Mis sueños con Dani: VIII. El ensayo 3/8

​Vuelvo a quedar solo en esa porción de ruta que la luz potente de la mañana me permite ver. Todo lo demás (aquello que se aleja, gradual, de mis ojos) se borra en un blanco incandescente. Solo quedan las dos paradas, la ruta, la calle transversal, la vereda, el cartel de la remisería, la fachada altísima del laberinto y la puerta de vidrio. Un auto se detiene frente a mí en la ruta. De la puerta trasera baja Marcos y me invita a subir. Dos chicas viajan adelante, él necesita fotografiar el río y ellas se han ofrecido a llevarlo. Subo. Nos desviamos de la ruta por un  estrecho camino de tierra bordeado -casi enmarcado- de árboles altos. No sé muy bien qué hago allí, miro el camino todo el tiempo para encontrar un lugar conocido,  bajarme, y seguir mi rumbo. El auto se detiene. Ninguno de los cuatro sabe cómo hacerlo funcionar. Nos bajamos. Marcos se va por el sendero polvoriento a buscar ayuda (lenta, leve, con apenas un bisbiseo suave de sus zapatillas, su imagen desaparece). En el lugar donde nos quedamos, los árboles ya son bajos, como espinillos petisos de un monte, retorcidos y amarillentos. La tierra del suelo es fina, arenosa y clara. Las chicas sacan una manta del auto, la extienden sobre el camino y nos sentamos encima a esperar. No las conozco. Tampoco recuerdo sus caras, en el sueño estaba atento a otras cosas. Aparece, de entre las ramas de los árboles, por ambos costados del camino, un grupo de árabes malignos. Están vestidos a la manera de las ilustraciones de Las mil y una noches y las películas de Disney, con sables y todo (en el sueño no lo advertí; ahora pienso que, quizás, nos estaban esperando y fueron quienes detuvieron el auto). Uno de ellos comienza a señalar a las chicas. Aunque no entendemos sus palabras, es claro que quiere llevárselas. Otro, vestido de negro, pone sus ojos en blanco y lanza por el aire una retahíla de palabras intrincadas que suenan a conjuro. En efecto, desde abajo de la tierra, a los costados de la manta donde estamos sentados, se levanta un conjunto de cobras excitadas y listas para mordernos. Se abalanzan sobre nosotros, pero, por más furia que llevan, no lo logran: se desmoronan en granos de arena apenas tocan la manta. Así como llegaron, más enojados que antes, los árabes se van. Seguimos sentados y callados, como si todo hubiera sido una puesta en escena. Aparece marcos, dice que más adelante hay un colegio. Empujamos el auto hasta allí.

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