Mis sueños con Dani: VIII. El ensayo 1/8

Este es un sueño largo de fines de Abril de 2016. Para poder retenerlo en mi memoria, una mañana, exhausto de haberlo soñado, lo separé en ocho partes. El encuentro y el desencuentro lo atraviesan.

Avanzamos por los pasillos de un laberinto de ligustrinas. Él va adelante, rozando apenas, como un niño, las hojas y las ramas con la mano (Recuerdo un laberinto de ligustrinas al que fui de chico, había llovido y el piso de tierra estaba embarrado. Fue en una excursión del colegio, más de uno terminó con el uniforme lleno de barro. Desesperados por encontrar la salida, corríamos y resbalábamos. Aunque no sé si lo viví o también fue un sueño). Él se da vuelta y dice que tiene ganas de hacer pis. Es por acá, le digo, y comienzo a moverme con familiaridad por entre los pliegues del laberinto. Doblamos por corredores donde el ligustro desaparece, las paredes son de madera y  hay sillas a los costados. Aparece el cartel de los baños y él entra. Me quedo afuera. Ayudado por una silla me trepo a una de las paredes (de los laberintos se sale sólo por arriba, la frase llega desde el cielo). Con el celular, apoyado en el borde de la pared, saco una foto panorámica del laberinto: es inmenso; empieza en una zona de mucha vegetación, similar a un monte, después se despliega por una llanura, chato y verde, para terminar, en subida, perdido en lo alto de una montaña, tapado por las nubes. Lo contemplo con orgullo. Descubro que el laberinto es mi creación, que he sido el arquitecto de esa obra confusa que se mimetiza con accidentes del paisaje. Veo también, antes de bajar del muro, bajo un cielo que empieza a enrojecer, cientos de personas que lo recorren como hormigas. Él vuelve del baño y seguimos. Los pasillos se ensanchan y vemos cómo, hacia adelante, empiezan a elevarse sobre la montaña sin fin. Algunas personas vienen en el sentido contrario, llevan cámaras de fotos y botellas de agua. Si suben a esta hora se van a morir de frío y sed, nos dicen, pero nosotros seguimos como autómatas, es como si no las escucháramos. Pienso que estoy a mitad de camino, que es lo mismo seguir que volver. Ese pensamiento me inquieta. El camino sube. Las paredes de los pasillos desaparecen. En realidad -¿es válida esta expresión en un sueño?- siguen allí, pero hechas de aire. A los costados de los caminos enramados del laberinto sólo hay precipicios. Vemos una grieta en la ladera de una montaña y entramos. La red de caminos sigue por dentro, ensombrecida por paredes opresoras, enormes y solemnes como rústicas construcciones góticas. El sendero que elegimos bordea un río. Encontramos camas flotando en el agua, pero no estamos cansados, ni sedientos ni congelados. El pasillo se hace recto y profundo. Vislumbramos, en el fondo, una luz y el final. Ahí me doy cuenta de que él se ha ido.

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