Mis sueños con Dani: VII. El colectivo

​El tiempo de demora que llevan los colectivos -y que puede verse, a veces, con un menos delante, en la pantalla del conductor- es comparable a una bola de nieve. Mientras más avanza en el trayecto, más enorme es. Por lo tanto, si el recorrido que uno hace entre parada y parada -digamos entre A y B- es corto, el tiempo de demora es mínimo y uno se puede dar el lujo de llegar tarde al punto A, pues eneguida pasará otro colectivo que llegue a B con escasos minutos de diferencia. Pero, si la distancia entre A y B es significativa, llegar tarde a A tiene como consecuencia llegar a B con media hora de retraso, ya que en el trayecto ese tiempo -que es la distancia que se va generando entre colectivo y colectivo, es decir, la frecuencia- crece y se expande como una bola de nieve. 

De su casa a la escuela, Dani atravesaba en colectivo una distancia homérica (al punto que debía tomar dos). Por lo tanto, la frecuencia de llegada entre colectivo y colectivo se le estiraba hasta más de treinta minutos. O llegaba al colegio a las siete de la mañana o llegaba tarde, pasadas las siete y media. Durante el último año que nos vimos, ese colectivo que lo depositaba en la esquina de la escuela a las siete de la mañana, pasaba, diez minutos antes, por la parada de la esquina de mi casa, exactamente en el momento que yo terminaba de cruzar la calle y extenderle la mano al colectivero. Había días que subía al colectivo y lo encontraba apenas empezaba a caminar hacia el fondo: se sacaba los auriculares, me saludaba y nos poníamos a hablar de la música que estaba escuchando; otros días él ya me veía cruzar la calle desde la ventana y, como si su mirada me llamara a través de la mañana aún oscura, lo buscaba; otras veces subía tan dormido que nos veíamos recién al bajar.

Ahora, no sé por qué -o tal vez sí-, ese colectivo viene vacío. Extrañamente vacío, luego de atravesar el centro de la ciudad. Despacio, se acerca hacia la parada y me abre sus puertas. Nadie más sube conmigo. Entro en su interior iluminado y espacioso. Pienso que ese colectivo aparece allí, ahora, solo para mí, que la ausencia de Dani borró toda presencia y que si él no está allí no hay nada. Entonces me acomodo en cualquier asiento, sin saber si ese colectivo es real, fantasmagórico, o alguna figuración de mi deseo de volver a encontrarlo y que nunca se hubiera ido. Me siento y lo recuerdo.

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