Mis sueños con Dani: IV. El pandeiro

Febrero 2016

Hay otros sueños con apariciones fugaces, de actor de reparto. Aparece a los lejos en un supermercado, me saluda y desaparece tras una góndola lejana, lo busco y no lo encuentro. Salgo de una reunión en un aula del colegio y lo veo pasar rápido y elegante por el pasillo. Su mezcla de presente y ausente me resulta inexplicable.

Los sueños se olvidan. Son frágiles. Se van. Es tan difícil guardarlos en la memoria… La escritura los fija y a la vez traiciona su esencia de vapor y sus historias simultáneas. No quiero olvidar. Ni los sueños ni nada. Porque recordar es volver a sentir y los sueños son recuerdos. Y Dani me dijo anoche, en un sueño del que solo recuerdo sus palabras, mientras afinaba la guitarra en la sala de maestros: No quiero fografías ni grabaciones, solo recordar para siempre cada acorde que toqué con las personas que se me fueron y con las que se me están yendo. Al instante, tal vez, desperté. Del último sueño de la noche casi siempre queda poco. Me lo traigo de ese otro lugar oscuro y espeso como noche entre las manos. Mientras me tatúo las palabras, me apresuro por volver a escuchar su voz, sentir su mano, ver su figura recortada en la luz, su cuerpo moviéndose al sol, la mañana sobre su piel. No he visto muchas cosas en mi vida, no he viajado por el mundo coleccionando imágenes increíbles. Pero las pocas cosas que vi las tengo bien vistas.

Creo que estaba en la biblioteca, o caminando por el pasillo de la biblioteca, o en un aula cercana, no lo sé con seguridad, pero recuerdo el entorno de los libros, el color claro de del conjunto de lomos brillando hacia el centro de la biblioteca y desde allí, como el rumor parejo de la corriente del río, viniendo desde otro salón, el canto de los niños y la voz de Dani. Fui con ellos.

En el camino descubrí un tambor en mis manos. Después vis las manos de Dani, su tambor estaba roto, el cuero se había tajeado/solapa y perdía aire. Le di el mío -aire/tambor- y ahí nomás empezó a sacarle sonidos maravillosos. Hacía sonar melodías en el cuero, en los hilos que lo ataban, en la madera. Resultó ser un pandeiro tambor -aparece en el sueño un recuerdo, la imagen, en el aire, de Dani caminando conmigo, bajando las escaleras del pasillo que da a las aulas de primaria, diciéndome que si conseguía un pandeiro el me enseñaría a tocarlo para jugar con mi hijo. Dani combinaba sus conocimientos de música popular Brasileña, Argentina y rioplatense. Con los chicos nos mirábamos sorprendidos de las melodías impensadas, inagotables. Quise mirar a Dani y decirle ojalá vivieras y todo esto fuera real, pero preferí cantar.

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