Mis sueños con Dani: III. La boa

Febrero 2016

El sueño empieza, o por lo menos desde allí lo recuerdo, con mi silueta, la de Lu y la de Agus caminando por alguna bajada de la Panamericana que, sin prueba alguna, pero con una certeza inamovible que ya tenía en el sueño, ubico en el tramo que la autopista cruza en la zona norte.

Bajábamos con planes de preparar la comida para el almuerzo. Teníamos una dificultad: no conocíamos el lugar. Decidimos separarnos, ella con Agus por un lado y yo por el otro, para encontrar un almacén. En mi camino, doblando por una esquina, de frente, sonriente, apareció Dani. Enseguida me propuso llevarme a un almacén y almorzar en su casa. Lu y Agus se reunirían allí con nosotros. Sé que fuimos a una despensa que tenía el nombre pintado en semicírculo sobre una puerta de vidrio. Supongo que entramos, cuando llegamos a la casa de Dani llevábamos bolsas/nombres en las manos (en el sueño, no podía separar la palabra “bolsa” de la palabra “nombre”). Dani me abrió la puerta y su presencia se diluyó, lentamente, con naturalidad; como si hubiéramos sabido, él y yo, que por alguna ley de vida, naturaleza y mundo, su integridad física, su corporeidad, estaba obligada a difuminarse cuando cruzara el umbral de la puerta de su casa.

En la vida despierta, nunca conocí la casa de Dani. Ni en fotos. La que describo en el sueño es entonces una casa hecha de todas las casas que he visto, menos la suya.

Allí quedé, entonces, de cara al corazón de su casa, mirando el amplio living iluminado por una pared de vitrales que estaba frente a mí. Reinaba la penumbra de las mañanas lluviosas y se podía sentir la humedad del jardín detrás del ventanal. Plegada a aquellos muebles ensombrecidos y nimbada apenas por el resplandor brilloso del jardín, apareció, despacio, la figura de Ana. Me dijo que, si quería, podía salir a ver el jardín, pero que tuviera cuidado porque la boa constrictora se había enredado con la manguera y era muy difícil diferenciarlas. Me acerqué a la puerta de la pared ventana. Lo que a primera vista parecían dos mangueras enredadas, se convertía, cuando seguía su recorrido con la mirada, en el cuerpo oscuro y tubular, cada vez más grande, de una serpiente pesada y atroz que apoyaba su cabeza mítica sobre unas escaleras. Quieta, como si su inmensidad no le permitiera ya sentir nada en sus extremidades, no se inmutaba cuando yo trataba de correr su cola que empezaba a deslizarse por debajo de la puerta.

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