Mis sueños cn Dani: I. El acto

Enero del 2016

El inconsciente me daba una segunda oportunidad -¿o me la daba yo mismo?, nunca me queda claro hasta dónde son de uno las decisiones que se toman en los sueños. Ya sabía que la mujer llorando al final de las escaleras, pidiendo ayuda con su hijo perdido, era una distracción para detenerme y que Dani pudiera escapar. Por eso, cuando bajé las escaleras, entre el humo, entre las demás personas que corrían y tropezaban con los cuerpos caídos en los escalones, no me detuve a escuchar los lamentos de la mujer que se retorcía en lágrimas como la pintura de Picasso. Seguí corriendo por uno de los pasillos que llegaban al patio trasero, alejándome de la masa de personas que escapaba hacia la puerta delantera. Afuera, detrás de los juegos de escalada y la pileta, alcancé a ver el cuerpo de Dani, como una sombra, corriendo al costado de la ruta.

Lo perseguí durante un largo tramo. La ruta, una cinta plateada y uniforme, dividía en dos aquel lugar plano, pálido y oscuro a cada lado. No sé si él empezó a correr más lento o yo más rápido. La sensación que tengo ahora, mientras escribo, es que me dejó llegar hasta él. Después de todo, yo corría sin saber por qué, impulsado por la necesidad inexplicable de encontrarlo luego de la explosión y el intento frustrado de fingir su muerte.

Mi cuerpo jadeaba entero. La respiración me latía desde los pies. Habló él. Dijo que si no me hubiera entrometido en sus planes ahora todos estarían llorando su muerte y él hubiera podido escapar sin problemas. No entiendo (y creo que ese era mi reproche o lo que me había impulsado a perseguirlo como un perro a una bicicleta) cómo había hecho yo para saber que la bomba que preparaban tenía que haber explotado en determinado lugar y momento para que Dani, desde el escenario, actuara su muerte. En un momento del acto descubrí la bomba, di aviso a todos en el colegio y comenzaron las corridas, los gritos, la explosión a destiempo.

Sumergido en su explicación y mis pensamientos, no vi que hasta ese lugar de la ruta llegaban los otros hombres que habían participado con Dani. Uno traía en la mano un bisturí y antes de que pudiera yo reaccionar, me hizo un tajo lento y preciso sobre la clavícula, de hombro a hombro. Caí sobre el pasto, inmóvil y dolorido, sintiendo la sangre abrazarme el pecho y la espalda. Los otros dos hombres,  enfurecidos porque había frustrado su farsa, me quitaron la remera y aplastaron mis costillas con sus botas, me escupieron, me abrieron las piernas y amenazaron con violarme. Dani, callado, me miraba como si nada allí dependiera de él, como si aquellos hombres también decidieran su destino y yo hubiera visto lo que no debía.

Después pasó todo muy rápido. De golpe oímos muy cerca el motor de un auto. En un segundo, desviado del camino, no sé si accidentalmente o adrede, el auto arrasaba con el lugar donde estábamos, y los hombres se tiraban al suelo para no salir lastimados. Me escapé. Corrí a contramano por la ruta, los autos me esquivaron hasta que uno paró, me subí y salí de allí. A lo lejos, la silueta de Dani seguía escapando.

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