Los días que siguen

Pasó el tiempo. Loma Bola se hundió en el recuerdo, como la luz del día que nos fuimos, última, naufragando en el horizonte del valle. Atrás la despedida del atardecer, con los cerros enardecidos; atrás la bajada de tierra que caminamos para ir al río; atrás las noches sin tiempo, atrás el pueblo vecino al que nunca fuimos.

Hace días, con la luz del sol, llega también el frío. Salgo al patio de la casa de mis padres y vuelvo a pensar en los días que éstos continúan. No se por qué, será porque Agus duerme en su cuna y quisiera que este aquí conmigo, viendo el tilo y el fresno deshojarse, pletóricos de amarillo. Ya los vio, más temprano, mientras caminaban sobre el pasto con mi padre. Pero ahora ha salido el sol y su luz se cuela por los espacios que las hojas van dejando al caer, las frondas proyectan su sombra carcomida sobre el pasto y la pared gris. Solo se oye el viento, algunos pájaros, los crujidos de las ramas y las hojas al caer sobre las hojas ya caídas. Todo resplandece. La luz se refracta en los copos amarillos y el suelo parece cubierto por una arena dorada. Creo que escribo porque mientras miro deseo que este paisaje no sea solo mío. Pero estoy solo. Lu trabaja, Agus duerme y mis padres están en el hospital.

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