De noche

La luna salió despacio detrás de los cerros más altos. Salió rasgando las nubes que demoraron su aparición. Primero las nimbó de un blanco brillante, después las abrió como miga de pan. Claro que no era ella quien ascendía, sino nosotros, los que de alguna manera, anclados a la tierra, nos movíamos. La perplejidad fugaz de sabernos -y sentirnos- dos puntitos entre dos esferas inmensas y flotantes -tan solo dos, de  entre una de las galaxias-, nos enmudeció. Nuestra medida de personas no sirve para mesurar el infinito. Se explicaba el silencio de cada planta y cada animal en aquel valle.

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