En el río

Agus juega con las priedecitas del río. Lu me las pasa, las dejo en mi mano y él las toma de a una para lanzarlas al agua. Estamos sentados en una piedra grande que da a la corriente imparable. Cuando las piedras terminan de sumergirse, festejamos y él aplaude. Las mira, les habla, quiere llevárselas a la boca. Ha estado así como media hora. Treinta minutos en la vida son un instante. La cadencia pareja del río, repetitiva como un mantra, la luz pura de la sierra, la simpleza de una piedra, todo nos acerca a cierta esencialidad que nos hace bien. Uno quisiera que ese instante durara por siempre.

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