Reflexiones sobre mi práctica docente (un año, un grupo)

Empiezo estas anotaciones consciente de que ya no puedo mirar sin encontrar esperanza, de que cada vez creo más en las utopías y que todo cambio es posible y, ahí arriba, como un solazo que alumbra todo, que la pintura es vida, mano, y todo lo que se necesita para levantarse cada día.

 

Ovejas negras

Ya había invocado la magia de Spinetta abriendo la primera clase del año cantando “Será que la canción llegó hasta el sol”, ya les había contado a los chicos mi postura pedagógica –un paradigma cruzado por Freire y Frida Kahlo- y mis planes utópicos de cambiar el mundo y con él a nosotros. Y todo a través del arte – a través, desde, para, por, entre y todas las preposiciones que existan. Entonces empezaron a hablar ellos y una cosa llevó a la otra y en los tópicos obligados que uno tiene que tratar cuando está en un 6to año me contaron de la bandera de egresados y que se sentían como ovejas negras. Actitudes, más que nada actitudes, que vivenciaron dentro del colegio, los llevaron a sentirse así. Y más allá de no ser yo psicólogo ni algo parecido, pensaba mientras me hablaban que nadie siente cosas de la nada. Fue allí cuando me propuse trabajar con ellos para ver si podemos, algún día, dejar esa lana negra llena de colores. Les propuse intervenir la puerta de la escuela para semana santa, les dije que el trabajo cumplía dos objetivos muy lindos: nos ayudaría a encontrar una dinámica de trabajo grupal (el curso entero un solo grupo) y empezaríamos a trabajar haciendo cosas no para nosotros, sino para los demás. Tomá, esta obra que hice ahora es tuya, la hice para vos, la dejo acá, vos sabrás qué hacer con ella, yo ya estoy haciendo espacio para algo nuevo. Al otro día, después de charlar un rato sobre nuestros gustos musicales, les mostré videos y fotos y les conté la historia de la infiorata, una técnica floral italiana que intentaríamos emular con papeles de colores. Les llevé también un cuento de Cortázar –Correos y telecomunicaciones- y les escribí abajo del cuento que es difícil hacer irrumpir la poesía  y lo maravilloso en esto que nos dan como realidad. La familia del cuento decide concretar la imposible empresa de la poesía: encarnar, transformar en acción lo que por no sé qué error solo habita en las páginas de los libros, en las canciones, en los sueños y en los deseos más lejanos. Si nuestras horitas de arte pudieran ser así… Ah, hablando de los materiales necesarios para comenzar nuestra intervención Yanina me dijo que su tío tenía una librería artística y como cerró ahora tiene un montón de papeles de colores en la casa. Ese fue Spinetta desde el cielo.

Será que un papel llegó hasta el sol

Les comenté a los chicos mis sensaciones con la música nueva que no conocía y me habían dicho que escuchara.  Como a Patricia le gusta Green Day y tengo un disco genial de canciones de Green Day interpretadas con por un cuarteto de cuerdas, lo copié y se lo llevé; como Paula me había dicho que escuche a un rapero español y a mí que me encanta el hip hop no me había gustado nada ese rapero español, le llevé un disco de uno que a mí me gusta así había un ¿cómo se dice? Ah, feed back. No puedo conseguir ningún disco de Metanoia para Cecilia y Ezequiel, devotos de las canciones religiosas. También me gustó la letra de una canción que me había recomendado Fernanda, les conté que era una letra interesante para trabajar desde los dibujos y quedamos en que se las llevaría, no todos la conocían. Paula propuso un tema para trabajar en la pared del aula, algo con las cuatro estaciones, desde el color, tenía un dibujo que había hecho y todo. Nos pusimos a clasificar los papeles para nuestra intervención y en eso se nos fue la hora. Al otro día –gran sorpresa gran- me recibieron con dos tapers colmados de bizcochuelo. Armamos la estructura de nuestro papel para trabar y acordamos en que organizaremos los colores del oscuro al claro, queriendo simbolizar así la resurrección de Cristo. Nos sentamos a pegar papeles y se nos fue la hora.  Ah, apenas empezó la clase una Psicóloga vino a saludarnos y manifestó sus ganas por pintar con nosotros cuando trabajemos dentro del aula. Algunos estaban a punto de sonreír, yo lo sé, en esta no me engañan.

Habemus portam

Vamos a atribuirle todo o bueno que pasó al Papa Francisco. Encontré la discografía de Metanoia, la copié y se la llevé a los chicos –esta cátedra promueve la copia de discos. Pero sólo se lo di a Cecilia, Ezequiel no estuvo yendo al colegio, me dijeron que tiene un virus, esa manera tan lacónica y fatal que tienen los chicos de responder cuando no les interesa la pregunta. Pensamos una frase para poner entre las dos columnas y terminó siendo la Biblia el lugar elegido de donde sacar una, los chicos aceptaron medio a regañadientes, pero a falta de buenas ideas qué mejor que los libros. “Soy luz del mundo”, después de preguntarle a los catequistas qué pensaban, fue la elegida. Se armó una discusión terrible en clase sobre si existía el papel crepé lila, terminé comprobando esa misma tarde que, al menos en las librerías de San Miguel, existe poco; sólo conseguí uno. Al otro día fui antes para terminar el ensamblado del arco que adornaría la puerta, fueron como dos horas y media de una sola sentada y para que pase más rápido, o se haga más llevadero, nos pusimos a hablar con los chicos sobre nuestras familias, nos viene bien pues recién nos estamos conociendo. Se me viene una canción de La Renga a la cabeza: me contaron de sus vidas, sus triunfos y sus fracasos. Mientras hablaban pensaba que el trabajo (medio mecánico, porque recortábamos y pegábamos papeles a troche y moche) les hacía decir cosas que por ahí en otro contexto, proponiendo el mismo tema, no dirían. Me quedo con historias: la de Fernanda, que le encanta trabajar los fines de semana con su mamá en una panadería porque le dan de probar as cosas nuevas que van saliendo a la venta y nunca le falta carne en la heladera porque el papá trabaja en un frigorífico (lo de que “le encanta” lo supongo yo, a mí me encantaría que me den de probar cosas ricas en una panadería); o la de Paula, que comparte la habitación con su hermanita autista y lucha con su mamá para que la deje cocinar los huevos para estas pascuas porque en los comercios los venden muy caros y la mamá le dice no cocines porque vas a dejar todo sucio. Terminamos el armazón mientras algunas chicas construían una escenografía para el Via Crucis. Les llevé para que guarden y lean unos versos de Walt Whitman, terminan así: “Para todos vosotros, en el nombre de América / levanto la mano perpendicular, hago la señal, / la señal que permanecerá visible eternamente después de que yo me haya ido, / visible para todas las guaridas y los hogares de los hombres.” Y terminamos de guardar las cosas y nos fuimos al patio a cantar un poco, y tocó el timbre y nos fuimos a casa con la esperanza de dejar también nosotros, con nuestro arco de papeles, una señal.

Lunes: llovió, no pudimos pegar los papeles a la mañana. Marta y Andrea compartieron nuestras ganas de pegarlos si se despejaba. Se ve que las ganas de todos pudieron más que las nubes porque al mediodía el sol clareaba la calle y con los chicos de 6° de la tarde pudimos concretar la intervención –esos papeles que tan triste se habrán sentido cuando cerró la librería del tío de Yanina no se esperaban tan digno destino.  Al final del Via Crucis apareció Paula, sola, con una remera que aludía notoriamente a The Big Bang Theory. Había ido, sola –me parece valido el énfasis-, a ver el trabajo de sus compañeros. Quedamos en que a la vuelta le íbamos a dar forma a su idea sobre las cuatro estaciones para trabajar el aula, le conté que estaba preparando unas cosas con Vivaldi –ineludible- y unos pintores que me gustan, pero que tal vez para ellos sería medio aburrido, ella puso cara de “seguramente para nosotros sea aburrido”, así que seguiré buscando. Video de la puerta: http://www.youtube.com/watch?v=FKRmNzBvNPE

El bosque de los dos acres

Llevé una hoja que cubre toda la superficie a pintar, la pegamos en la pared y les dije: bueno, a tirar ideas y dibujar. Pánico total. Pánico total que se tradujo en inmovilidad e inseguridad. Yo –confieso, confieso…- estaba esperando ese golpe de temor ante la super hoja cubriéndolo todo. Lo que me interesa es ver cómo van reaccionando los chicos y cómo buscan –o no- un lugar útil en la dinámica de trabajo. Entonces fueron apareciendo los que generaban ideas, los que se encargaban de decir que esas ideas no estaban buenas (estos se dividen entre los que bajan una idea mejorándola o aportando una nueva y entre los que dicen no y no aportan nada, lo últimos son, claramente, los más difíciles), y los que concretan las ideas en el papel. No sé cómo se armó una discusión sobre los personajes de Disney y nos encontramos con el dato de que un osito muy famoso vive en “el bosque de los cien acres” y a partir de allí dividimos la hoja en estaciones y salió una cierta tendencia a hilvanarlas con un paisaje cambiante. Al otro día llevé libros, de todo y variado: arte, poesía ilustrada, libros álbum, historietas, libros lúdicos orientados a un lector más pequeño, catálogos de exposiciones, arte precolombino, técnicas de pintura. Hicimos una mesa común de libros y los vieron. Porque: nadie tiene la obligación de saber de arte, nadie tiene la obligación de tener un gusto estético definido, nadie hace mal en pasar su vida haciendo cosas que no tengan nada que ver con el arte. Entonces, lejos de alarmarme porque a los chicos no se les caía una idea, me puse a ver qué les gustaba. Salieron cosas: la técnica del mosaico mural (vieron unos de Peturutti que les encantaron), contrastes simples (fondo de color liso y dibujos lineales de un solo color), una suerte de transformación de palabras en dibujos y dibujos en palabras como los dibujos de Escher, una locomotora y una mariposa que gustaron mucho (confieso que, encontrándome por motivos académicos en pleno estudio del surrealismo, celebrolas ideas en apariencia poco relacionadas). Por ahora el boceto tiene solo dos árboles. Seguiremos. Si es verdad eso de que educar es soplar una llama para convertirla en fuego voy a necesitar un fuelle para que las ideas de los chicos lleguen a ser poderosas. Yo sé que las tienen, pero las veo tapadas por un montón de intrusiones, como si se preocuparan en la vida por tareas que los alejan de algo tan esencial como la lectura y la imaginación. Para ver si a alguien se le movía el piso llevé “Lo fatal” de Rubén Darío, ese pánico del que habla el poeta ante lo poco que sabemos de la vida fue equiparable a lo que sintieron frente a la hoja en blanco. Se llevó cada uno la poesía pa leerla en casita, espero que no la lean un domingo porque ahí sí que te tiemblan las patas.

Tirame un resultado porque me ahogo

Semana de dibujo en el boceto, trabajo y transición. Avanzamos con  los dibujos y se fue perfilando la estructura general: las cuatro estaciones bien definidas cromáticamente: verano alegre y de ensueño, otoño silencioso y melancólico, un dibujo muy sencillo en el invierno para poder trabajarlo con mosaicos, una explosión pop y natural en la primavera. En cada estación, me llamó mucho la atención (me salió una rima), aparecen dibujos animados que tienen que ver con la infancia de los chicos o con ese estilo de dibujo ágil y colorido que tanto les/me/nos gusta. Pero no se termina allí. A los pibes les encanta escribir cosas como frases de canciones. Y no son precisamente canciones infantiles. Entonces se genera en el boceto una disonancia lindísima. Lindísima porque: si la vida es contradictoria y disonante ¿por qué el arte no habría de serlo también? Todo coesxiste y queda en nosotros. Vivimos con lo que fuimos, con lo que creemos ser y con lo que anhelamos ser y casi siempre con lo que podemos ser. Vamos siendo. Devenimos y cambiamos constantemente como las estaciones del año y todo queda en esa peregrinación de vida. Un mural que habla de la vida y el crecimiento de una manera sutil: así como las estaciones, lo que fui y lo que soy, no se detendrá jamás. Pero eso no es todo. No vamos a pintar ninguna frase. En los espacios destinados a ellas vamos a usar de fondo pintura para pizarrón. Entonces quedará el mural lleno de espacios que cada uno podrá ir actualizando con el tiempo y seguir generando así un cambio incesante. Siento la necesidad de presentar el boceto urgente. Veo las miradas de los chicos estirarse como un chicle, no me gustaría que las tiren a la basura porque la tarea ya no les sabe a nada. Nos apresuraremos a terminar rápido para obtener resultados.

¿Ovejas Negras?

El jueves terminamos el boceto. Dibujamos y remarcamos con fibras para ver el contraste en la hoja grande. El viernes vino el Padre Guillermo y les presentamos a los chicos Misionarte, un proyecto de acción pictóricocristiana que los invita a conformarse como un grupo artísticomisionero. Como lectura de cada viernes, y para presentarle el grupo a Guillermo, les llevé la simbología de la oveja, así de paso le contaba al Padre cómo se me habían declarado los chicos la primera semana de clases. Si bien ya todos conocemos un poco la simbología por a parábola cristiana, fue interesante saber que según los relatos folklóricos, el origen de todos los relatos, todas las ovejas nacían negras y se volvían blancas a través de un proceso de crecimiento y purificación. Cuando una oveja negra se vuelve blanca, hay una vida terrenal que transmigra su alma. Cuando una oveja blanca se vuelve negra, una alma celestial baja a la tierra. Como el domingo que se venía era el día del buen pastor, el Padre partió de allí para empezar a contar el proyecto. Las miradas de los chicos estuvieron, si se me permite la expresión, variopintas. Del desconocimiento a la sorpresa, de la sorpresa a la intriga, de la intriga al análisis, del análisis a la crítica, de la crítica a la discusión, de la discusión al consenso, del consenso a la aceptación y así de a poco nos fuimos poniendo todos de acuerdo en una dinámica de trabajo que nos permitiera llevar adelante el proyecto respetando los tiempos e inquietudes de cada uno. Para mí fue un día histórico y espero poder concretar el proyecto en más de una oportunidad. Nos comprometimos delante de los chicos a trabajar con agilidad y rapidez. El proyecto es algo hermoso, riquísimo, como un helado, y tenemos que empezar a comerlo antes de que se derrita.

Arte catártico

Lijamos. Bueno, lijaron, no tuve oportunidad (ni necesidad) de tocar una lija. Primero marcaron la pared con la vieja y amada técnica (al menos por mí) del hilo embebido en polvo de carbonilla, tensado en la pared para lograr las rectas. Y después, ya aclarada la elección de la tercera persona del plural en vez de la primera, lijaron. Algunos salieron a protegerse del polvillo, no todos con la misma suerte: Yanu, que volvió después de la lijada a barrer un poco, me enteraría más adelante, tuvo una tarde complicada con la alergia. Me dijo algo genial: no puedo olvidar mis mocos, aunque deje de pensar en ellos igual los siento. Uno no puede evitar pensar en aquello que siente, se trate de problemas, un amor, o de mocos. Vuelvo al aula. Ellos lijaban y yo los miraba lijar. El polvo se desprendía de la pared como la espuma de las cataratas. Tengo ahora mismo en la cabeza una imagen de Cecilia lijando a pleno con las dos manos y apretujando la lija que, creo, no la olvidaré jamás. Era como si dijera: tomá, pared, tomá, voy a cambiarte. Después sabríamos que el lijado fue tan potente que los chicos del curso de al lado sentían las lijadas como si las estuvieran haciendo en su salón. Así fue, los chicos lijaron ¿Qué lijaron? Evidentemente mucho más que una pared sobre la cual pintarán cosas. El aula es chiquita. Estrecha y estirada. Como ellos nunca han sido un curso numeroso hace tres años que están allí. De haberme pasado a mí, hubiera querido lijar algunas cuantas cosas que ya no quiero ver ni sentir a mi lado en el salón. Las cosas quedan, ya hablé de eso más arriba. No se van hasta que no se las expulsa. Ahí viene la catarsis. No son comunes las posibilidades que tenemos de sacar lo viejo y hacerle espacio a lo nuevo, además casi nunca sabemos cómo hacerlo. Para mí –uno no es ningún psicólogo-, ellos, sin darse cuenta, habían encontrado una manera: lijando su salón de años, ese que será el último, el que recordarán cuando sean grandes y piensen en su escuela. Después nos fuimos al patio a cantar. Al otro día salimos (acá no hace falta hacer ninguna aclaración con respecto a la persona y el número del verbo) La muestra de Marina Devesa, en la UNGS, se llama Mujeres rojas, o Pinturas Rojas, no lo recuerdo muy bien. Creo que en el catálogo dice “pinturas”, pero me gustaría que se llamara “mujeres” y quiero recordarla así. Se trata de un puñado de óleos de pequeño formato con una temática bien clara: la cosificación de la mujer en una máquina de limpiar. En las obras ellas aparecen preparando la mesa, tendiendo la cama, trapeando el piso, limpiando vidrios, ventanas y baños, cosiendo, volviendo de hacer las compras, levantando la caca del perro. Los fondos son rojos, ellas grises, blancas y negras; y se dan vuelta y te miran con una cara de bronca total. No la estamos pasando bien ¿te pensás que me gusta? Y tantas otras cosas que podrían decir. Después de recorrer esa muestra y otra de unos ilustradores que estaba en la sala contigua, nos sentamos delante de los cuadros rojos, hicimos un intento de ronda, y le repartí a cada uno una hoja de la “guía de la buena esposa” de 1953. La temática era la misma, sólo que en 1953 a las mujeres se las mostraba contentas de hacer todo eso que hacían para que su marido la pasara bomba. Obviamente las chicas –que son muchas- pusieron el grito en el cielo y aprovecharon para hacer un poco de catarsis sobre cómo reaccionarían ellas si tuvieran que estar en situaciones como: tu marido llega tarde todas las noches porque es un hombre de negocios muy ocupado y vos no. La reflexión que llevé es la siguiente: es imposible que el arte no represente aquello que muestra. Para representar algo –y esto lo hacemos inconscientemente- tenemos que tener una idea de ese algo. Al representarlo construimos nuestra idea, con prejuicios, con verdades, con lo que sea. Tanto la “guía de la buena esposa” de ayer como las “mujeres rojas” de hoy, más allá de las diferencias sociales de cada momento histórico, están construyendo una imagen de la mujer. Y nosotros, al pintar nuestro mural, nos estamos construyendo en la pared. Entonces ¿cómo nos estamos representando, qué idea tenemos de nosotros? Bueno, para pensar quedó la cosa. Como cada viernes, les llevé de lectura un chiste dibujado de Tute, una mujer corría a dos hombres amenazándolos con un corazón gigante que revoleaba en el aire, ellos escapaban diciendo “¡cuidado, una despechada!”. Había pensado el chiste como una venganza femenina al maltrato machista, pero no puede parar -por eso prefiero mujeres rojas- la sangre que hervía  en cada una de las chicas y el chiste fue interpretado como otra cosa machista –porque la despechada es una señorita a quien han dejado- y hasta una propaganda de milanesas de soja cayó en la volteada. Hubo una interacción muy linda entre todos mientras discutíamos estas cosas. Atenta, sin malicia, agradable. Estar en otro lado, haber caminado esas cuatro o cinco cuadras bajo el sol hablando de las cosas que aparecían en la calle, propiciaron ese buen clima. Si hay un tiempo para nosotros, si nos han sido concedidos momentos para crecer y recordar juntos, espero que este haya sido uno de ellos.

Una reflexión: en un momento de la charla, en la expo, les cuento a los chicos que yo también había estado pensando sobre las representaciones implícitas de la adolescencia en el mural, entonces les conté de estas cosas que escribo. ¿Escribe todo? Bueno, todo lo que considero importante. ¿Escribe cuando se nos escapa una puteada? No, escribo lo que considero importante. Y ahí me puse a pensar en la subjetividad de todo esto. Escribir todo es imposible. Las palabras no alcanzarían, la memoria no alcanzaría, uno terminaría inventando más de lo que recuerda. Entonces selecciono, elijo. Bello derecho ese de poder elegir. Y elijo lo que me parece relevante. Relevante para el trabajo, para la tarea pedagógica, para nuestro crecimiento como grupo de trabajo. Un chico diciéndole a otro “che, boludo” y enseguidita “perdón, profe, se me escapó”, nada tiene de importante. Un chico mirando a otro con atención, escuchándolo, es un tesoro.  Y de alguna manera en estas cosas que escribo nos estoy construyendo, a ellos y a mí, a nosotros. Estoy sacando afuera la forma en que nos pienso. Eso es suficiente para seguir escribiendo. Si esto se lee, no se lee, se recibe con alegría o con indiferencia, es otro tema. Lo comparto porque de alguna manera los docentes tenemos que hacernos cargo de que si queremos un cambio en los chicos primero tenemos que cambiar nosotros. Todos juntos, en un abrazo hermoso. Para cambiar hay que pensar distinto, para pensar distinto hay que pensarse críticamente. Y a mí se me ocurrió esto: pensar  críticamente mi práctica docente a través de la escritura y compartirla. En realidad se le ocurrió a Freire. Ojalá a todos se les ocurriera algo y pudieran compartirlo. Viviríamos en una comunidad hermosa, tan hermosa que todos querrían participar. Alumnos, padres, maestros, todos. No quiero dar clases de Arte, no quiero ser un Profesor, quiero trabajar con los chicos, bien desde el fondo, quiero generar un trabajo que sea como amasar una vasija de barro. Y embarrarnos las manos. Aprender a crear con ese barro. Crear un tiempo y un espacio donde podamos crecer. Escribirlo y compartirlo.

Conversar                                                                                                                                                                               

Día 1: pasamos enduído por los agujeritos de la pared y enmascaramos los bordes del mural. Se armó rápidamente un equipito: Cecilia y Patricia envistieron sus manos de espátulas y  Gisella y Fernanda atacaron la cinta de papel azul, Paula colaboraba como esos jugadores de vóley que tienen la camiseta de otro color y van por toda la cancha como quieren. La actividad llevó su tiempo, si se empareja mal la pared o la cinta queda torcida el mural queda con pozos y desprolijo en los bordes. Los demás nos sentamos a con-ver-sar. Es increíble lo humano y pacífico que se vuelve el aire cuando las personas conversan. Hablamos bastante de las banderas de egresados: ellos siguen adelante con su caracterización de ovejas negras. Así que le buscamos variantes y yo metía de a poco el dedo en la llaga preguntándoles sobre si las ovejas iban a estar dentro o fuera del corral, así de paso ellos iban pensando en ese tema tan complejo del adentro y el afuera. Pero claro, uno no es ningún Lacán. Salió otro tema: fabricar nuestros propios tizones de colores artesanales y salir a dibujar las baldozas de la plaza ¿Tengo que pedir permiso en la municipalidad? Ya veremos. Día 2: íbamos a visitar la muestra de Araldi en la UNPAZ, pero llovió desde temprano y faltaron siete chicos. Eran solo seis en el aula. La lluvia ya estaba menguando, pero decidí no salir sin el curso completo. Me gustaría fomentar siempre lo colectivo, la unidad, y teniendo la posibilidad de ir otro día con todos juntos, bueno, me pareció lo mejor. Los chicos estuvieron de acuerdo. Sobre todo cuando vieron la pintura y los pinceles que había llevado para darle una base de color a la pared. Pinceles y a pintar. Yo me dediqué a ir limpiando las gotas de pintura que caían al suelo (no muchas, por suerte) Me gusta hacer eso cuando se empiezan los murales. Creo que tengo que estar al servicio de ellos en las cosas más humildes, no haciéndome el capo y dando lecciones magistrales de cómo se agarra un pincel. Después vino a ayudarme Matías. En cuarenta minutos ya le habían aplicado dos manos a la pared. Limpiamos los materiales y nos dedicamos a con-ver-sar. Ritual. Ceremonia. Conversamos sobre cosas tan cotidianas como quesos y mermeladas, sobre si cuando llueve son mejores las ventanas abiertas o el mate, sobre qué iba a hacer cada uno a la tarde, sobre los supermercados chinos. Y salió otra cosa. Ezequiel, en Pascua Joven (si recuerdo bien el nombre), participó de la construcción de un rosario gigante hecho con globos de helio, la cruz era de cartón (eso fue lo que supusimos todos, él no sabía de qué había sido la cruz). El rosario se fue volando y durante media hora se lo puedo ver en el cielo. Ahora queremos hacerlo (ya encontraremos el momento). Algo más: vivir es hermoso. Sé que también es terriblemente desgarrador, todo el tiempo, a cada segundo. Pero estar viviendo es hermoso. No ser, sino llegar a ser. Conversar con los chicos es una actividad que instaura la vida dentro del aula. Las exigencias de la clase, de los contenidos, de lo que uno quiere hacer (y la mar en coche) muchas veces nos alejan de sentir la vida dentro del aula. La cosa se vuelve mecánica, repetitiva. Estímulo, respuesta. Conversar deja que la vida entre en el aula. Las calles, la lluvia, los patios de las casas, la familia, todo atraviesa las paredes del salón y uno siente, como en esa bella canción, que está parado en el medio de la vida. En su séptima carta de Cartas a quien pretende enseñar, Freire hace una distinción entre hablarles a los alumnos (cuando el docente les habla estrictamente de la tarea pedagógica) y hablar con los alumnos (cuando el docente habla como habla con todo el mundo) Cito al maestro:  “si la opción de la educadora es la democrática y la distancia entre su discurso y su práctica viene siendo cada vez menor, en su vida escolar cotidiana, que siempre somete a su análisis crítico, vive la difícil pero posible y placentera experiencia de hablarles a los educandos y de hablar con los educandos. Ella sabe que el diálogo sobre los contenidos a enseñar, así como la vida misma, si es verdadero,  no sólo es válido desde el punto de vista educativo, sino que también es creador de un ambiente abierto y libre dentro del seno de la clase.” Después dice que es una manera de contribuir a la formación de ciudadanos con un pensamiento crítico. Pero, y acá el maestro hace hincapié, hablar con el alumno significa que el docente oye al alumno, cuando casi siempre es al revés. Siga usted, don Freire: “Ésa es la razón crucial del derecho a voz que tienen las educadoras y los educandos.” Como diría Cortázar, si hay más de diez personas en un salón, sería un poco injusto que sea una sola que hable mientras las demás escuchan. El diálogo estimula el respeto por lo diferente, el gusto por la pregunta, por la crítica, por el debate, el derecho de cada uno a ser escuchado. Termino con Freire: “…si soñamos con la democracia debemos luchar día y noche por una escuela en la que hablemos a los educandos y con los educandos, para que escuchándolos podamos ser también oídos por ellos.”

Revelaciones

Empezamos a pintar, de a poco, de a pinceladitas, hasta que se rompa esa barrera de nervios que cada primera pincelada lleva y la pintura explote. Hay algo del grupo que me fascina. Cuando les hablo antes de empezar a trabajar y les planteo un poco las actividades de la hora, me escuchan y nada más. Mínimos gestos, apenas insinuada una mueca de agrado o disgusto, ambigüedad total. Termino de hablar, no sé si se van a copar. Y de a poco, con la misma ¿parsimonia? ¿paz? con que me habían escuchado, van tomando los materiales y se ponen a trabajar, algunos primero, otros después, otros toda la hora, otros alternando, otros sí, otros no, y después sí. Así fue que empezamos a pintar, yo mezclé colores. Pato se puso a pintar una locomotora, decidida, kamikaze, de frente la encaró y se metió en sus propios problemas y no se desanimó, le dio para adelante y ya la va domando. Me sorprendió verla trabajar así. Guido tocó la guitarra, hacia el final de la clase le cantamos a Fernanda, se la veía triste. Guido, alguien que toque la guitarra durante este tipo de actividades es una cosa fundamental. Al otro día fue a escuela con un montón de canciones impresas y, cuando en un momento se interrumpió la guitarra y el canto porque pensamos que los demás estarían ya un poco saturados, Inés, que está luchando con un árbol, quebró el silencio pidiendo que no se corte la música. Entonces seguimos y le volvimos a cantar a Fernanda, que seguía triste y se llevó a la casa un libro de princesas que le llevé, a ver si el arte puede endulzarle el dolor. Tocó el timbre y nos quedamos un rato más pintando y cantando, Yanu, Paula, Guido, Eduardo y yo. Y cantamos. Cantó Eduardo, con pasión, con alegría, el mismo pibe que siempre veo un poco dormido y que a lo griego se ocupa entre el gimnasio y el estudio, cantando conmigo a los gritos una canción romántica. Guido, con una voz prístina; Yanu, disfrutando cada sílaba que entonaba. Paula pintaba, imperturbable, acompañaba escuchando, aunque cantó a capela el estribillo de Penélope. Sentí ese momento como la culminación de un descubrimiento hermoso que el día anterior había inaugurado la semana de trabajo. Había llevado mi guitarra pintada para mostrarla. Cecilia, cuando la vio, se sorprendió. ¿Cómo hizo para pintar debajo de las cuerdas? Se sacan, le contestó Guido. ¿Pero… yo nunca pude… no es un lío ponerlas? Y me quedé mirándola. Una Cecilia distinta a la que yo conocía  se me reveló en esas pocas palabras que dijo. ¿Tenés una guitarra, Cecilia? Sí, profe. Esa Cecilia velada siguió rasgándose en cada cosa que callaba. ¿Y tocás y cantás, no? Pero te da mucha vergüenza y no decís nada. Sí, ni siquiera dejo que me escuchen en casa, el otro día mi papá me escuchó detrás de la puerta y me enojé. ¿Y qué cantás? Me sé una sola canción. Y la charla siguió, y su ser musical se fue develando de a poco. Aprendió mirando por youtube, no sabe los nombres de los acordes, pero sí las posturas, le falta una cuerda, nunca las cambió, le pasa blem a la viola para que brille, la quiere, le puso nombre, habla de ella con ternura. La convencí, creo, de que la lleve a la escuela para que le cambiemos las cuerdas y empecemos a practicar. Me quedé imaginando una chica que toca sola la guitarra, siempre en su cuarto, a puerta cerrada, para que no la escuchen. Cuando cantan y tocan en la escuela, ella no dice nada. Llega a su casa y si tiene ganas agarra su guitarra. El papá, a veces, cuando está en la casa, la escucha. Entonces se acerca hasta la puerta y se queda paralizado. Del otro lado suena una guitarra y, con una voz desconocida, su hija canta   y canta (claro que esta es toda una suposición mía) Ojalá Cecilia pueda traer su guitarra y hacerla sonar y cantar. Si eso pasa –y en esto creo- y si no abandona, encontrará un refugio.

Yo persigo una forma

Degas cuigh gekladidgs y vamos a pintar los pelos como de arco iris vi sus ojos decididos colores ikodun dam de sad traje esta poesía fafezvom god dok primero el árbol repinto y las líneas luego aunque muy conforme no la vi pero fe total en Inés sí serjem de nidend’e defoe ma dé de fuksuf naif fiusjf kujum o sifujofsa, no es su mano sino la pintura agua al pincel y leonardozequiel avanzaron ante skoño. Fajf mi saksa skolisifof jujansa Pato como en plan de guerra pero si aguerrida pinta que siga adelante flujúlomos soplefpirómano worfum, menjyve najha preparo colores pinto el fondo de esisms ja’s napoaner a con de Matías que pinta y se gastan por deporte de podkia prender ipìdom so pena y miro y pienso y me hundo y forja me for sosmef fakif. Didáskalos ferousin sodo es mejor oscurecer un claro que aclarar un oscuro en teorima prima sexto, dejo virtutem soduku apikoureo, k, fup, fap, fup, óld music, cuan tot anhtes ahí en el piso cuando terminemos acá fósim, querum rerum llevame esto a lalavar ente dos hoy y foram for mando un y a doc de así y de a poco el mural empieza a tomar forma y la manera que busco para escribirlo también. Un mural que busca ser la rosa, la luz cosmopolita, la luz fatal.

 

Dame una mano

Como tenía el encuentro de pintura con los niños de jardín, algo nos de los chicos salieron del aula para ayudarme. Sandra no tuvo problema en que colaboraran y así fue. Acomodamos los bastidores, colgamos los bocetos, acompañamos a los niños cuando miraron las pinturas bien de cerca y cuando se pusieron a pintar. Unos capos los nenes, tienen cierto silencio, cierta mirada de cómo si estuvieran viendo algo que vos no ves, la clave de un secreto. Un secreto que no se gastan en compartirlo porque no lo entenderíamos. Después, cuando ya los niños habían regresado a sus salones, se pusieron a pintar en los caballetitos los otros niños: Yanu, Paula, Tami, Ezequiel, Matías y Leonardo (segunda vez que veo una imagen super tierna de Leonardo: la primera acompañando a su hermanita a la salida del colegio, él le llevaba la mochila en el hombro; la segunda ahora, sentado en la sillita). Las personas grandes, cuando se ponen a pintar en una hojita o se llenan las manos de pintura, no sé por qué, piensan que están volviendo a la infancia, es más, hacen chistes: “mirá, volví al jardín”, te dicen. Y no. Creo que pintar, pintar así, con soltura, sin preocuparse por la mirada del otro, con la pintura hasta el codo, nos acerca a ese secreto de la infancia. Ellos –los niños niños- pintan sin historia, inventan su propia tradición a cada pincelada, no tienen que rendirle cuentas a nadie, ni posicionarse en ningún lugar, son su propio camino, el mundo se les abre a medida que ellos se abren, son la flor dentro de la flor; es realmente hermoso. Ya en el aula me encontré con dos cosas: la elección de un papelito para jugar al amigo invisible y el deseo del grupo de hacerle un cartel a Eduardo porque había entrado en Aventura (hasta que me aclararon qué es Aventura mi mente se imaginó a Eduardo andando por ahí a lo Indiana Jones) Llegó Claudio al salón y cada uno sacó su papel para el juego, aunque ahora me pregunto cómo habrán hecho con el papel de Eduardo… El cartel lo hicieron sobre un pedazo de papel misionero que llevó Claudio, se pintaron las manos y le estamparon su manito pintada. Ahí empecé a intuir algo. Usted también, profe; y estampé mi mano pintada. Bueno, salgamos todos juntos a lavarnos las manos. Y cuando salíamos dijo Claudio: ¿qué les parece si les doy una cartulina y me dejan sus manos para que las ponga aquí cerca? Y todos al salón de nuevo para seguir con la pintada espontánea de manos. Entonces entendí lo que había intuido: era que habíamos quedado, los que me ayudaron y yo con jardín, impregnados del seductor perfuma de la infancia y, al no poder resistir el resto del grupo ese encanto cuando entramos todos en esa estela (al llegar al aula los chicos estaban chochos con su pinturita, en especial Chamorro, que la colgó y se la mostró a Sandra) Y ya que estamos meta estampar manos estámpenlas en el mural. ¿Si? Claro, y vamos construyendo el fondo. ¿En el techo también podemos? No, salvo que quieras que me despidan. ¿Qué nos trajo para leer este viernes? Nada, estuve a mil y me recontra olvidé (cara de ufa, al menos una, sé que la vi) El viernes que viene les traigo con retroactivo. Después de las manos y de lavarme las manos volví al aula y estaba Yanu, sola, sin aflojarle a las crines del caballo que con Fer están dejando de lujo. Aproveché para preguntarle cómo estaba y me contó algunas de sus penas. Héroes, los chicos, que crecen como si subieran cada vez más a la cresta de una ola que los sacude, los acaricia, los ahoga, los besa, y que no para. En el recreo salimos a ver –no todos- algunos de los murales que ya hay en el colegio. A pensar cómo podemos superar eso. Me mostraron el boceto de la bandera y quedamos en empezar a pintarla y después a hacer los tizones y salir a escribir y (esto es algo que me gustaría amí, a ellos no sé) dibujar verdades (sus verdades) en el piso. Después practicamos un poco con Ceci, está llevando su guitarra y de a poco –como puedo, con lo que sé- le voy pasando ejercicios. Guido, siempre voluntarioso, aún con una pierna menos, se copa y participa. El mural avanza: vamos por la pintura para pizarrón y la recolección de mosaico. Inés siguió atando el árbol y el cielo sin respiro. ¿Sos muy detallista, no? Nada que ver, profe. Gisella tiene mosaicos y dice que, si yo le hago recordar, los traerá (tenemos que buscar a alguien que me haga recordar a mí) En un cruce de mezclas de color, si recuerdo bien, hablé con Pato sobre su trabajo en la M dorada, ella me muestra su dedo lastimado y ahí empieza el diálogo, horarios rotativos y una motivación para trabajar sustentada en la búsqueda a futuro de una independencia económica (y mental, agrego yo, haciéndome uno con Virginia Woolf cuando decía que las mujeres, para crecer libres intelectualmente, tienen que tener un cuarto propio –lo mismo se podría pensar para los varoncitos) Hablé con Guillermo y la pintura en el comedor se ha demorado por la construcción de una parrilla, así que, un vez hecha la pintura, salen patys.

 

¿Qué ves cuándo me ves?

Ella creía que estaba bien, pero con el tiempo se dio cuenta de que tal vez podría haber sido de otra manera y empezó a sentir, como esas lluvias que empiezan de a poco y terminan intensas, todos los te lo dije y todos los te avisé repiqueteándole en la espalda, llenándole la cabeza de algo espeso a punto de fraguar, empastándole los pensamientos y apelmazando su mirada y sus pasos que, ahora un poco más rápido, tratan de llevar su cuerpo todavía dormido al otro lado de la calle. No se encontró con ninguna esperanza en lo que va del crepúsculo. Si las tuvo, se fueron y se esconden burlonas entre la niebla que todavía corona de oscuridad los techos de las casas y los comercios. Así percibe hoy la imagen que tiene de sí misma, como la calle, con las persianas y las paredes húmedas, con marcas de pisadas a medio borronear, yéndose por un camino indistinguible. Así deberá otra vez seguir andando aunque quiera detenerse, que todo se detenga. Sólo por un rato, no para siempre, un rato donde todo esté quieto, hasta su mente, y pueda pensar. Pero el mundo sigue, al mundo no le importa, y ella ya está ahí, bien acorralada en el mundo, y la ola se la lleva. Y deberá sumar un nuevo pensamiento, acaso más denso e inevitable, a todo lo demás. Seguirá caminando lo que le queda de la calle, pero sus ojos quedarán clavados en un lugar que solo ella ve; dará los saludos de siempre, aunque por dentro repetirá las mismas palabras hasta perderles el sentido; cruzará las mismas puertas y andará como una sombra hasta que ya no le sea posible, hasta que alguien necesite algo de ella, hasta que no pueda evitar tener en frente la voz, la mano y un pincel rojo.

 

Tú no puedes volver atrás

Entonces, dentro de unos años, cuando vea un avión del ejército volar, voy a decir que una vez trabajé con una alumna que iba a estudiar para ser piloto de avión del ejército. Mientras Fer me seguía contando sus planes y me hablaba con una mirada que ya levantaba vuelo, no pude evitar pensar en que la intensidad que se siente en el curso tal vez se deba un poco a que hay una porción de mundo, de vidas y de historia contenidas en los espíritus de trece chicos que en muy poco tiempo explotarán de lleno en el mundo para entramarlo con nuevos caminos, deseos y dolencias. Uno viene del mundo muy acostumbrado (casi siempre a la fuerza) y se mete al aula con esa ropa vieja, con ese traje que los chicos están a punto de estrenar, y uno se olvida que lo que se viste es la virtud, la entereza con que cada uno lleva su vida adelante, y también se olvida de que los chicos  tienen todo el derecho de salir a buscar el sol y sólo el sol y volar sin que se les derritan las alas. De repente lo tuve presente, mientras Fer me hablaba, y pensé que la canción/poesía que había elegido para cerrar las horas de trabajo estaba bien, que no podíamos volver atrás y que en ese avanzar sostenido (e inevitable) tal vez faltaba poco para terminar el mural. El grupo se había dividido en dos, una parte hizo los tizones -Paula llevó los tubos de cartón y yo el yeso- y la otra parte pintó guiada por un solo objetivo que había planteado al principio: cubrir los espacios en blanco de colores lisos para poder después esbozar un fondo. Quedan dos encuentros más y tal vez en el próximo quede bastante definida la pintura y en el otro podamos hacer el mosaico. Las tizas quedaron secándose. Guido pintó con su pierna rota, es un guerrero silencioso. La pintura para pizarrón funciona, voy a empezar a dejarles mensajes cuando pueda pasar por el colegio y ellos no estén. Una vez lo hice con un curso que tuve y se armó lindo. El amigo invisible fracasó, pero los pocos regalitos que habíamos llevado se disfrutaron, al menos eso me dio a entender Ezequiel cuando me dijo profe, regalo, y esas dos palabras no se hubieran podido entender sin el gesto de okei que me hizo con el pulgar arriba. Ordenamos el aula y les pedí que todos estuvieran sentados para repartirles y cantarles la canción/poesía. Ya venía insistiendo y haciendo chistes con el momento de la canción, tratando de generar expectativa. Nos reíamos de que la canción pudiera llegar a ser como esas super cursis y para llorar que siempre se escuchan en los egresos. Si bien la canción/poesía fue como un baldazo de conciencia, no resultó para nada cursi y gustó. Y me alegró mucho que hayan aceptado escucharla todos sentados en un aula ordenada, después de trabajar, porque uno necesita estar en un mundo un poco ordenado cuando escucha y dice las palabras de la canción/poesía, o al menos eso es lo que siento, porque todo se vuelve frágil y sólo queda la certeza de que a pesar de los pesares tendremos amor y amigos, amor y amigos.

 

Abracadabra

Y acá viene mi teoría sobre la enseñanza del arte en los colegios: El arte es magia, es poner vida donde antes no había, es hacer visible lo invisible, es vivir para siempre de otra manera, es muchas otras cosas (todas mágicas). Como alguien que se hace responsable de caminar con los chicos por ese mundo mágico, me prohíbo, tajantemente, reponerle a alguno de los chicos una experiencia que podría tener por sí solo. Lo que quiero decir es: será siempre mucho más valioso –y mágico- si alguien descubre por sí solo que el azul sobre los cálidos provoca sensaciones hermosas, mucho más valioso que si llego con un cuadrito de armonías y digo: esta es una gran combinación. Por eso me gusta estar atento y que parezca que no escucho –cuando escucho- y si advierto que alguien dice “esto no me gusta” me quedo esperando, a ver qué hace, a ver cómo resuelve eso que no le gusta, si lo comenta con otro, si toma una decisión, si no hace nada para cambiarlo, si se da cuenta de lo que podría llegar a quedar mejor. Y si me pregunta le contesto con un “bueno”, o un “dale”, o un “puede ser”, porque, si yo le daría todo servido, si le dijera lo que hay que hacer –lo que yo pienso que hay que hacer-, estaría privando a alguien de descubrir, de equivocarse hasta que descubra. Entonces digo “bueno”, que es como si le gritara por dentro “¡tomá una decisión y después vemos!” Y si toma una decisión y cambia eso que no le gustaba, ahí sí, me acerco y hablo. Pero ese instante, ese cambio sutil –imperceptible para muchos- entre perderse y encontrarse, se lo queda el que se buscó, se lo queda para siempre. Así es que me dediqué a escuchar y los chicos van de a poco dándose cuenta de que hay cosas que necesitan quitarse o cambiar de color, o que necesitan pensarse más. Eso me puso muy contento, aunque ellos lo vivan con cierta angustia –a nadie le gusta darse cuenta de que algo no le gusta o no está muy bien. Sé que lo resolverán mientras sigan pintando. El que está perdido es el que abandona. Un caso concreto a modo de ejemplo: Era el segundo día que Inés trabajaba sobre las flores de la primavera y ya el primero me había dicho a modo de chiste/verdad “yo trabajo con las sobras”, porque se había dedicado a requisar los colores que ya no usaban los demás y con eso armó su paleta. Al otro día lo mismo, le dijo a Yanu “yo voy usando lo que a vos te sobra”. Entonces me pareció oportuna su manera de trabajar para soltar escasas palabras acerca de la posmodernidad y el trabajo con las sobras. Ella no conocía a Warhol de nombre, pero sí sus obras. La próxima le llevo ese textito donde Warhol dice que a él le gusta usar las obras y listo, ahí quedará Inés con un concepto de las posmodernidad más grabado por haber llegado a el desde su práctica y no desde una teoría que le vino de arriba. El mural avanza y la próxima largo los mosaicos. Realmente tiene una impronta infantil muy fuerte. Eso me gusta mucho. Qué vamos a andar por ahí haciéndonos los académicos, salgamos por la vida a pintar flores y corazones multicolores, sabemos muy bien que, aunque nos hagamos los serios o los adultos, nos encanta. Qué más quisiera que pasar la vida entera como estudiante el día de la primavera, cantaba Calamaro; tiene razón, todos quisiéramos pasarla así. Pero no podemos. Quisiera ser eternamente niño decía Peter Pan, y cuánta razón tenía. Pero no podemos. Lo que sí podemos hacer es pintarlo. Ceci hizo más tizas, logró unos colores a-lu-ci-nan-tes. Ojalá salgan bien. Me hizo acordar después, cuando me mostraba cómo se mezclaba un color, a una técnica de pintura sobre agua que espero probar después de las vacaciones de invierno. Vamos tapando de a poco las manos que habíamos estampado, mucho no nos gustan, al menos no todas. Pato y Paula trabajaron en la decoración del acto del 9 de Julio. Ni preguntaron, se pusieron a hacerlo y listo, me mostraron cosas que jamás en mi vida podré hacer, a ellas les parece fácil, pero es complejo y admirable lo que hicieron. Qué lindo es cuando no te preguntan y simplemente hacen. Qué hermoso sería que ellos descubrieran que el espacio que intento ofrecerles es justamente para que hagan sin preguntar. Eso sí se puede. Por unos comentarios que me hicieron me enteré que “Palabras para Julia” los había dejado pensativos, me preguntaron si les iba a cantar otra canción. No, hoy les traje una poesía, otra bomba, una de Benedetti. ¿No la va a cantar? Bueno, la próxima les canto una de Fito. Vuelvo a pensar en mi teoría sobre la enseñanza del arte. Qué papel juegan las canciones, qué papel juegan las miradas, qué papel juega la inactividad. Es todo intensamente complejo. Da la casualidad que hoy estoy yo ahí, coordinando este mural, pero bien podría estar cualquiera de ellos, porque si todo es mágico todo puede ser.

 

Tiempo de vacaciones

Ya la semana venía con una carga de humedad importante y el agua se había rebalsado el día anterior. Había subido hasta el cielo despacio pero sin pausa y el jueves empezó a derramarse. Mar de arriba, diría Neruda, pensando en la lluvia. El viernes el cielo seguía gris pese al énfasis de los meteorólogos en una pronta mejoría que se demoraría más allá de sus esperanzas. Mal clima para largar el cemento y los mosaicos; ni siquiera podía, en la semana, salir a preparar los materiales al patio de mi casa. Los cielos opacos, las veredas gomosas y sucias, las paredes blandas, sudorosas y el aire embotado ponían los corazones en modo low y uno andaba por ahí tratando de moverse lo menos posible para no quedar atrapado en todo eso. Llegué al salón en ese estado. Los chicos todavía estaban en la estela de un debate que habían comenzado con Sandra. Un grupo de chicas, cerca de la ventana que otrora recibió un zapatazo inesperado, hablaban sobre la muerte. Otro grupo, casi todos los varones, más adelante y más a los gritos, hablaban sobre el aborto. Yanu y Guido, al fondo, casi en silencio, los miraban. Pensé que si les pedía silencio y cortaba su diálogo (estaban todavía conectados a eso) iba a convertirme en una mancha más de humedad. Entonces empecé a preparar de a poco los materiales en el escritorio, probé las tizas nuevas, me metí un toque en la charla de los chicos y ahí sí, les dije que podían continuar su charla todo el tiempo que quisieran, pero que también, si querían, podían pintar un poco más conmigo, pero que debíamos cortar un poco antes porque les había llevado algunas cosas y una canción. Así fue como vino Inés con la imagen de una bella calavera mexicana, ella quería que hiciéramos solo las flores en un sector donde había una mariposa y ahora un espacio lila. La convencimos de hacer todo, el diseño gustaba. La dibujé y me quedó estirada, como esos cráneos primitivos que se deformaban  adrede, o como un extraterrestre. Mientras la dibujaba compramos galletitas dulces, a ver si le poníamos un poco el pecho a ese día. Por los comentarios que me hicieron en ese momento, referidos a ellos mismos, puedo confirmar que a los chicos no se les escapa una, que ven todo y sienten todo y cuando uno quiere ocultar un sentimiento y hacerles creer otra cosa, ellos se dan cuenta. Como si su sensibilidad estuviera hecha de esponja. Después pinté las frutillas, dibujé un personaje que Paula había dibujado antes y yo lo había tapado porque pintar un fondo con el boceto ahí se complicaba. A Paula eso no le había gustado nada, pero era más sencillo pintar primero el fondo y dibujarlo otra vez. Guido se puso andaluz con la guitarra y nos regaló unas melodías. Pato me preguntó cómo se hacen los colres, se lo respondí con la inexactitud propia de quién no sabe bien bien cómo es la cosa, quedamos en que leo y se lo cuento bien bien. Antes de terminar Inés me llamó y me mostró los costados de la calavera, uno tenía una flor de cinco pétalos y el otro una de cuatro. Le dije que daba lo mismo, pero creo que a ella no le daba lo mismo y le hubiera gustado que las dos flores tuvieran la misma cantidad de pétalos. Trabajamos de a gotitas, despacio. Como quien dice todo y me voy. No sé si el día y el alma daban para más. Hay algo sagrado cuando uno trabaja en el arte: el tiempo. El tiempo es la vida. Quien logra aprender a escuchar el tiempo de la naturaleza se vuelve sabio. Crear es acercarse a ese ciclo de nacimiento y muerte que el tiempo lleva. Entonces uno no puede crear desentendido del tiempo, ignorando que ese ciclo de creación, como la vida, tiene un tiempo propio. Hay que andar despacio y atento al ritmo que el tiempo necesita. No es soplar y hacer botella, darle para adelante sin levantar la cabeza y listo. Se camina, se frena, se corre, se retrocede, se gatea, se descansa, se mira, y así. No llevé a ninguno de los chicos a una acción que podía llegar a haber sido desmedida. Si ellos perciben esos cambios de ritmo en el trabajo y mi clara intención de que el ritmo no sea siempre el misto, habrán captado algo de ese secreto del tiempo y el arte. Para terminar les repartí unos discos que tenían grabado un solo archivo de Word: todos los pensar la práctica (menos este, claro, sino hubiera sido muy loco) Había cierta curiosidad en ellos por saber qué escribo en estas líneas. Yo me siento, ahora que sé que ellos han leído qué y cómo pienso, más expuesto, pero más libre. Después les canté una de amor y al dedicárselas les escribí que, como decía un poeta, poco hace en el mundo quien no se siente amado; y yo espero que hagas mucho. Timbre y vacaciones.

 

Arte aparte

Escribo por mí y para mí. Después que cada uno haga lo que quiera. Se me hace difícil seguir concentrado cuando todo lo que me puede distraer está al alcance de mi mano. Entonces, para seguir en el camino que Freire forjó por todos y para todos (pero primero por él y para él), escribo. Me esfuerzo en ser un buen docente, pero el arte, implacable, no me deja. Pinto, dibujo, escribo, leo y hago música todos los días. Sin falta, como un medicamento del que depende mi vida. Lo hago porque elegí vivir en la poesía. En la poesía y nada más. Aún así hay días que me quedo tildado y el trabajo es un mirar para adentro, un pensamiento que boga horas y horas sin llegar a ninguna costa. Entonces ¿cuáles son mis expectativas cuando me paro en el aula y les digo a los chicos “vamos a hacer arte”? Claro que no digo eso, pero de alguna manera lo estoy diciendo. No creo que se pueda ver el arte, enseñar arte. Arte no puede ser objeto directo. Arte es un complemento: enseñar y ver desde el arte, a partir del arte, con el arte, en el arte. Entonces para captar algo de eso tan misterioso, mínimo, hay que entrar. Hay que saber crear las condiciones para que todos podamos entrar. Esa es la puerta que me esmero en abrir dentro del aula. El problema es cómo tiene que ser uno para abrir esa puerta. ¿Autoritario? ¿Invasivo? ¿Amenazante? ¿Avasallante? ¿Parsimonioso? Tampoco lo creo, aunque no sé muy bien cómo hay que ser… Pruebo con la paciencia, con la propuesta suave pero inquebrantable, con la gratitud, con la escucha. Algún día, como en un cuento maravilloso, la puerta se abrirá. Tampoco sé muy bien cómo tienen que ser los chicos para, si es que se abre, ver esa puerta. Porque si yo mismo-el gran divagador- me quedo quieto en algunos días frente a un pincel, también debería respetar los días en que ellos se quedan quietos. No sé… me llevo hasta donde están ellos, me veo a mí con materiales en la mano, me los ofrezco, me quedo mirándome. Después está la otra parte: trabajar desde el arte en una escuela. Veo a los chicos hacer un grupo y hablar, reírse, compartir sus canciones, reírse, molestarse. Cuatro meses más de eso y después… ¿y después? ¿Viajes en trenes apelmazados de gente, más y más y más estudio, un trabajo de lo que sea o de lo que amás para sobrevivir, ganarte la vida, vivir la vida, uno más que vuelve a su casa cansado, comprarse un auto? Ya no hay nada más como la escuela después de la escuela, ni la universidad, ni la familia, ni la casa propia. No vuelve más esa red de contención que es -aunque algunos la quieran romper, la aborrezcan o la escupan- inmensamente necesaria. La sensación no queda ni en el recuerdo. Entonces, ¿qué hago yo trabajando desde el arte allí, en sexto, medio adentro y medio afuera?  Dicen que el arte es cultura y por eso en las escuelas hay que enseñarlo (otra vez el objeto directo) El que tuvo matemática en la escuela se lleva herramientas para hacer miles de operaciones indispensables en la vida, el que estudió literatura ni qué hablar, el que estudió un idioma más todavía, el que estudió un deporte la salud. ¿Qué se lleva el que tuvo arte? Yo quisiera que una sensación eterna en el cuerpo, o una puerta abierta, o tal vez la quietud, o nada. Perdón. Yo trato, pero el arte no me deja. Pintamos los azulejos de colores invernales y ya están listos para empezar la parte mosaico del mural.

 Decálogo personal para llegar a ser algún día un educador desde el arte

1-No quejarse. Nunca, de nada. En la vida es medio inevitable, pero, adentro del aula, eliminar de sí esa conducta por completo. Los docentes siempre somos lo que primero mostramos la hilacha.

2-Ser paciente. Amar la espera, entender la inactividad como una antesala de la actividad, leer el silencio. Aceptar que a veces se espera algo que tal vez no llegue, pero no por eso dejar de esperar.

3-No imponerse. No forzar las decisiones de los alumnos, no confundir su libertad con la propia. No criticarlos.

4-Cantar. Es la forma más bella que pueden encontrar las palabras, y bien sabe quien trabaja en el arte que las palabras pueden convertirse en una cárcel cuando intentan decir lo indecible. Cantar vuelve flores a las palabras, no barrotes.

5-Participar de las actividades como uno más. Cuando hay que pintar, empezar a pintar hasta ir convocando de a poco los espíritus de los interesados; cuando hay que limpiar, empezar a acomodar el espacio de trabajo. No pedirles a los chicos que lo hagan, invitarlos a través de la tarea compartida.

6-No ser careta. Aceptar un compromiso pedagógico que vaya más allá de dos horas por semana. El trabajo es demasiado intenso para decir “fuera del aula cada uno hace su ruta”. Estar disponible para trabajar cuando se pueda, fines de semana o lo que sea necesario para concretar un proyecto.

7-No tener miedo. Porque cuando uno ama a sus alumnos sabe que nada de lo que hagan romperá ese amor.

8-Estar dispuesto a aprender. Es un error pensar que en un espacio donde conviven tantas personas y tantas vidas es uno el que la tiene clara.

9- Reflexionar sobre la propia práctica. Dejar las reflexiones escritas o grabadas, da igual, pero que haya un registro al que se pueda volver para repensar lo pensado. Las palabras se hacen polvo en el aire del recuerdo.

10- Ser secreto. No buscar figurar, ser nombrado o tener el crédito. Estar siempre atrás, la vanguardia son los chicos.

 

Sobre la minoría y la mayoría de edad

Kant, cuando se pregunta qué es la ilustración en el siglo XVIII, construye una comparación entre la evolución de la persona y la evolución de la sociedad. El iluminismo se correspondería con una mayoría de edad entendida como la capacidad de las personas de razonar por sí mismas. Esta libertad de razonarla piensa en relación a quien educa a las personas y las guía. Si el educador les da todo hecho, las personas no pensarán por sí solas y seguirán en la minoría de edad. Actuar así le permite al educador mantener el control sobre las personas, puesto que quien  piensa por sí mismo se piensa y piensa el mundo y en ese acto de plegarse sobre sí mismo puede encontrar situaciones con las que no está de acuerdo y cuestionarlas. Ahora bien, pienso que una clase arte debería ser un lugar donde constantemente se le estén presentando al alumno situaciones en las que deba pensar por sí mismo más allá del mero ejercicio, que el docente de arte debe exponer su plan parte por parte para y dárselo al alumno para que encuentre cada una de las fisuras de ese plan y las cuestione hasta el cansancio, para que se piense como alumno y como actor de un colegio. Pienso que los docentes debemos ser ejemplo de esa libertad de pensamiento y que como cuando vivimos en sociedad -escuela- no tenemos una libertad total de pensamiento –hay normas y pautas que limitan- debemos escribir nuestras ideas y ejercitar así nuestra práctica de pensamiento libre. De lo contrario, sin darnos cuenta, confundiremos nuestro propio pensamiento con el pensamiento de la sociedad en la que trabajamos y repetiremos su discurso sin cuestionarlo, sin repensarlo y, por lo tanto, sin actuar para que ese discurso evolucione, mejore y crezca. Lo mismo para los alumnos; si la clase está llena de chicos que no cuestionan y hacen mecánicamente todo lo que uno les pide, la clase no evolucionará nunca porque no habrá interacción ni dinamismo, será monológica. Arte se presenta como anillo al dedo para buscar estos objetivos porque, a diferencia de otras materias, los resultados no existen y todo es ambiguo. No hay una sola respuesta para cada cosa y como todo está construido sobre la percepción es campo fértil para sembrar la subjetividad. Asumir esta postura en el aula va de la mano con el respeto por las decisiones de los demás tanto cuando están a favor o en contra de la propuesta de trabajo, como cuando demuestran reticencia o apatía. La superación de estas actitudes a través del tiempo, la espera, el diálogo gradual y no a través de la sanción o el enojo, contribuirá a fomentar la mayoría de edad entendida como libertad de pensamiento y no como manejar un auto y llegar tarde de noche. Dado  que tenemos ciertos esquemas de pensamiento muy anti-iluministas tan metidos en la cabeza desde el jardín, esto es, bellamente, una utopía. Pienso en los chicos y en el mural que ya se termina: si los acompaño así, intentando ganar el terreno dialógico y respetando sus decisiones sin dejar de conversarlas, tal vez pueda generar situaciones para que su razonamiento vaya más allá de la malla que casi siempre son las paredes del aula.

 

Y se va como todo se va

Terminamos el mural con dos capas cristalinas de barniz y soltamos unos globos para conmemorar el día. Así como los globos, se fue el mural a la vida. Los globos eran hermosos y  algunos aceptaban a medias que los íbamos a dejar ir, creo que lo mismo pasa con los trabajos que uno hace y quedan guardados para siempre en la carpeta –invisibles, pero con uno- y este mural que ya no es más nuestro y va a estar siempre visible para todos los que se lo apropien en el futuro. Trabajar para otro dentro de la escuela juega a favor de ver la escuela sin paredes, como una sociedad donde todos convivimos con todos, pintar adentro del aula ya no es concebir aula como aula sino como un espacio para ser compartido. Con todo esto se fueron los globos al cielo, subieron hasta desaparecer, como si el celeste se los hubiera tragado, tan fácil fue que me hizo pensar en lo difícil que es ver salir volando cosas del aula como el servilismo, el conformismo, la parquedad, la violencia, la subestimación, la vanidad, el enojo, la burla, la humillación, la crítica maliciosa. Seguiremos combatiendo contra los muros sin sentido pintándolos hasta transformarlos, Guillermo volvió a aparecer en escena y parece que se viene con todo Misionarte. Tierra a la vista.

 

La torre de Babel

Vamos, que todo es arriba. Vamos, que los grandes relatos ya fueron derribados. Vamos, que un día hablaremos todos el mismo idioma. Vamos, que esta malicia que viene de arriba como puño en el estómago no seguirá siempre. Vamos, que la adversidad es una sola y nosotros cientos. Vamos, que en la escuela hay un cielo al que nunca se llega y lo gana el que no se queda. Vamos, no uses tu beso para romper un vidrio y ponelo encima de otro beso. Vamos, que porque no entren en las manos todos los pedazos hay que dejar de juntarlos. Vamos, yo soy tus manos y vos las mías. Vamos, te sigo al lado aunque vos nada digas. Vamos, que se nos llenan los armarios de papeles abollados. Vamos, que se cansan las paredes y se arruinan con cuchillos. Vamos, que las aulas quedan solas en el fondo del pasillo. Vamos, que se camina con miedo a perder el equilibrio. Vamos, que si nos quedamos no sé para qué estamos. Vamos, que para amar no hace falta hablar.

 

Conturbatio

Advertencia: como la vida, o como los días, uno solo largo alternándose incesante en luz y sombra, las clases se me volvieron una y cada vez me es más difícil hacer un corte entre una y otra, las empecé a escribir en papeles sueltos que se continuaron y se alternaron también de luz a sombra. Las transcribo hoy, una tarde tranquila de domingo, con una lluvia que cae como un antetelón de otro más pesado y oscuro que llegará en unas horas. Ahora es Noviembre, casi Diciembre, esto que empiezo a transcribir data de principios de Septiembre hasta hoy. La separación en párrafos que le di al texto es solo para ordenar la lectura, no debe leerse cada párrafo como una nueva clase. La contemplación de un problema que excede las paredes de la escuela generó, a diferencia de las escrituras anteriores, un texto donde los chicos son todos los chicos y los docentes somos todos los docentes y yo soy cada uno que quiera llenar el pronombre con su persona, por eso desaparecen nombres, espacios concretos, días u otros indicios que antes evidenciaban quiénes éramos los personajes de estas clases de arte que escribo.

En las pinturas renacentistas donde había una anunciación, María aparecía siempre como confundida -no es para menos-. Parece que esa expresión se llama conturbatio, una especie de estado de sorpresa y asombro, bañado del silencio de no saber qué decir, contemplativo a la vez. Bueno, así me voy cada día del colegio.

 

“Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.”

Alejandra Pizarnik, La palabra que sana

 

Tal vez la palabra fracasó, se partió en un momento y no nos dimos cuenta. A mí no me hables así. Pero no quise hacerlo. Sabés muy bien lo que quisiste hacer, no me vuelvas a faltar el respeto; y así cada uno no mira más arriba de su escudo y choca ciego contra lo que venga. Fracasó, en un momento empezó a resquebrajarse y ahora está rota y no nos dimos o no nos queremos dar cuenta, se agrietó de muerte nuestra torre de babel y ahora queremos hablar cuando lo que sentimos debajo de los pies son las palabras rotas. Somos fragmentos de personas intentando a medias comunicarnos con un lenguaje mutilado, ninguno entiende bien lo que está pasando y nadie trata de rearmar las palabras para que suenen distintas, tratan de usar las mismas de siempre, las viejas, las rotas, las muertas.

Estoy sentado y contemplo en silencio este paisaje de escombros. El dialogo debe de seguir vivo en algún lado. No podríamos mirarnos si hubiera muerto con las palabras. O tal vez cuando no hace falta hablar es porque ya está todo dicho. Yo tampoco entiendo muy bien todo esto. Tal vez debamos cambiar nuestro esquema de comunicación por otro. Propongo un esquema de cooperación. No hablemos, dejemos este rompecabezas a un lado; cooperemos, ayudemos a los demás, olvidemos nuestro naufragio y volvamos al mar.

Parte de mi alma parte a tu encuentro; dale, Drexler, cantá. Cantá un poco vos porque parece que yo ametrallo melodías pero tengo una puntería pésima o uso balas de salva. Porque un fantasma se le ríe en la cara a Palabras para Julia. Iluso quien cree en la magia y en el poder de las palabras nuevas, ya nada vale ni como sombra de un estímulo, ni como eco, ni como recuerdo. Miralo a éste qué ganas de perder el tiempo regalando poesías. La desesperanza crece en mí como un marinero sin mar, como astronauta sin espacio. Lloro por dentro sin pausa y trato de ser mar, espacio, alumno. Doy manotazos, bocanadas desesperanzadas para no tragarme toda el agua de la indiferencia, el desgano, la falsa rebeldía, las poses, una detrás otra, capas y capas de cartón pintado, todos escondiéndose en posturas forzadas, está bien, dejalo así, es el miedo, es lo que no se puede manejar, pero mirá, con la cara limpia tengo el mismo miedo.

Lo que queda es una imagen triste, una sensación de derrota. Algún fantasma anda dando vueltas por la escuela y los chicos se parecen de repente adultos amargados. Si no trabajara con niños dejaría de creer en todo. Un adolescente que no tiene ganas de participar de nada me sabe a vencido. El desgano y la fragmentación, esta incipiente pero galopante incapacidad de compartir son el plato cayendo al piso que las manos no supieron agarrar ni vieron en peligro. Chau, plato, buen reviente. Confundidos, o aturdidos, tal vez solos, en medio de un discurso que no se condice entre el decir y el hacer, pareciera que los chicos buscan una vida que no existió ni va a existir nunca para nadie, alentados por algún hechicero que les preparó una poción mágica donde creemos que la felicidad es plausible en un suelo donde los pobres mueren como ellos solos saben morir, ni siquiera las moscas mueran como ellos, donde los nenes crecen sin nada y nada tendrán y nosotros miramos la felicidad como nuestra propia comodidad y la posibilidad de que la fiesta siga no pare siga y siga y la escuela ajena la escuela afuera la escuela con paredes. No las pintes, no sé para qué las pintás, las paredes de la escuela no se pintan, se dejan grises, altas y gruesas como una muralla enorme para que nadie salga y nada entre. Todo es trucho, la filosofía del así nomás, la filosofía de en la vida tenés que ser felíz y no importa más nada. Vencido es lo contrario de adolescente. Ser adolescente, como canta Attaque, es como vencer. No se conformen, ni siguiera con el inconformismo, ni con su propia voz, ni con las propagandas de lo que les quieren vender, no se conformen. Hay que vencer con rebeldía, la rebeldía de un hacer transformador, la transformación no se conforma con lo que hay ni con uno mismo, uno pechando a la vanguardia.

El que tira la piedra y esconde la mano es un cobarde. Seamos temerarios, tiremos la piedra y mostremos la mano con el próximo proyectil. Sí, fui yo, lo hice porque no me banco más esta situación, porque esa piedra no va a ser nada cuando termine de hablar y te apedree con mis palabras nuevas, con las palabras de mi vanguardia, con las palabras nacidas de mi crecimiento, forjadas con lo que no querés saber, vestidas de mi lana negra, pintadas con la parte que nunca conociste de mí. Solo así se vence, de frente y con el cuchillo entre los dientes, involucrándose y afilando los ojos en la noche hasta que Fierro y Cruz se den la mano. El que se queda callado piensa que el silencio es pelea, que la indiferencia es rebeldía, que absteniéndose o no mostrando interés molesta y que la molestia puede generar algún cambio. No te comas la voz, dice la Bersuit. El humo de la olla putrefacta del hechicero sigue saliendo, todos se sientan alrededor del fuego a esperar el cambio por arte de magia. Con esa magia negra solo se cambia para peor. La pérdida de sentido se vuelve más grande que cualquiera que la piense dos veces, ves crecer una sombra en el suelo, te das vuelta y ves al monstruo de pie y encabritado y te das cuenta de que la tormenta es mucho más grande, mucho más social y la escuela está ahí, bien metidita en las fauces oscuras y sanguinolentas.

No da para jugar a ver a quién se lo comen primero. Me aferro a las palabras de Cortazar, siempre nuevas, siempre al frente, rotas ya por él desde el vamos y con una nueva vida: si te caes te levanto y si no me acuesto contigo. Me aferro y me tiro al piso, me duermo en la mesa, me siento a mirarme el pelo, me abandono, me aíslo, a ver si puedo ver unos ojos debajo de eso que parecen ojos, a la persona que está proyectando esa sombra, me arrequito, me contagio, me sufragio, me aniquilo. Termina la clase y no soy nada. Invisible.

Si yo no puedo ser, si no hay lugar en el aula para que ninguno de nosotros sea, entonces que sea el trabajo. Llevo materiales, una propuesta y desaparezco. Queda eso, puro hacer. Yo como una herramienta más. Tal vez así, entregado a la marea, el agua me tire en alguna costa donde se hable otro idioma. O me ahogue.

Pienso que esto que escribo es mi evaluación. También pienso que este pensar no es un descubrimiento porque desde el principio vengo hablando del pensamiento y dale que dale con Freire, el de la palabra nueva y liberadora. Los trabajos se empiezan y se terminan. Al ritmo que los chicos quieran imprimirles, pero se terminan, y bien. Pero, y acá viene el paso que tal vez doy de más, el paso que nadie me pide que dé, el paso que nadie espera, el paso que motiva esta rabia, el paso que me dice que con el trabajo terminado no me alcanza.

El arte es de todos o no es de nadie. Por eso hay que compartirlo, partirlo, ofrecerlo como una palabra nueva. El arte es el pan del alma. Pero esa comunión no puede consumarse sin un afecto sincero. Las malas actitudes solo generan malas ideas y las malas ideas malos tratos. En ese acto de abrirse al otro como un árbol hacia el cielo hay una aceptación de las personas y de las cosas como son. Y listo. Yo como puedo, vos como sos, vamos a compartirnos. No te lo estoy preguntando o pidiéndote permiso, simplemente estoy acá, partiéndome para vos. Así se empieza a arar la tierra para sembrar arte. Solo quién estuvo ahí lo sabe, eso se sabe en un segundo y para expresarlo hace falta hacer nacer una palabra. Cuando se camina en una pose el suelo se llena de cascotes. Tratamos, pero no estamos solos, y por más paredes que dejemos sin pintar, por más altas que sean todo las traspasa y nos subimos al espiral de violencia. Si te juntás con ellos sos un traidor, a ellos no les hablamos porque no son como nosotros, estoy enojado pero no voy a hablar con nadie porque no tengo ganas no me interesa me da lo mismo me da igual no cambia nada y a mí qué ya te dije viste ya sabía me las sé todas no vengas a hacerte el que te interesa porque también sé cómo sos vos y cómo son todos y sé tanto que no entiendo nada. Cascotes. Mientras sigo ofreciendo la poca tierra fértil que va quedando y se hace huella la que nunca tendrá brotes, como un parque de la memoria. No puedo dejar de ofrecer la tierra que queda. Aún cuando tenga un día todo el campo pisoteado, escupido, despreciado, infértil, aún entonces. Las Galápagos eran una masa de lava petrificada, un páramo flotante donde nadie creía posible la vida. Pero un día, nadie sabe cómo ni de dónde, llegó a una de las islas una semilla voladora y cayó acaso en la única grieta de toda aquella funesta piedra. Y siguió cayendo hasta tocar tierra y tocar la única tierra viva entre toda la muerta. Hoy las Galápagos son un paraíso de vida. Entonces yo no puedo resignarme o amargarme; miren, estoy igual de resignado que ustedes. No. Creo en la pedagogía por utopías, creo en la metaevaluaciñon. Si me hubiera resignado seguiría haciendo dibujos en la carpeta, si me hubiera amargado seguiría limitando y atando el acceso al arte al cumplimiento de los materiales. Estoy tirado sobre mi tierra para que los cascotes y la mierda me caigan encima hasta taparme.

Sin darnos cuenta construimos un lugar donde todo vale nada. ¿No te gustaría terminar bien? Mirá que bien no quiere decir todos abrazados. Ese es el hechizo negro. Bien es sin roces, con las palabras rotas pero sin polvo. La verdad, me da lo mismo, ya están claras las cosas, está claro que va a ser igual o peor, ya no me importa, me da lo mismo. Veníamos bien pero se abrió la puerta y cayó la bomba. Y con eso tengo que remar la clase, pero no quiero remarla, quiero dejarla donde está, no quiero llevarla a ningún lado, quiero que nos quedemos acá y tratemos de ver cuándo empezó lo que está pasando y mientras hacer lo que estaba programado y así para que los corazones más enfurecidos sean los que primero quieran pintar hadas mágicas y mariposas nacientes o rompecabezas u ositos o flores o arcoiris y vuelvo a pensar en qué cómodo es quedarse con lo primero que se ve y no escarbar para encontrar debajo de las piedras.

Las identidades se dispersaron, se desconfiguraron. Tenemos un virus adentro que nos deforma, nos nubla el pensamiento, nos hace decir y obrar pavadas. No vamos al colegio, vamos al sumidero, al lugar donde todo cae, donde todo está eternamente cayendo, donde nos sentimos restos de algo que dejamos apenas entramos por la puerta, donde sentimos el peso y el agobio de los que empujan desde arriba y los huesos triturados de los que están abajo, donde cada uno de nuestros cuerpos se confunde en una masa amorfa hasta ser algo indistinguible que ya no importa separar porque da lo mismo no importa no quiero no me interesa no se me canta y nos aceptamos así, deformes, perpetuando para siempre nuestra nueva identidad fallida y torcida. Vengan todos a ver el show de los deformados, vean cómo nos tratamos con la más bella crueldad, sientan cómo nada nos importa, escuchen como hablamos sobre alcanzar la no vida, la no verdad, la no palabra, vengan, yo trabajo en el escenario, soy el payaso estúpido que no entiende nada y todos burlan y atropellan, el payaso deforme que piensa y escribe, estoy siempre en el patio y en escena entran y salen todos para hacer su número, nadie quiere dejar se hacer su número, todos quieren mostrarse, cada uno hace de sí mismo, comprueben cómo todos los malabares terminan en el suelo, cómo los domadores dejaron sueltos a los leones y los acróbatas se quedan quietos, rían con los chistes más crueles y vean las lágrimas pintadas por todo mi guardapolvo, miren inflarse mis cachetes de payaso, miren al payaso infeliz creer en las poesías y en los cuentos y en la magia blanca y en Freire y en había una vez unos cerditos que juntaban ladrillos de odio y tanto odio juntaron que se construyeron una casita que ya nadie puede derrumbar de un soplido y hasta les sobran ladrillos para arrojarnos, vengan a ver cómo en esta pista todos nos hacemos los tontos y saltamos cuando la pelota va por el piso, anímense a compartir con nosotros una gira entera, a descubrir nuestras almitas pintadas debajo de nuestro disfraz y de nuestro maquillaje y de nuestra lana negra. Apuren el paso que ya comienza la música triste a todo volumen, más fuerte que mi organito de esperanzas, ya viene, unánime, el coro de do re mi fa sol la próxima vez vas a ver si la do re mis esperanzas son sin ton ni son y dale que dale al tamborcito no ves que es mi garganta ensayando nuevas canciones, pasen y vean el acto final: la famosa, la única, la legendaria muerte del payaso. Vean cómo me pide que lo mate, cómo me quito el maquillaje y los adornos, cómo me acerco con el cuchillo mientras ese payasito que ya no da para más llora en el centro del patio, total el guardapolvo ya está todo manchado, con las manchas nadie se da cuenta de que muero,  de que sangro y vuelvo a nacer cada semana en una palabra nueva, venga a ponerle fin a la pantomima, usted sigue, mire cómo cambio este cuerpo usado.

En esta incomunicación cada uno cree su propio cuento y gatilla dando un resultado desconsolador: los chicos olvidan que son adolescentes, los adultos olvidan que fueron adolescentes y todos olvidan que fueron niños. No hay disparo, ni miedo, ni susto, ni risa. Se cansan sin haber empezado, se desganan antes de llenarse de interés, dejan de andar sin haber dado un paso, se callan sin agotar las palabras.

Pero los miro. Estoy con ellos, los miro y los escucho. Cuando me hablan y cuando no me hablan. Y me entrego. Armo colores para las mesas, los arman ellos, se arremolinan contra los cajones a buscar pinceles pintura cubeteras lo que sea para pintar porque mi mesa me gusta y me la quiero llevar a mi casa la podría arrancar y llevármela, nos ponemos a ver qué dibujo quedaría mejor, ellos deciden, se arrepienten, vuelven a decidir, se molestan porque no les gusta su dibujo, lo borran, vuelven a empezar, algunos hasta dos o tres veces, otros de una ya arrancan y le dan para adelante, y te hablan, te cuentan de proyectos de vida que se ponen difíciles y no saben cómo encararlos o saben y también saben todo lo que eso implica y están un poco expectantes, te hacen reír, se ríen entre ellos, se cargan y se miran como se mira la gente que se conoce hace tiempo, viven sin pose, como si nada ni nadie más que ellos estuviera allí, como si toda la parafernalia y la maquinaria que vengo escribiendo no existiera. Son momentos de esperanza en las aulas de la torre de Babel.

No queda otra que seguir preparando y ofreciendo el suelo para que broten las palabras nuevas. Las palabras están naciendo desde hace mucho, tal vez ahora no encuentren dónde y por eso escaseen. Por eso hay que preparar la tierra con lo que cada uno sabe y puede hacer mejor. Es tan simple que pienso que por eso es imposible para algunos: hacé lo que sabés hacer. Con palabras nuevas habrá una nueva escuela y no tengo miedo de sonar como un salame que anuncia cosas improbables porque sé que es verdad, que el mundo es la palabra que lo nombra. Si la palabra es nueva todo crece nuevo a su alrededor. Haríamos nuevos recorridos y descubriríamos así un espacio nuevo, sacaríamos las mesas al patio y a los pasillos y haríamos los recreos en las aulas, entonces salir del aula se diría salir del patio, pero ya estaríamos todos en el patio y no veríamos la necesidad de salir y entonces las puertas y las paredes perderían un poco su sentido de separadores porque todos estaríamos en el mismo espacio. Nadie andaría fijándose si estamos sentados en una mesa, en una silla o en el piso, sólo importaría sentarse a escuchar y listo y no habría que ordenar siempre cada tarde el aula para continuar con ese sueño del orden y de que todo esté prolijo sin pensar en lo que se tiene que hacer. La sala de profesores sería también la sala de alumnos y ya no sería la sala de nadie sino una sala más, o mejor, toda una sola sala donde cualquiera se podría quedar, donde quisieras a compartir un mate, un café, unas papitas, lo que sea y giraría su cabeza y le diría al de al lado cómo estás hoy. Una sola sala. Jugaríamos. Nos divertiríamos. Tendríamos ganas de estar allí y hacer lo necesario para mejorar. Esto que digo no es una locura porque en la escuela hay quienes lo ven y lo intentan –y acá está la conturbatio: son los únicos protagonistas de todo esto, los chicos: bueno malo más o menos más mejor medio gris oveja negra arte pop beat flower power colores arcoíris papeles arrugados origamis o como sean, los chicos. Todos. Basta estar con ellos, basta estar atento, sensible –o sea, ser capaz de percibir el sentido de algo-, y sentir como marcan el pulso de lo que les molesta y su ser joven, el mismo que se distorsiona, también brilla y alumbra un camino posible, una palabra nueva sin darse cuenta. Pero en ese estar con ellos también te das cuenta de que no se puede, de que empezás a ir a contrapelo del sistema y te la voglio dire, porque cuando querés quebrar la plantilla, desacomodar el orden impuesto hace tanto que ya suena a artificio, se te viene la sombra del control, de la vigilancia, del castigo, cuántas veces te dije ya que los chicos no pueden salir del aula porque vos sos el docente a cargo y no pueden comer aunque tengan hambre no pueden ir al baño aunque se estén meando no pueden tomar aire aunque se estén asfixiando no pueden caminar aunque se les estén entumeciendo los pies de tanta quietud, quietud, quietud, porque así quietitos no pasa nada, nada, quietito nadie se arriesga y todo sigue igual que siempre y que no haya cambio porque puede ser para bien, pero más para mal, tenés que tener cuidado, miedo y cuidado, por eso que no salgan por las dudas te lo digo otra vez a vos que andás con la guitarrita para todos lados no canten muy fuerte que molestan a los demás no sé por qué salís antes si el timbre todavía no tocó y hasta que no toque el timbre tienen que estar adentro del aula y no me faltés el respeto tomando decisiones que no son las mías y a contrapelo el payaso va, llevando comida porque él también tiene hambre, saliendo antes del timbrazo porque adentro ya no hay más nada que hacer y si eso pasa es porque se hizo y bien, sacando a todos del aula porque el polvo del trabajo pide cambio y si no puede salir nadie que salgan todos y aún así: no. La escuela chirría, rechina, cruje, chilla, se aprieta, se tensa pero no, no cede, nadie quiere ceder su juego, su papel, es más fácil el libreto de siempre, repetir la letra y buenas tardes mucho gusto nos vemos la próxima que te vaya bien muá muá beso beso y jaula jaula cada uno a su aula. Basta, no me hablen más, basta con la canción de la figura de autoridad soy yo y no podés pasar por arriba mío si no hay arriba no hay abajo no hay nadie estamos todos acá es que acaso ya no se puede ver, lo estoy poniendo acá, se me cae del pensamiento, son los chicos, hay es estar ahí, hay que bancarlos, hay que escucharlos, hay que seguir a su lado y cansarlos de tanto estar, de tanto aguantar, de tanto insistir bien, siempre bien, como se miran ellos, como se ríen ellos, como se confunden ellos, como se desorientan ellos, como se pierden ellos, cómo vas encontrar con otro una palabra nueva si no la perdiste a su lado, hay que mirarse en el mismo lado, en el único lado, en la única sala.

Se me viene el recuerdo de un viernes. La semana anterior había escrito la reflexión que se llama “La torre de babel”, la última ordenada y distinguible que ahora me suena como la contemplación de este abismo por el que ahora caigo en pleno vuelo y que Huidobro sintió como la vida misma: Volvía del corredor caminando con Yanu, ella me decía que no insistiera, que no era mi responsabilidad tratar de que un curso trabajara junto, que eran cosas que venían desde antes y seguirían después, que en vano iba yo ahí por la escuela con la bandera de la unidad. Le contestaba que no lo sentía así mientras miraba a las personas que andaban por la calle. Era mediodía y salían de todas partes. Nosotros éramos como cualquiera de esas personas, estábamos ahí saliendo de trabajar, con una escalera al hombro, con una nena de la mano, apurando el paso porque cerraba el semáforo, pintándonos los labios en un auto, desganados en una parada de bondi, cerrando un local, haciendo fila en un pago fácil. Y si en todo caso no éramos eso, yo ya lo era y ella estaba por serlo. Y me partía al medio la sensación de que debajo de eso que éramos teníamos esa angustia de la fragmentación, de lo que no se pudo unir. Veníamos del corredor y los barriletes se habían roto uno detrás de otro, demasiado débiles para el viento, tal vez precarios. No podía evitar verlos como metáfora del crecimiento, de nosotros mismos, parados, intentando levantar vuelo, pero partiéndonos inexorablemente, tal vez porque no habíamos crecido lo suficiente o todavía no sabíamos bien cómo ser –o cómo hacernos- para volar. La actividad era la primera que se me había ocurrido después de una reunión donde a los docentes de los sextos años se nos había pedido que buscáramos cosas distintas para hacer con los chicos en los últimos meses del año. Una fue esa y la otra fueron las mesas que, por falta de tiempo, están esperando todavía alguna pincelada más. Pero fue solo tiempo, el tiempo valioso que los docentes tenían que ocupar con actividades renovadoras y de las cuales nunca supe.

Yo sé que la unidad hace la fuerza, y los demás tal vez también lo sepan. Pero ¿por qué no podemos saberlo todos juntos? ¿Cómo puedo esperar ver un curso unido si sus mismos docentes no pateamos para el mismo lado ni por casualidad? Palabras rotas, identidades distorsionadas, fragmentación. Frag-men-ta-ción. El gran monstruo que se levanta y te ahoga en su sombra. Mandé estas clases por mail a mis colegas todo el año y solo tengo la seguridad de que uno solo las leyó y después no sé nada porque nadie dice nada porque donde está la grieta, donde está la pared descascarada nadie quiera mirar. No concreté Misionarte porque me sentí solo. Solo no puedo, y además no me gusta. Dos motivos incuestionables. Era mucha la logística para movilizarnos, para conseguir la pintura, para llenar los papeles que había que llenar y solo no me va a dar nunca la fuerza ni la cabeza para hacer eso. Tomá el teléfono, llamala vos y encárgate vos. Qué sentido tiene que haga todo solo. Como soy medio quedado la ficha me cae tarde. Buscaré más adelante la fuerza que necesito en los propios chicos, mi equipo en ellos, ellos adentro de la escuela, ellos afuera, más fuerza, más, este año tuve mucha y quiero más, agradecido este año por cada gesto y cada palabra, sé que algunas nuevas encontramos y serán siempre nuestras, pero quiero más, y lo quiero ahora.

Aún así, aunque me despalabre en este palabrelío, aunque me saque la rabia escribiendo, no puedo evitar el nacimiento de la belleza, no puedo hacerlo porque simplemente sucede y me lava el alma: en un gesto, en dos colores que se juntaron, en un par de miradas que se cruzaron, en uno de esos silencios que cuando se dan algunos dicen que pasó un ángel y otros que se murió una vieja, en un acuerdo, en una sonrisa sincera, en una canción, en una reflexión. Eso pasa. Todo el tiempo, sin cesar, a la vez de todo lo que vengo dale que dale, todo junto, sombra y luz, alternándose. Me hace pensar en que todo es complejo desde su pequeñez hasta su grandeza. Que no es verdad eso que dicen de que las cosas son simples; lo simple es aceptar que son complejas. Me hace pensar que estamos conectados con la primera partícula de carbono que se formó hace trece mil millones de años, que llevamos en cada uno de nosotros el misterio de la vida, como las plantas, como cada estrella. Cada uno de nosotros con sus átomos y sus moléculas en una combinación única, personal, con su sistema ocular decodificando una realidad personal e intransferible, cada uno con su psiquis y los pensamientos que le van tejiendo la vida, cada uno con su historia de genes que van hacia atrás, interminables, hasta llegar al primer hombre y al primer ser vivo y a la primera partícula de carbono. Y todo eso metido en un aula. Yo mirando galaxias. Un universo igual de infinito y desconocido igual a este donde flota la tierra. Un universo de posibilidades, de potencialidades, donde todo es y todo está por ser porque todo puede ser, pero nunca no ser. Nuestro destino es ser. Y vamos siendo.

 

Epílogo

Me di cuenta de que tuve un curso muy musical (más allá de que se me acuse de cambiar alguna letra, escribo cómo suena): PauLA, EduarDO, GuiDO, CeSIlia, LeonarDO, PatriSIa, Tamara SOLedad, GiselLA, Bujalis al revés que me da un SI-LA-jub, Yanina también al revés que suena como un hermoso huayno: Aninay, y dan ganas de bailarlo y carnavalear, Fernanda al revés tiene un RE metido en adnanREf, Inés que tranquilamente se podría escribir INXS y Cha Cha Cha Chamorro, muy musical, suena lindo.

2 comentarios sobre “Reflexiones sobre mi práctica docente (un año, un grupo)

  1. Hola pancho! Soy Paula, hoy se me dio por mirar el mail y justo vi que subiste una nueva entrada, entre medio casualidad y curiosidad para ver que escribía el profe de arte de la secundaria, y me llamo la atención esta entrada. La empece a leer y sentí una nostalgia que nunca había sentido por el colegio, y te juro que no te miento, pero empece a leer, recordar las clases, pensar en las cosas que no sabíamos en ese momento, algunas por suerte y gracias a mi carrera pude profundizar mas, y la verdad creo que fueron las que mas nos llenaron como personas. Yo recordaba que nos habías dado un cd y que habíamos leído hasta mitad de año, yo supuse que seguiste escribiendo pero no le di importancia en ese momento. Ahora siguiendo leyendo, y viendo la frustración que te genero, se me pianto un lagrimon, no creí que fuera tanto tu pena y frustración ante nuestros actos, yo la verdad hasta ahora sigo justificando tontamente lo hecho (que no estuvo bien pero nosotros en ese entonces creímos que fue la mejor herramienta para defendernos, “cosas adolescentes”). Ahora que ya pasaron 3 años de que terminamos la secundaria, quiero decirte que lo mas lindo que me lleve fueron las clases de arte, las intervenciones en el aula, las mesas, las flores de la puerta y todas las actividades que nunca creímos que íbamos a hacer siendo “las ovejas negras”. Como veras son 3 años que termine la secundaria y mi escritura la verdad no es muy buena y la verdad no se resumir pero quería escribirte para poder decirte que leí esto y sentí; nostalgia, alegría, pena, arrepentimiento, pero orgullo de saber que alguien realmente le importo que nos pasaba y en cambiar la manera en que veíamos las cosas y empezar a formar nuestra propia opinión. Un beso enorme y saludos!

    1. Paula! Va siempre todo junto: la pena y la alegría. He vivido aquel curso -tu curso- con mucha intensidad, es la única manera. En el recuerdo la experiencia y el tiempo compartido son maravillosos. Gracias por compartir tus ideas aquel año y ahora también. Saludos!

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