Propuesta de observación 26: los mismos árboles durante todo el año

Una tarde, desde los árboles que veo siempre a través de la ventana del departamento, despegó una bandada de pájaros. De inmediato, como si el conjunto de esas marcas negras que agujereaban el cielo hubiese presionado una tecla en mi inconsciente, subió, desde allí, desde ese lugar impalpable y liminar, una idea: mirar los mismos árboles durante todo el año y tomarles una fotografía cada vez que me llamaran la atención.  Era volver un juego el acto de mirar y, sin saberlo entonces, proponerme, de verano a verano, una propuesta de observación.

Se comienza mirando los árboles y encontrando, sin mayor sorpresa, sólo eso: árboles. Las revelaciones vienen luego, con el tiempo y las miradas anteriores.En un grupito de cuatro árboles -de entre todos los árboles y todas las cosas que hay en el planeta-, los colores cambian día a día, las sombras se trasladan y proyectan nuevas formas, el conjunto se evapora, se vuelve denso macizo contra el cielo, las hojas titilan como perlas, palidecen y se hunden en sí mismas, los troncos se estaquean , se trasminan, se abren, se mueven y poco a poco, el ojo, o sea, el que mira, une todas las miradas que fue guardando durante el año y alcanza, como una lucecita débil en la noche de una ruta oscura, una pizca de conciencia, y recae, con tanta fuerza que no logra entender cómo una lucecita puede causar semejante impacto, en que todo es incesante y transitorio, que el cambio de cada cosa es constante y mínimo, certero, y que sólo predominan el devenir y lo aleatorio.

Allí comprendí, en ese grupito de árboles que enmarca la ventana del departamento, aquella pintura de Frida donde ella ve sus pies en la bañera y al mismo tiempo lo ve todo. Allí descubrí las siluetas de Lu y Agustín, jugando en el sillón, mi propia sombra avanzando hacia ellos, los rostros de mis alumnos, papeles, rutas, el vaivén del agua con su danza de brillos y sombras, el interior del departamento extendiendo sus paredes y continuándose en las otras habitaciones donde he vivido, la pasta indisoluble de emociones entramándose con las hojas y el rostro inolvidable de un hombre que admiré y tuvo la gentileza de ser mi amigo.

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