Propuesta de observación 19: la sombra proyectada de la fronda de los árboles

Cuando en la escuela de arte aprendí la diferencia entre sombra propia y sombra proyectada, decidí -sin saberlo entonces- que de entre las dos me quedaría siempre con la segunda. Ese acto inconsciente tiñe esta propuesta de observación.
Aún hasta en el invierno, cuando muchos árboles cambian su fronda por un tortuoso conjunto de ramas, en algunos perduran, perennes y estoicas, las hojas que bajo el sol proyectan su sombra desigual. El olivo, el laurel, el naranjo, el sauce y algarrobo son algunos de ellos; bien merecida tienen su simbología en la historia.
Las sombra proyectada de la fronda de los árboles nunca está quieta, se mece sin fin como las hojas en el aire, vacila con cada transparencia y cada opacidad que el sol y y la superposición de hojas y ramas, en el vaiven, cubren y descubren. Mirar esa sombra -de cualquier árbol, en cualquier lugar, sobre cualquier superficie- es como mirar el mar.
La experiencia de observar una vasta unidad en cambio permanente tiene algo de hipnótico. En un dibujo que se renueva a cada trazo aparecen, con el tiempo, todos los dibujos posibles.
El juego es como aquel donde se miraba fijo la luz y después se cerraban los ojos para ver qué imagen suscitaban los colores que se habían estampado en la retina. Mirar la sombra proyectada de la fronda de los árboles, dejar que se mueva mientras la mirada permanece quieta, que las luces y las sombras se deshagan y vuelvan a formarse. No tratar de recrear el árbol que le da vida, proyectar en ella todo lo que uno quiera ver y buscar la forma entre su claroscuro: rostros, la silueta de un paisaje urbano, aquel cielo estrellado que viste una vez y nunca más, la cortina de una ventana trasminada por la luz, el patio y la conversación bajo el tilo, la cuadra que tantas veces caminaste, el sonido de la lluvia sobre las galerías.
Fronda, palabra ambigua, significa la única hoja grande que representa cada hoja de un árbol -del latín forns, frondis-; pero también una ornamentación arquitectónica característica del gótico, un tipo de vendaje para fracturas y una serie de movimientos de insurrección en Francia durante el siglo XVII.

Es una palabra que, como la materia que nombra, pertenece al pluriverso.

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