Propuesta de observación 18: la vida bajo el sol de las seis de la tarde

Todos tenemos una cita que se renueva día a día. La hora: seis de la tarde. El lugar: cualquiera, mientras sea bajo el sol.

En la franja horaria que va desde las seis de la tarde hasta las 7 de la tarde, no importa la estación del año, el sol deslumbra y envía las sombras tan lejos como su magia pueda llegar.

Todo, durante esos sesenta minutos, es digno de ser contemplado.

“…cuando en el barrio las veredas y las casas ennegrecen y el cielo escupe las últimas luces rojas del día, el polvo se cristaliza y se ilumina, congelando a toda la cuadra en una burbuja de luz intensa, partida por las sombras largas  -violáceas- y los contornos filosos de las personas que siempre a esa hora caminan sin parar.”

“Todos los colores están, en este preciso momento, orquestados por una luz viva que viene de lejos, desde un lugar que nunca nadie pudo ver y, a las seis de la tarde, emerge del centro de la tierra para renovar los días.”

“Lo que queda en el barrio, eso que llamamos noche mientras caminamos y fumamos, no es más que la ausencia fría del sol de las seis. ”

Recuerdo, a esa hora, mis propios pensamientos. El presente o el pasado -son lo mismo- están hechos de recuerdos. Inmediatos, frescos, lejanos, olvidados; recuerdos al fin.

Creo que -aquí viene la propuesta de observación- si uno se entrega, a esa hora, a deambular bajo el sol, entre la belleza que irrumpe en los ojos sin pedir permiso y los recuerdos que desde el inconsciente se van despertando, encuentra, sin haberlo buscado ni sospechado, un punto del paisaje que lo hace experimentar la intemporalidad. Uno, con suerte, toma conciencia, en ese momento, de que no existen días ya vividos y uno solo que se está viviendo, sino que los vive a todos juntos en simultáneo y a cada momento. Sí, eso pasa cuando se observa la viuda bajo el sol de las seis de la tarde.

Cito a Borges:

“Esa pura representación de hechos homo­géneos —noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental— no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir esa iden­tidad, es una delusión: la indiferencia e inseparabilidad de un momento de su aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desintegrarlo.

Es evidente que el número de tales momentos humanos no es infinito. Los elementales —los de sufrimiento físico y goce físico, los de acercamiento del sueño, los de la audición de una sola música, los de mucha intensidad o mucho desgano— son más impersonales aún. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal. Pero ni si­quiera tenemos la seguridad de nuestra pobreza, puesto que el tiempo, fácilmente refutable en lo sensitivo, no lo es también en lo intelectual, de cuya esencia parece inseparable el concepto de sucesión. Quede pues en anécdota emocional la vislumbrada idea y en la confesa irresolución de esta hoja el momento verdadero de éxtasis y la insinuación posible de eternidad dee que esa noche no me fue avara”

Imposible seguir después del maestro.

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