Propuesta de observación 16: las luces de la calle a la noche

“Las luces que saltan a lo lejos no esperan que vayas a apagarlas jamás”

Spinetta, La sed verdadera

Siempre viene a mí la música del flaco cuando veo las luces de la calle puntear la noche. Existen para iluminar las ciudades, la mirada, la imaginación y el recuerdo.

Al verlas recuerdo el mar, no sé por qué.

Propongo observarlas junto con el dibujo que construyen en el aire, esa arquitectura invisible de puntos luminosos, leve y aérea.

Las luces de los faroles están quietas; las de los autos en movimiento, avanzan, frenen, retroceden, doblan, desaparecen, vuelven a aparecer, cambian de tamaño, titilan; las luces de los faroles siguen quietas. El contraste, además de belleza, transmite una sensación de estabilidad vital para andar en la noche, ¿qué sería de ella si ninguna luz se quedara quieta?

Ver las luces –con cada fragmento de mundo que recortan de la oscuridad- es ver el recuerdo de un sueño. Cada luz evoca otra luz y esa otra luz un reflejo y el reflejo un recuerdo y el recuerdo un sueño y el sueño un deseo que, enterrado en el fondo de la secuencia, inadvertido pero presente, nos moldea. Dejá tus ojos a merced de las luces nocturnas, descubrí el color de cada una, permitiles entrar como una sonda hasta tu deseo preliminar.

De repente, por decirlo de alguna manera, la urbanización se termina y entramos en las calles sin luz. Cada tanto, aparece una. Esa sola luz, alejada y solitaria, lleva muchas otras dentro:

Una inmensa rueda de hierro se apoyaba contra la pared de una casa. Un poco oxidada, oscura, proyectaba sobre los ladrillos una sombra que, deformada por la superficie irregular del adobe, parecía estar flotando en el agua. Ése era el lugar más iluminado: la rueda y su sombra ondulada sobre los ladrillos, como una escenografía. A su alrededor la luz empezaba a apagarse y sólo unas ramas peladas, unos escalones desiguales y una viga de madera que sobresalía de la pared y sostenía el filo de una chapa podían dar cuenta de lo que se escondía, oculto e innombrable en la noche de la montaña, por fuera del círculo de luz.

Dimos vueltas por el pueblo. Caminamos los cuatro uno al lado del otro. La luna, enorme, al alcance de la mano, clareaba un poco el cielo; los árboles y las casas, más oscuros, se recortaban con cierta nitidez. Cada tanto pasábamos por debajo de algún farol y nos sumergíamos en un charco de luz. De ahí, otra vez, a la penumbra oscura, y así hasta que un nuevo círculo claro, como un reflejo de luna al que avanzábamos para entrar en su órbita, nos cegaba un poco los ojos y volvía a darme una sensación de alivio, donde lo que veía emergía de la sombra espesa en forma de casa, ladrillo, chapa, o algo a lo que pudiera ponerle un nombre.

Un árbol tapaba con sus ramas un farol y se encendía como una maraña de venas luminosas. Toda la luz quedaba contenida allí, entre esos caminos tortuosos, como un globo arrugado y reseco. El tronco permanecía oscuro. Un tapial, detrás, recibía reflejos pálidos y amarillos, irregulares y entrecortados. Un cable, como una línea clara sin destino, se perdía en la oscuridad. Algunos huecos negros, tal vez puertas o ventanas, atraían poderosamente mi mirada, quizás esperando advertir algún sonido del otro lado, o imaginar los espacios íntimos y las vidas que el tapial guardaba, sumidas en la misma noche por la que nosotros caminábamos.

No se escuchaba nada excepto nuestras pisadas que, tímidas frente al silencio inmenso, sonaban despacio con un leve bisbiseo.

Llegamos a un punto indefinido del camino. Habíamos dejado atrás la zona más habitada del pueblo y después el anillo de ranchos dispersos sobre el valle. Habíamos seguido el camino un poco más, iluminado cada tanto por los faroles, cada vez más espaciados, o clareado por la luna que, en algunas subidas, le daba a los senderos un resplandor metálico. Pero ahora ya no había nada salvo dos manchones oscuros a los costados, otro manchón un poco más claro arriba y una línea clara en el centro que se hundía en lo negro. Si seguíamos avanzando encontraríamos horas de caminata por aquella boca barrosa.

Volvimos.

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