Propuesta de observación 15: el pasaje de un lugar a otro

Es notable lo acostumbrados que estamos a pasar de un lugar a otro.

Por ejemplo: salgo de mi casa (paredes blancas, techo alto, poco mueble, mucho libro), salgo –y perdón por la insistencia-, pero salgo, así, de una, paso por debajo de la puerta y ¡zas!, salí, como por arte de magia, como si no fuera nada salir de ese ambiente cálido y entrar a la inmensa profundidad de un mar cristalino y azulado encerrado entre el frondoso domo de árboles (¿calle?).
No hay nada de natural en ese entrecruzamiento de dos zonas: la interior, llámese psíquis, conciencia o alma; y la exterior, todo lo ajeno, lo extraño, lo no familiar. Se produce un deslizamiento que suscita nuevas miradas, nuevos ritmos, nuevos sonidos. No se puede salir y listo a otra cosa mariposa por aquí no te he visto.
Sigue el ejemplo: después de caminar unas cuadras en mi nuevo hábitat, ya acostumbrado al desgaje de la luz solar en manchones que se desparraman por doquier, entro al club: un pasillo profundo y envuelto en una penumbra azul me sumerge en una nueva acústica, los sonidos empiezan a rebotar en los techos de chapa, las voces se encapsulan y la calle, casi antigua, desaparece, fugaz, en el rumor de un auto. Me queda la triste sensación de que no llegué a mirarla como se merecía.
Así de un espacio a otro.
Basta con anotar los espacios que cruzamos en un solo día para asombrarse:
-Una caminata por el centro de la capital: bóveda de hojas al final de la escalera del subterráneo; cúpula oscura de la librería; esqueleto gris de los andamios para la restauración de edificios antiguos; bajada al subsuelo de una galería; pasillos sin identidad del centro comercial.
-Puertas y ventanas que crucé un 23 de abril: la de mi cuarto; la del baño; la del patio; la de mi casa que da a la calle; la de subida al tren; la de bajada al tren –por otro vagón; la del subte; la de una casa de instrumentos musicales; la de una catedral; la de otro subte; la de otro tren; la de la entrada a la universidad; la del colectivo que me llevó hasta mi casa; la de mi casa; la de mi baño; la de mi cuarto; la del sueño.
Es imposible que nuestro cuerpo y nuestra mente pasen de un lugar a otro todo el día y salgan ilesos. Cada espacio tiene una densidad, un clima y una vibración propias que percibimos y asimilamos sin darnos cuenta. Yo no puedo entenderlos, solo atino a dibujarlos o describirlos –que tal vez, ahora que o pienso, sea un intento por entenderlos. Me cuesta horrores seguir el día como si nada cuando estoy inmerso en una mañana sucia y lluviosa, dando vueltas por los pasillos y los salones del colegio y después, a la tarde, el cielo se purifica y el aula de la universidad se ilumina hasta titilar.
El día se parte –y te parte- en dos.
Un lugar se deslinda del otro y se ubica en un sitio más que antagónico.
Queda un sabor a extrañamiento, a perplejidad.
Tal vez seamos, de alguna manera, lo que vemos: vemos recuerdos, con lo que sabemos, desde lo que ignoramos, entre lo que queremos, vemos recordando el instante presente que se vuelve pasado al instante.
Soy esto:
-Túnel que conecta dos andenes de una estación de tren desolada.
-Ella. Sus manos bajando hacia la mesa cuando habla.
-la luz del colectivo centelleando en la noche.
-Calles desiertas palpitando a la madrugada.
-Ella. Su pelo como cascada.
-El cielo que se ve entre los árboles.
¿Qué sos vos?

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