Salas de espera

Hace tiempo, por puro capricho de la  tejedora de mi destino –o la de todos, desconozco si hay una universal o cada persona tiene la propia-, empecé a dibujar en las salas de espera de los hospitales y, a veces -muy pocas, cuando adentro la espera se me volvía plomiza- en la vereda, cerca de la puerta, donde se juntan todos los que también esperan, pero fumando. Yo no sabía entonces cuánto mi vida quedaría ligada a los hospitales; la tejedora recién comenzaba.

Solo puedo dibujar en los hospitales cuando no soy yo el que debe atenderse. Lo hago cuando espero a otra persona. La gente que espera en los hospitales, en su mayoría, mira el teléfono celular, algunos leen, otros miran en la tele el canal de noticias o de cocina, unos pocos dormitan y otros van posando su mirada sobre todas las cosas: zapatos, papeles en el piso, los ademanes de la secretaria, la puerta al abrirse y cerrarse, los que entran, los que salen, el nombre que anuncia el altoparlante, el número que vocifera el guardia, los ruidos de la calle y así sin cesar, dado que en los hospitales, por lo menos durante el día, siempre hay movimiento. Entre toda esa corriente que transmite una mezcla de pesadumbre e impaciencia, dibujo.

Dibujar entre la gente no es como leer entre la gente. Cuando uno lee, se ensimisma, se vuelve invisible. Cuando el libro se cambia por un lápiz y la hoja en blanco, todos quieren ver la imagen que traerán las líneas. Lo mejor, a mi parecer -tal vez sea más adecuado decir: lo mejor para mi personalidad- es ubicarse en un espacio vacío de la sala de espera o en la punta del banco o en el último asiento de la fila. Después, un tanto por respeto y otro por disimulo, conviene, a mi gusto, no mirar demasiado fijo ni durante mucho tiempo al modelo. Cierto aire de distracción y una mirada que va por todas partes, deteniéndose en la hoja, crea duda en los demás, me estará dibujando a mí o… aunque nunca se lo he preguntado a nadie para comprobarlo.

Existe una relación íntima entre el acto de esperar y dibujar en salas de espera. Aprender a esperar es una de las tareas más difíciles de la vida. A nadie le gusta, todos preferirían estar haciendo otra cosa (más si se espera en un hospital), uno trata de pensar en otra cosa y que los minutos no se vuelvan chicle. Antes de dibujar, hay que resolver qué dibujar. A veces las ganas de agarrar el lápiz hierven, pero no aparecen los motivos o las ideas. En las salas de espera no existe tal problema, siempre alguien se levanta y otro llega, quien estaba sentado se acomoda y cambia su postura o alguien se para y camina. El paisaje cambia a cada instante y los motivos, incluso los mismos, se renuevan. Hay que dibujar rápido, las líneas fluyen y los pensamientos con ellas; en eso anuncian el nombre esperado o aparece por una puerta.

Dejo, a continuación, algunos bocetos hechos en salas de espera de hospitales.

Cuaderno Éxito azul, tapa dura con relieve de arañas y sus telas, hojas lisas (de esos que usan en Jardín, pido siempre en las librerías) 21×16,5cm.

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Cuaderno negro. Tapas duras, anillado, hojas ásperas y finas, 20×14,15cm.

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Libretita azul. Tapas blandas (algo afelpadas), hojas lisas y satinadas. 9,5x12cm. Me la regaló mi hermana, algunos la han confundido con una biblia, desarrollé por ella un cariño especial, creo que se nota en el diminutivo del principio.

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