Propuesta de observación 4: Fuego

Hora: después del atardecer, por los ventanales de la casa apenas se ven los árboles cercanos que ilumina un farol.

Lugar: cinco sillones individuales apuntando a un hogar con una mesa baja de por medio.

Si por esas cosas que nunca se entienden llegás a estar en esa escena y en cada sillón hay una persona mirando el fuego, aquí va una propuesta de observación:

  • Distinguir los colores del fuego y clasificarlos en fríos, cálidos, claros y oscuros. Porque –sorpresas del fuego- un azul puede aparecer a veces claro y otras oscuro y casi violáceo. Ni hablar de los rosados y los rojos morados.
  • Recordar las pinturas de Rembrandt. Imaginar con qué empastes hubiera pintado el holandés el delicado contraste entre negros y naranjas que titila en el corazón del fuego. Tratar de predisponerse, como uno de esos viejos que llevan una bestialidad de días sentados junto a una escalera o a una ventana, para la meditación.
  • Recordar a Heráclito (se lo merece).
  • Recordar obras literarias que tienen, en algunas de sus páginas, la crepitante calidez del fuego. Por ejemplo:

Demian:

“Me quedé tumbado, mirando al fuego y callado. Él tampoco habló. Y así permanecimos los dos, mientras el fuego se consumía y se desmoronaba; y con cada llama que se extinguía sentí que algo hermoso y profundo que nunca más volvería se apagaba y volatizaba.”

Las nubes:

“A la madrugada, ese fuego nos alcanzó. Protegidos por su vieja enemiga, el agua, lo vimos detenerse y bailotear en la orilla de la laguna. El frente del incendio se extendía interminable, de este a oeste. La crepitación de las llamas era ensordecedora, y los pájaros ávidos que se lanzaban entre las nubes de humo para comerse los insectos chamuscados, excitándose con el calor, el peligro, el fuego, la abundancia de alimento quizás, lanzaban unos gritos atroces, extraños en un pájaro y ennegrecidos por la noche pero tornasolándose de pronto al resplandor de las llamas, parecían haber surgido de golpe de otro mundo, de otra era, de otra naturaleza cuyas leyes eran diferentes de las de la nuestra.”

  • Recordar otros fuegos que hayan ardido en el alma: un asado nocturno, el incendio de alguna fábrica de muebles, un viejo amor.
  • Evitar pensar en conflictos. El fuego destruye, abrasa –y abraza mortalmente-, quiebra, parte, devora por dentro lo que parecía impenetrable, obscurece, sofoca. Combatir esa indefensa fragilidad con otros pensamientos opuestos: el fuego renace le las cenizas; hay un fuego que no quema y revela las noticias más puras; hay un fuego que calienta cuerpos tiesos y combate la oscuridad con vida; hay un fuego que orienta viajeros perdidos; Spinetta conoció un fuego gris; según la filosofía hindú el fuego corresponde al sur, al verano, al color rojo y al corazón; la custodia del fuego sagrado se extiende de la antigua Roma a Angkor; el símbolo del fuego purificador y regenerador se extiende desde el Occidente a Japón; la liturgia católica del fuego nuevo se celebra en la víspera pascual; en uno de los pueblos más mágicos del noroeste hay luminarias nocturnas frente a la iglesia; el hombre es fuego, dice Saint-Martin, “su ley, como la de todos los fuegos, es disolver su envoltura y unirse a la fuente de la que está separado”; como el sol por sus rayos, el fuego simboliza la acción fecundante, purificadora e iluminadora; la llama que sube hacia el cielo representa el impulso hacia la espiritualización: Dice G. Bachelard que “antes de ser hijo de la madera, el fuego es el hijo del hombre…”
  • Por último, se recomienda observar el fuego escuchando un texto de Cortázar. Aquí proponemos “El discurso del oso”.
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