Desde la calle

Cuando me silencio entre el gentío y me sumerjo en él, abrazado por su corriente, creo percibirlo todo: matices de cielo, del turquesa al gris plomizo que soporta la tormenta hasta quebrarse en un estruendo; el movimiento de cada cosa: hojas de árboles, ruedas, pisadas, caderas balanzas, dedos sueltos, gesticulaciones, bocas, pliegues de ropa desplegándose, replegándose, polvo, papeles, tierra, eso que raspa o acaricia el piso, lo que mece el viento, un pie tosco, huesos chispeando, repiqueteando debajo de la piel, nubes hendidas de pájaros, crepitar de ramas sobre los techos, cimbronazos de aire al cerrarse una puerta, chirriar de vidrios, temblor de rejas, palabras suaves, duras, risas, gritos raudos, corroídos por otros estruendos mínimos, aleteo de cables de luz, graznido socavado de pájaros oscuros, antenas altas de oboes, luces encendiéndose, bocinas, palmas, la espalda que se apoya contra la pared y las patitas del zorzal que pellizcan una baldosa mientras unos ojos pestañean secos y se esparce el sonido de una alarma, difuminándose. Y si presto un poco más de atención puedo percibir hasta detrás de las paredes: la mujer preparando la comida, dos hombres del kiosco intercambian el turno, manos acomodando cajas, otras ponen a andar la mezcladora, la anciana elige sus galletas de gluten y el que se las vende mira de reojo el celular, odontólogos limpian encías, la secretaria a punto de dormirse sobre el escritorio, personas angustiadas en el hospital, dos chicas duermen en la sala de espera del quirófano y esperan el parte, un tipo ajusta tornillos con una máquina automática, remiseros charlan entre el cansancio y el hastío, un barcito y su micromundo, ese pibe de visera azul que se asoma desde una ventana y mira hacia abajo, el que camina por el pasillo y golpea apenas la pared con el puño, el que sale del baño al mismo tiempo que aprieta el botón del inodoro, todo en la calle, en una sola cuadra, mientras espero y en simultáneo, enredado. Y más gente, más gente que pasa hacia todas partes, todos con un papelito, apurados, las ventanillas cierran y ellos quedan con las manos vacías, mientras un pajarito se posa en la punta de un techo a dos aguas y abajo sin cesar van todos a trabajar, a comprar, a subir, a cuidar, a arriesgar, a intentar. Me la paso llamando por teléfono y ya no sé qué hacer ni a quién pedirle y bueno, veremos cómo pasar el año, siempre estuvimos igual. Estás esperando el colectivo y un hombre viene, revisa un rato las bolsas de basura que tenés adelante, las remueve con la mano bien metida hasta el fondo, elige una y se la lleva. Tres hombres se juntan en el asiento de atrás del colectivo, hablan y dicen “guachi” cada dos palabras. Un chico camina con un buzo blanco impecable y huele a recién bañado. Alguien que lee inclina la cabeza para acomodarse. En un lugar las casas terminan y viene un barranco y el río contaminado, después descampado y autos desarmados o quemados, tanques de agua, caños que salen de la tierra, más antenas y más cables recortándose sobre un cielo claro. El viento arremete cerca de una esquina y levanta un ejército de papelitos y cartones en un vuelo espiralado, algunos quedan atrapados entre las grietas de la calle, otros se chocan entre sí, otros suben hasta golpear las ruedas de un colectivo y una chica cierra rápido la ventana y, aún así, predomina lo imprevisto: una basurita se clava en el ojo de una nena que espera por cruzar la calle agarrada de la mano de su mamá. Una abuela con su nieta –a la nena le asoma el guardapolvo del colegio por debajo de la campera. Bocinas largas, cortas, de a ráfagas, corpulentas, flaquitas; timbres, más voces, el silbido de los frenos de los autos, el bufido de los colectivos cuando estacionan, hartos porque los motores nunca se detienen, siempre de fondo una vibración sostenida, todo tiene un piso de motores: el piar de los pájaros, de un cable cuelgan dos zapatillas sostenidas por los cordones, la chapa suelta de una canaleta tamborilea cuando la pisan, una voz se pierde, una mujer camina mascando chicle y sus botas marrones rascan el cemento, la puerta de un auto se cierra en un golpe seco, una bolsa golpea unas medias de red, el olor de un cigarrillo queda en el aire un segundo, el cierre de una campera tintinea, un chico se guarda el celular en el bolsillo y sé que hay más arriba, pero hacia allá no quiero mirar, porque detrás del cielo hay una negrura infinita, y todo crece más inmenso de lo que creo inmenso.

En los primeros días del més la calle se llena de gente. Acuarela. 25x35 cm.

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