Sueño con Borges

El hombre vio a la mujer llegar hasta él. La vio bajar hasta el río barroso y cruzarlo tambaleando, le vio las manos llenas de tierra limpiándose con el agua que la corriente levantaba al golpear contra las piedras, vio las manos limpias y claras llegar hasta sus manos que se extendían desde el suelo. El lugar era Iruya, no sé si el hombre era yo. Semienterrado, encandilado por un rescate que no creía posible, mientras la mujer comenzaba a sacarlo de la tierra tirando de sus brazos, el hombre recordó su historia.

Alguien había bajado hasta la parte más estrecha de una grieta y en la oscuridad había enloquecido. El hombre –imagino que para ayudarlo- bajó por la misma grieta y se sentó al lado del loco. Aquí recuerdo un cuadro de El Greco o Leonardo, de un santo semidesnudo sobre la piedra fría. Sólo habló el hombre. Dijo que aquellas paredes estrechas no eran ni una cárcel ni una tumba, pero al decirlo sintió su mano apoyada sobre pequeños cráneos y el loco lo miró como si por primera vez los dos hubieran visto lo mismo. El terror brotó desde la piedra negra y se propagó por el pecho del hombre. La grieta comenzó a cerrarse.

Cuando la mujer le preguntó cómo había logrado llegar hasta la superficie, el hombre levantó un dedo y señaló las nubes. En aquel lugar de las montañas, los vientos detenían las nubes sobre la cima de un cerro alto, las agrupaba, las ordenaba en hilera, las mezclaba en una sola y siempre se juntaban dos nubes con forma de rombo, muy pegadas entre sí, cada día, en el mismo lugar del cielo. Aquellas dos nubes eran como las estrellas del día. Teniendo clara su posición, sin importar el lugar del valle donde se estuviera, cualquiera podía mirarlas y orientarse en el espacio. Cambiaba el sol y los ciclos de la luna, cambiaban las personas y sus casas, cambiaban las calles y los árboles y los cerros, pero nunca los dos rombos. Desde el fondo de la grieta, en la última línea de luz de llegaba desde el cielo, el hombre vio las nubes y recordó su pueblo, a la mujer que luego lo encontraría y a sí mismo. En un universo sumido en un constante devenir –escuchaba mientras la mujer me limpiaba la tierra del cuerpo- solo basta una sola cosa más o menos permanente para que nos aferremos a ella y tratemos de construir nuestra ilusión de estabilidad, de pertenencia o de realidad, así como la esfera y la cruz de una catedral no son un rasgo más del pueblo, son el pueblo entero…

En ese punto creí que todo se trataba de Borges, aunque mientras desayunaba recordé que La esfera y la cruz es una novela de Chesterton. También en ese punto pensé en despertarme y anotar en un papel las palabras que escuchaba, incluso me vi haciéndolo. Anotaba ideas sobre el mundo de arriba y el mundo de abajo, sobre el encierro y lo que uno piensa y lo que en verdad es. Ahora pienso en Arguedas y Platón. Pero nunca salí del sueño. Después, en una cárcel, Borges y Bioy Casares daban una entrevista y hablaban sobre la libertad. Borges no estaba muy entusiasmado, pero Bioy daba las respuestas cantando melodías rokeras y los presos bailaban al compás como locos. Caigo en la cuenta de que en la semana estuve leyendo unos cuentos de H. Bustos Domecq y viendo fotos de los dos escritores de jóvenes.

No sé por qué elegí escribir este sueño.

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