El camino que sube hasta la cruz 4- El sueño de un camino y una cruz

-¿Qué es eso que hay ahí?

-¿Dónde?

-Allá arriba, en la montaña.

-No veo nada.

-En ese cerro, el que está debajo de una nube alargada, sacale una foto y hacele zoom.

Cuando ampliamos la foto en la pantalla, apareció, blanca y solitaria, plantada en lo alto, una cruz. Su presencia, aislada, inmutable, empezó a llamarnos. Nunca una cruz aparece porque sí. Alguien, en algún momento, la puso allí por alguna razón poderosa. Más todo eso permanecía para nosotros en el universo de las conjeturas. Sí podíamos, en cambio, ir hasta la cruz y ver qué tierras bañaba con su mirada y, tal vez, levantando polvo, iguales a nosotros, un grupo de viajantes que, abriéndose paso entre las rocas del río, la buscaban.

Una cruz, cualquiera sea, siempre aparecía un poco personificada en nuestro imaginario. No necesitaba de ninguna metáfora. La cruz eligió quedarse, habíamos escuchado en algún momento. Los hombres se la llevaron para la plaza pero de nuevo la cruz se les escapó para donde ella quería. Y otra vez se la llevaron y la cruz hizo lo mismo hasta que la dejaron bien solita en lo alto. Ella eligió la soledad acompañada, que es como la música callada y el silencio sonoro, el equilibrio más sutil que se puede alcanzar entre uno y el universo, tan unidos que no hay lindes, ni divisiones, ni plurales. Recordé la biblioteca y la breve charla con el profesor que había motivado el viaje.

-Para venir a lo que no sabes hay que ir por donde no sabes. Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas. Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees. Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.

El profesor leyó las palabras de un libro que acababa de sacar de un estante. “Llama de amor viva”, alcancé a leer en la solapa, finísima. Me dijo que recordando esos versos fue como él había llegado hasta una cruz en lo alto al final de un camino. Después de ese camino, no hay más caminos, y donde no hay nada suele ser el mejor lugar para encontrarlo todo.

-Buscar ese camino sería como buscar un sueño.

-¿Por qué no? –el profesor seguía- Rastros de sueño quedan en la vida despierta. Son, de alguna manera, huellas en un camino. Nos hablan de una manera muy íntima, con una voz que solo nosotros podemos escuchar y que no puede ser comprendida desde afuera, sino en contacto con ella, escuchándola como se escucha un murmullo en lo profundo de un río, como el sonido de los pasos que confirman nuestro andar.

-¿La voz sería el significado del sueño? –de golpe una cruz, de repente un sueño, la cruz era el sueño y el sueño dejaba rastros, las ideas del profesor me confundían…

-No lo creo. La voz solo nos deja una palabra, un sentimiento, una sensación, un sentido más parecido al poético, entre lo aprehendido y lo fugitivo (le puedo recomendar un libro de Mandrioni, si quiere, se llama “Hombre y poesía”). Estoy hablando de la naturaleza de todo lo que queda en las orillas: se borronea, parece otra cosa. De esta materia íntima, profunda y ambigua, está hecho el camino que los sueños van dejando en la orilla de la vida despierta y la vida dormida, o diurna, como diría Freud. Escuchar el camino, caminar la voz, si se me permite ese juego con las palabras, es tratar de entender un poco por dónde anda cada uno, sin darse cuenta, cada día.

-Ese camino, entonces, ¿existe?

-Elegí el derrotero, hace tiempo que lo transito. Pero es solo el mío, cada uno tiene derecho a buscar el suyo. Aquí las hojas nacen todo el tiempo a morir. Sin pausa, hasta no ser recuerdo, ni huella, ni nada. Y el camino sigue como a la luz del día le sigue la oscuridad de la noche, con una lógica que da miedo.

El profesor me evadía de una manera muy poética.

-¿Estuvo en ese camino que lleva hasta la cruz o soñó con él?

Se quedó pensativo, mirando la nada, con los ojos muy lejos de mí, sin dejar de apoyarse el libro contra la solapa del saco. Después de tomar aire por la nariz, muy lentamente, como si las palabras le hubieran llegado al respirar, habló:

-Otros me ayudan a pensar; siempre. Cardenal, Fogwill, Borges, Saer, Blas de Otero, los niños… A pensar que los sueños son el pasado, la memoria, el recuerdo. A pensar, algún mediodía de viento y transparencias, en que si hay varios universos y realidades, los sueños sean tal vez lo único que sabemos de esas otras vidas que tenemos, al mismo tiempo y en otro espacio. En algunos de esos universos, sueños o conjeturas, ella dijo sí y a mí me crecieron alas. Existe la teoría de que me quisiste, dice Cardenal.

Era conocida, en la universidad, con las veladuras y la incompletud propia de las vidas íntimas que nos son ajenas, la historia del profesor y una mujer que alguna vez había amado. Sentí abrirse, en los versos que había citado, una puerta que llevaba, tal vez, a esa mujer. Preferí no entrar; yo quería saber –o entender- sobre la cruz y el camino.

-¿Usted está diciendo que algunos de esos sueños que creía pretéritos eran el futuro que lo esperaba? Hace pocas semanas, en su clase, estudiando el trabajo de Freud sobre la interpretación de los sueños, vimos que no anunciaban un futuro, pero sí un futuro deseo. No entiendo…

-Los sueños quedan, en la vida despierta, como un recuerdo. Pero hay otros sueños –algunos los llaman visiones- donde recordamos el futuro. Tengo miedo de decir que quizás toda nuestra vida ya nos fue revelada y al nacer, encandilados, la tapamos con esta tonta debilidad que tenemos por las cosas tangibles. En su caso, no se ofenda, la debilidad de querer entender. Nos la pasamos viviendo como ciegos, tanteando, inseguros, hasta nuestro universo más próximo, tratando de encontrar un hombro donde poner la mano, de escuchar una voz que nos guíe, de acertar el paso, de no tropezar, de no desviarnos, de no perdernos. Los recuerdos, o los sueños, recuperan y anuncian una vida que es preciso salir a buscar. O no; con los sueños –como con las cosas más delicadas, absurdas y fugaces que tenemos- cada uno hace lo que quiere, hasta puede olvidarlos.

Con aquella sentencia, dejando en una mesa de la biblioteca el libro que en un principio había tomado para él, se fue.

ahi16

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