El camino que sube hasta la cruz 3 – Noches

La habitación tiene ocho camas. Son cuatro cuchetas. En una cama hay dos camperas, una azul de polar y un rompevientos verde. En otra hay un mate, vacío, casi limpio, no muy lejos de un tapper que tiene alrededor una constelación de palitos de yerba. En otra hay un libro escrito en otro idioma, parece ser una guía de frases útiles traducidas al español, una cruza entre diccionario y guía de viajes. En otra hay un bolso cerrado, parece una escultura. Nadie sabe quiénes son las personas que por la noche meten su cuerpo cansado entre las sábanas. Unas bolsas, como lenguas, salen de una mochila tirada en el piso hasta ser interrumpidas por un par de ojotas. Una revista de crucigramas, abierta, con un juego de palabras a medio hacer en tinta azul, no necesita hacer mucho esfuerzo para caer del marco de la ventana.

Los viajantes dejan otra vez sus bolsos en el suelo, todavía no saben qué camas se desocuparan para recibir esa noche otro amasijo de huesos y esperanzas. No les importa tanto, al día siguiente estarán partiendo hacia otra habitación modelada por el viento de la montaña; y sus pinceles, sus lápices, sus hojas y sus pinturas se unirán a los termos y los libros escritos en otro idioma. Confundirán su equipaje al despertar, tratarán de no hacer ruido para no despertar a los otros viajantes de la habitación, presentes sólo en un quejido, un crujir de maderas, un rumor de frazadas. Saldrán al patio frío y verán cómo el humo de sus bocas al hablar será lo único claro antes del amanecer. Buscarán la puerta que los llevará al comedor y calentarán su cuerpo con el café, como si bebieran la noche espesa y debieran consumirla para ver el cielo clarear. Sentirán el peso de las mochilas sobre su espalda. Seguirán su camino en busca del sol, de los pueblos de altura, del vuelo mudo del cóndor.

Pero falta mucho para eso y el agua para el mate que dejaron en la cocina, apenas volvieron de comprar las provisiones para la cena, ya casi está.

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La primera palabra que Isabel buscó en su libro de traducciones fue “chaña”. No estaba. Deseaba que fuera una comida no tan picante, se la imaginaba con porciones grandes de verduras asadas metidas dentro de panes calientes. Pero también podría ser un postre demasiado dulce para su gusto, o la parte de algún animal medio cruda y envuelta en un papel. No se animaba, ni siquiera a pronunciar la palabra. Se quedó esperando, entre las personas que pedían comida a los gritos, a ver si alguna preguntaba qué eran los pancitos de chaña, o a encontrarse con un plato que pudiera reconocer, así podría señalarlo y pedir lo mismo sin necesidad de indagar en el nombre de la comida. Cerró el libro. Notó el lomo levemente teñido por el vino que había derramado la noche anterior.

Isabel sintió otra vez el peso de sus hombros cruzados. Como innumerables noches, volvió a verse sola en un lugar donde nadie la conocía. De a poco, durante cada caminata por las calles semivacías que elegía, atravesadas de vidas, había ido preguntándose, como quien trata de desenredar un ovillo, cuál era su función en aquel rompecabezas que se desarmaba entre los ojos de las casas, los reflejos de los semáforos y las luces de las personas. Salía a buscarse en lo desconocido, siempre sola, volviendo tarde a su casa, esperando el transporte de regreso en alguna terminal, en silencio, con un brazo sobre el otro brazo, recibiendo, como una lluvia, aquella sensación, que bajaba entremezclada con el rocío, de ser un detalle ínfimo en el mundo, como si una de las espumas del mar, fosforescente bajo un collar de estrellas, hubiera empezado a preguntarse hacia dónde, finalmente, la llevaría la marea.

Primero habían sido los viajes por el puerto de Kiev; de allí al otro lado de la frontera solo había un paso y las distancias de su continente ya no le parecieron tan lejanas. Después siguió, impulsada por la misma sensación de incertidumbre que la acompañaba en cada noche de cada lugar, hasta que miró el cielo de una tarde noche ya ida, en un pueblo muy al fondo de donde ella venía, donde ninguno de los idiomas que sabía le servía, donde había pasado de ser extranjera a ser extraña. Si antes, en un momento de quietud, bajo el cielo oscuro, cuando se debatía entre lo desconocido y lo conocido, experimentaba cierta vacilación, ahora, en la negrura espesa del valle, todo aquello se volvía puro desconcierto.

Volvió a mirar la mancha de vino en el libro y el recuerdo de la noche anterior, aunque difuso y en su totalidad extinguido para siempre, le devolvió estabilidad. El frío, ventajero, había subido desde el río bien temprana la tarde y para cuando el sol ya estaba detrás de las paredes de piedra, todos se habían metido en sus casas, dejando vacías las calles del pueblo. En la hostería, Isabel no sabía si era por costumbre o por no soportar el recogimiento al que llevaba el viento helado, se corrió la voz, puerta por puerta, de que todos participarían de un asado nocturno. Más por miedo a quedarse sola en el pasillo con habitaciones que por hambre, o por probar una comida que en su país natal no existía, Isabel se sentó, esa misma noche, con su libro de traducciones en un bolsillo de la campera, en la esquina de una mesa larga hecha de muchas mesas sacadas de cada habitación, en una terraza desde donde se veían, clareados por la luna, los costados lisos y verticales de un cerro inmenso. Abrigadas con hasta dos buzos y dos camperas, gorros, bufandas, guantes, envueltas en las bolsas de dormir o en las frazadas que las habían calentado toda la tarde, las personas hablaban y reían a los gritos, tratándose con una confianza y una camaradería tan profundas que, si un completo desconocido hubiera llegado por primera vez a aquella hostería, justo en ese preciso momento, hubiera creído que se trataba de una reunión de viejos conocidos. Ustedes están locas, yanquis, les decían en la mesa a dos chicas que viajaban solas, a dedo, y contaban cómo, una noche, tambaleando de borrachas, habían decidido irse, sin importarles la oscuridad desolada, y las había levantado una camioneta mientras caminaban por la ruta. Viajaron tiradas en la caja, boca arriba, con todo el cielo iluminado de estrellas dando vuelta a su alrededor, y decidieron bajarse cuando ya era de día, al despertar, en un punto impreciso del camino, desde donde se habían arrastrado, atontadas por la resaca, hasta ese pueblo, esa hostería y esa mesa. A otro, un hombre sucio, de rastas y una barba larga y enmarañada, lo acusaban de tomarse por las mañanas el vino que quedaba enfriándose, durante toda la noche, en los vasos de las comidas grupales que, como terminaban a cualquier hora, nadie se esmeraba en lavar. Lo llamaban el duende y, entre risas, con una expresión que buscaba transmitir una sabiduría muy propia o dudosa, contestaba, excusándose, que algo tenía que desayunar. Un chico, que Isabel había visto tirado hasta el mediodía en el balcón de un hospedaje cercano, llegó a la mesa después de la comida. Algunos lo conocían y lo presentaban como el chileno, imitaban su manera de hablar y le pedían que sacara el postre. El chileno desplegó un estuche negro abultado, parecido a los que usan los pintores para guardar los pinceles. Blancos, irregulares, de distintos tamaños, asomaron, dentro del estuche, varios cigarrillos de mariguana.

Después de fumar, largaron otra ronda de pedazos de carne. Los cocinaban en una habitación a medio construir, sin techo, y los llevaban a la mesa pinchados en tenedores o sobre la parrilla, una reja cortada que los asadores agarraban con remeras para no quemarse las manos. El fuego, a través de dos agujeros que serían en algún futuro la puerta y la ventana de la habitación, era lo único que iluminaba la mesa. La carne, despedazada, arrancada por cuchillos gastados y sin filo, dura, perdida entre los platos y las botellas, casi ni se veía. Cuando la cena cayó en un vacío y propusieron bajar a la plaza para sentarse en los juegos y seguir fumando, Isabel salió de la terraza y se quedó en su habitación.

Sola, sin sacarse ninguno de los abrigos que se había puesto para resistir el frío, sentada en la cama, advirtió, primero, que el cielo empezaba a clarear otra vez y, después, las risas y los gritos que subían desde la plaza. También escuchó, más débil, llegando por el camino que costeaba el río, el motor del ómnibus que hacía el primer viaje del día. Movida por un impulso nacido de impresiones que no podía precisar, metió en su bolso las pocas cosas que tenía fuera y vio, en la tapa de su libro de traducciones, la mancha de unas gotas de vino, todavía algo brillantes. Bajó hasta la parada de transportes respirando la claridad helada y transparente del alba. Salió del pueblo por la única calle que descendía hasta el río y avanzó hasta el micro escolar que esperaba con el motor encendido.

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