El camino que sube hasta la cruz 2 – Luces

En la esquina de la plaza tres señores terminan de hablar. Uno pone en marcha su moto y mientras se sienta intercambia las últimas palabras con los otros dos que, en un instante, estarán caminando juntos sin darse cuenta de que un perro negro, chiquito y alargado, los habrá empezado a seguir desde esa misma esquina donde conversan hasta el rancho doblado en la bajada al río donde, masticando tierra y mirando la nada, viven.

Es domingo. La iglesia festeja su aniversario y la misa, que empezó hace rato, se extiende más allá del mediodía. La voz del cura y las canciones, amplificadas por el altoparlante del campanario, se cuelan entre las callecitas. Esos ecos religiosos y algunos ronroneos de motores lejanos son lo único que se escucha. Los tres hombres ya se fueron y en la plaza sólo quedan unos niños jugando. Se sientan en las hamacas y se enroscan entrelazando las cadenas. Cuando ya no hay más cadena para trenzar se sueltan y dan vueltas. Aprovechan el envión para despatarrarse, gritar y reírse. Pero ni los gritos ni las risas se escuchan, se ven como una imagen sin sonido.

Una señora aparece por la calle, camina pisando las piedritas cercanas a la vereda, sus pasos emiten golpecitos débiles y pausados. Tiene la cara llena de arrugas. Vende empanadas. Entra a un comedor. Sus ojos, colmados de luz, no distinguen nada en la oscuridad de la cocina. Ella no necesita ver, sabe que detrás del ruido de los platos hay alguien cocinando y eso le basta para ofrecer sus empanadas. Una voz de mujer le responde que no y le pregunta si tiene pancitos dulces de chaña. La señora arruga un poco más su cara y promete llevarlos otro día. Sale del comedor justo cuando empieza a ver un poco. El nuevo golpe de luz  -otra sombra blanca y viva- la vuelve a cegar. Retoma su lento andar sobre las piedritas sin notar que los perros tirados en la vereda caliente olieron sus empanadas y se levantan rumiando un ladrido hacia ella.

La plaza enmudece un poco más y una bolsa arrastrada por el viento rasguña la calle. Su sonido, ahora sí, es un escándalo en la calma del mediodía.

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La calle, con sus luces, es una vía láctea multicolor. Está repleta, bulle. Las personas burbujean y sus cuerpos oscuros tapan las luces. Los cuatro viajantes doblan por la calle peatonal tratando de abrirse paso por una marea de gente que avanza en tantas direcciones que parece estar estancada. El cambio brutal de espacios los marea. Salir del café ordenado en una rigurosa simetría a la calle caótica y efervescente los confunde. Sus ojos tardan en asimilar el ritmo nuevo: no logran aislar ninguna persona del conjunto que los rodea, sólo ven cabezas, pies y opacidades que cada tanto dejan un espacio vacío, un hueco de luz, una palabra cortada, un color.

Los viajantes se separan. Dos le preguntan a un policía dónde pueden comprar provisiones para la cena y, después de recibir indicaciones confusas, se disponen a cruzar la avenida y ven cómo, del otro lado del río de luces, la calle se estrecha, las veredas parecen una cornisa, y la masa de caminantes se apelotona en una fila que oscurece gradualmente a medida que se aleja hacia la montaña que aguarda invisible en su delicado contraste negro contra el pálido cielo cerúleo.

La misión de los otros dos viajantes resulta, en apariencia, más simple: comprar tres cebollas. Caminan media cuadra y se alejan de la peatonal. Los comercios se desmaquillan, se limpian la brillantez de sus fachadas y muestran su piel descascarada y amarillenta. Fuera de la peatonal el espacio se abre. El aire frío de la noche crece entre el bullicio chirriante de los motores y a los viajantes se les encoje el cuerpo. Sufren el peso de una ciudad hundida entre los cerros ciñéndose sobre sus hombros, abren más los ojos tratando de dejar en su cuenco más lugar, más lugar para evitar que los sepulten las formas y los colores que no paran de brotar de las esquinas. Respiran para no caer prisioneros de ese flujo incesante de almas que peregrina por la peatonal, del cerro a la plaza y de la plaza al cerro, para sobrellevar el cansancio de haber viajado un día entero con el equipaje a cuestas. El contraste de espada oxidada del centro se les ha hecho piel y no saben si lo que sienten es dolor, pena, o la aspereza propia de ese collage de estampas que es la calle.

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Consiguieron cebollas en un mercado popular: un galpón que aparecía de repente, como una cueva submarina, después de cruzar un pasillito que se metía hacia el corazón de la manzana. Un puesto de pizas inundaba el mercado con olor a queso y un constante ardor de chapas y aceite. Más dentro, camperas, zapatillas, frutas, pescados, mesas y personas desvencijadas y polvorientas, como adosadas a ese lugar precario y subrepticio, cenicientas, silenciosas, con una cerveza en la mano, sentadas entre el humo de las parrillas y los peluches de un puesto de regalos, a la vera del fin de semana, aplastadas de cansancio, idas.

Los viajantes se reunieron en una esquina. Con todas sus provisiones en tres bolsitas, emprendieron el camino hacia su hospedaje. Abandonaron de a poco las calles empastadas del centro. Pasaron por puestos callejeros de maníes, garrapiñada, pizetas y panchos; cruzaron las últimas calles con semáforos y entraron en un parque. Allí también eran muchos los paseantes, pero la amplitud del parque, el lago y la proximidad del cerro, dejaban lugar para caminar. La noche estaba entramada de niños, adolescentes, familias, policías, hombres fumando, mujeres sentadas en los bancos, solas, de a dos, con sus padres o con sus bebes, con el cochecito al lado, parejas besándose, abrazadas, apretujadas contra un árbol, globos, jóvenes sentados en el pasto; la ciudad entera parecía estar fuera de sus casa, no en los bares, ni en los negocios; afuera: en la calle, en la plaza, en el parque, en el cerro. La vida se desenvolvía bajo ese cielo que empezaba a destellar sus últimos suspiros azules.

Dejando todo aquello a sus espaldas, como los fuegos artificiales más demorados de un año nuevo que ya no se quieren mirar, se metieron, los cuatro al mismo tiempo, en la última cuadra iluminada antes del cerro.

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