El sueño de un cronopio

En un salón donde una vez estuvo la biblioteca del colegio y ahora se usa para otra cosa, creo –digo creo porque tal vez no era ese el lugar, pero así se me presenta en el recuerdo y si así lo recuerdo, así lo soñé- en ese salón, decía, veíamos con Matías un recital de los Beatles. Tocaban con muchos músicos invitados que habían sido parte de su historia. Matías me decía quién era cada uno de los que iban apareciendo. Los invitados subían al escenario y no se bajaban, con el correr de las canciones la banda crecía y crecía. Yo pensaba en la arquitectura aditiva de los templos del antiguo Egipto y me imaginaba construcciones como Luxor o Karnak hechas de instrumentos y músicos. Caminaba por el salón –donde muchos años antes de haber estado la biblioteca hubo un patio donde hice los recreos de mi escuela primaria y jugaba con autitos en una pista amarilla pintada en el piso- y veía, enormes, las puertas y las columnas de mástiles de guitarra y los anteojos de Lennon. Las canciones estaban todas versionadas. La gente, sentadita y quietita, parecía aprobarlas solo por el hecho de que eran los grandes de Liverpool los que tocaban. Matías y yo preferíamos estar parados al borde del escenario, casi que podíamos tocar a los músicos. El show terminó y caminamos al fondo del salón. Sentado en un banco, Cortázar pintarrajeaba un libro de dibujos de Sábat sobre el jazz  y se lo regalaba a Charlie Parker. Julio me miró, era el Julio de barba y anteojos que se abrazó con Cardenal en Solentiname, me preguntó si yo sabía pintar. No como vos. Se rió y me preguntó desde dónde venía. Vengo de cuarenta y ocho años más adelante. No pareció sorprenderse, se quedó pensativo, como si estuviera comprobando algo que sospechaba y se interesó por cómo hacía para viajar en el tiempo. La escalera de la entrada, cuando la subo o la bajo, me lleva a mi presente o me trae al pasado donde solo me llevaban hasta ahora los libros y la música. Te espero cuando andes de vuelta por acá, me dijo. Pero yo sabía que al subir la escalera ese pasaje mágico desaparecería, tal vez porque cada sueño es un portal que se abre y nunca es el mismo o porque mi destino empezaba a fraguar, pétreo, en mi presente.

Parker por Sábat

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