Ofertodo

Las ofertas de alquileres en la vidriera eran asombrosas, adentro había luz, una mesa enorme y unos sillones que invitaban a pasar, incluso a esperar que un empleado se desocupara para decirle no hay problema, no hay molestia, aquí es un placer, discúlpeme usted; pero la puerta estaba siempre cerrada. Por tercera vez en el mismo día iba yo a esa inmobiliaria. Me quedé quieto en la vereda, mirando toda la escenografía. Otras personas pasaban, se entusiasmaban con las ofertas, trataban de entrar, no podían y se prometían volver a pasar. Ahí mismo se me ocurrió el negocio de mi vida: Ofertodo.

En un lugar no muy distante de la misma ciudad conseguí un local y llené las vidrieras con ofertas de las cosas que la gente más necesita. Por dentro el ambiente daba tanta sensación de bienestar y seguridad que al primer vistazo el futuro cliente ya sentía su negociación consumada. Pero nunca nadie podía entrar, las vidrieras, ilusión de transparencia, encerraban un sueño eterno. Todos volvían una y otra vez, incesantes, como olas sobre una costa de oportunidades. Se agolpaban contra la puerta y el tumulto atraía nuevos ojos. La fama del negocio crecía y las ofertas se propagaban por páginas de revistas, páginas de internet, cadenas de mails, afiches. La posibilidad de llegar a encontrar lo que buscaban mantenía vivos a los consumidores que, siempre pacientes, parecían demostrar que ninguna persona quiere que se le acaben las oportunidades y, más allá de no poder concretarlas, las profusas propagandas del negocio, invariables y permanentes, alimentaban su esperanza. Los consumidores nunca se cansaban. Volvían a refrescar la expectativa sin pensarlo, tal vez sin darse cuenta de que renunciar a ello hubiera sido entregar el andamiaje de ilusiones que les ayudaba a vivir lo que les quedaba de vida. Mi negocio conservaba latente cada sueño por más mínimo o alocado que fuera, escondiéndose detrás de esa ambigüedad de los deseos y las necesidades, que parecen a la vez tan cerca pero tan lejos.

Mientras tanto, yo vivía de patrocinadores. Todo tipo de trato era impersonal. Siempre un mail, un mensaje de texto, una red social reemplazaban mi cuerpo y no se sabía quién estaba del otro lado. Con el tiempo, la propia computadora respondía al azar un repertorio de frases más o menos iguales, reproduciendo de una manera casi especular el mecanismo continuo y repetitivo que llevaba a todos a seguir insistiendo. Una respuesta distinta frente a los embates de siempre hubiera provocado un cataclismo. El mundo parecía, triste o felizmente, acostumbrado. Había puesto en marcha algo que podía funcionar sin mí, un engranaje más entre vaya a saber uno qué otros engranajes.

A diferencia de los que buscaban sin parar, dejé de sentir la necesidad de tener. Me pasaba horas en la vereda frente al negocio mirándolos anotar ofertas, compararlas, subrayarlas, desecharlas, considerarlas, desearlas. Al principio, pese a saberlas ilusorias, me veía tentado por alguna, pensaba que era justo lo que había estado esperando, me contagiaba de entusiasmo. De a poco me calmé y seguí mi camino, quizás convencido a medias de que aquello era todo una farsa y de que a cada uno le llega lo que en verdad necesita y no es ningún engranaje el que dispone cómo o cuándo, sino algo más impalpable que no se puede comprender ni explicar, entremezclado, por ejemplo, en la revelación que tuve aquella tarde cuando iba por tercera vez a la inmobiliaria.

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