Es de día

Mientras, las hojas siguen cayendo,

una lluvia inesperada las despertó en la madrugada y las puso a caer en las esquinas,

entre los esqueletos de los edificios en construcción, sobre las bicicletas, desde los balcones.

Se corre una espalda como se abre una puerta y aparece ella

sonriendo con un fondo de locomotoras y arrecifes de cemento.

La gente pasa indescifrable y es cada una otra vida distinta creciendo hacia adentro con sus túneles y sus galerías de parques sumergidos y sus catacumbas.

El tren se va lento y rasga el papel de calcar que ilumina la ventana.

De un lado cielo y cielo y del otro un laberinto.

¿Cómo hace la gente para meterse ahí, siempre en sombra, en una proyección de sol velada por ramas, postes, semáforos, cables, barandas y carteles?

Gracias a Dios cobré el aguinaldo y más lo que me dio mi hermano en enero nos pudimos ir a la costa. El asiento corta la cabeza de las mujeres de los ojos para abajo. Son dos piedras que miran.

El hombre, apoyado sobre la vidriera arcoíris de pantallas planas con partidos de fútbol europeos, extiende un tupper vacío  y centenares de rodillas lo miran indiferentes.

¿Cómo hace la gente cuando las ventanas enmarcan el mundo? ¿Cómo hace cuando de pasillo a calle y de calle a túnel los espacios cambian como en un sueño?

Dos nenes momia llegan desde el incario para ser sacrificados con guardapolvo blanco, están sentados entre dos viejos chamanes embalsamados, tan raídos y aplastados como el asiento largo donde se sienta el paraguayo del ojo cerrado y podrido, la rubia con chatitas de leopardo saca el celular y da golpecitos en la pantalla, yo también mensajeo y te digo que ya terminé mis trámites y combino subtes, un reloj negro en una mano de oro en el pasamanos, un ojo delineado mirándose en el espejito de la puerta, hay caramelos jols y beldén, reza una voz como una letanía y deja dos paquetitos en mi rodilla que no veo porque sigo mensajendo después de levantar la mirada y chocarme con el pelado del cuello tatuado y los expansores en las orejas, nosotros salimos y otros entran, o tal vez otros salgamos y nosotros entren o todos seamos otros y nadie nosotros.

El ciego canta My way en argentino, su voz trémula se hace pasillo.

Mientras, debajo de algún puente, no hay nada más que grafitis; mientras, incontables hojas enrojecidas cubren metros y metros de cemento.

Yo estudiaba por acá, yo trabajaba por acá y ahora paso y pienso que ese cuerpo tirado al lado de la escalera vive acá, bajo el techo de mochilas norteñas prefabricadas sin norte ni manos de tierra.

Please don’t open the door, piden las letras luminosas del vagón y un hombre saca como una espada su certificado de HIV positivo. Si vos me prometés que ella me va a llevar lo que me debe voy, las palabras de la señora hablando por celular pasan y van cayendo sobre el bolso enorme de un estudiante, sobre el carrito de madera de un malabarista, sobre mi libro con poesías de Tuñón, sobre el papelito del nene que dice grasias por su alluda y detrás tiene un dibujo del Pato Donald, caen y en seguida las tapan más palabras de una voz metálica y confusa que anuncia la próxima estación.

Las calles vienen a morir acá, qué importa si esa chica hermosa sonríe sola en el banco de la estación Belgrano, los perros también vienen a morir acá, entre las rejas y las maderas y la basura y la humedad que se atormenta contra las vías,

y esa nenita de pelos de espantapájaros con manchas en la cara también.

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