Los deshojados

Salí a caminar por mi barrio. Es otoño y las hojas de los árboles alfombran la calle. Sólo pude ver las hojas cayendo como lágrimas. Una pareja mayor barría la calle enérgicamente, tanto él como ella se empecinaban en quitar cada hojita del frente de su casa. Cada tanto bufaban y decían:

-Las hojas secas de los que no barren nos ensucian toda la vereda.

Es así, mientras unas personas están siempre preocupadas por tener la vereda impecable hay otras que dejan la suya librada a los devenires de la naturaleza y, en otoño, no barren las hojas secas acumuladas en su vereda. Quisiera decir unas palabras en su favor. Las críticas de los vecinos “prolijos” también caerían al suelo si conocieran más a este tipo de personas que, como los árboles, se deshojan en otoño y pasan el invierno tiritando. ¿Cómo hacer para doblarse hasta el piso y barrer si el miedo, la angustia y el frío entumecieron sus huesos?

Dos canciones nos pueden ayudar a entenderlas. La primera es “Let it be”. Cuando McCartney transita sus problemas más oscuros, la Madre María llega hasta él y entre susurros le dice: déjalo ser. La humanidad, si se pusiera de acuerdo, podría encontrar una solución a sus aflicciones dejando que las cosas sean. Los deshojados absorbieron el sentido más íntimo de la canción y dejaron que las hojas sean. Para qué insistir, se preguntan, una y otra vez con la mirada sobre las hojas, si siempre volverán a caer, si los árboles están cambiando su piel, si están intentando ser.

Los deshojados no ven el orden como un esquema que se debe aplicar a todas las cosas, sino como algo necesario sobre lo que verdaderamente pueden ordenar. Si están trabajando con los escritores de su biblioteca y deben hacer un alto, no volverán enseguida a dejar todo en su lugar antes de pasar otra cosa. Los textos seguirán allí, unos abiertos, otros boca abajo, esperando el momento para volver a brindarse y regresar, o no, a su sitio en la biblioteca. Las hojas secas son un poco como esos textos, hay que dejarlas moverse y mostrar todos sus lados hasta que amenacen con tapar la bocacalle en una tormenta y ahí sí, barrerlas.

La presencia de la hojarasca regada sobre las veredas es, por otra parte, necesaria. Antes de la crudeza que traerá el invierno es la última oportunidad para ver el triunfo de la belleza sobre la hermética ciudad. Dejar las hojas ir de aquí para allá crepitando y acariciando el cemento no es dejadez ni holgazanería, es una actitud poética y rebelde entre tanto paredón gris.

Los deshojados creen en la belleza que cada recoveco urbano lleva dentro. Al atardecer el sol centellea sobre los techos y cuela su luz entre las esquinas. Las hojas secas se visten de amarillo dorado y brillan en una danza circular. Esos detalles son la otra escoba que barre suciedades en lugares más importantes de la vida humana.

La segunda canción bien podría escucharla aquella pareja que barría su vereda, aprenderían algo que ignoran: que todas las hojas son del viento porque él las mueve hasta en la muerte.

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