El pintor

El pintor miró el cielo gris hecho nubes sobre la ciudad de polvo, los atardeceres vencidos bajo el sol del verano, las noches imposibles y los asientos vacíos. Miró durante luces y sombras,  muertes y alumbramientos, como si fuera la vista el único de sus sentidos. Nadie sabe cuánto tiempo miró así. Intentó, mirando, saberse sin tiempo, pero el pasado y el presente, como dos infranqueables rejas, encerraban sus ojos.

Así fue como se propuso pintar sólo aquellos lugares donde había sentido al tiempo detenerse. Pintó dos árboles en una esquina, las frondas se doraban con el sol; pintó una calle enmudecida por una sombra azulada, como un brazo que abraza; pintó luces irreales de una geografía soñada.  Después se sentó a mirar sus obras, quizás pudiera entrar en ese tiempo eternizado.

Hay quienes dicen que el pintor ya no existe, que de tanto mirar se volvió lo que miraba. Otros dicen que nunca pudo ser sin tiempo, que ese secreto no lo guardaban los lugares sino las personas con quienes estaba y las cosas que hacía en esos lugares. Algunos, los menos, dicen que aprendió a mirar sin los ojos, liberado de una realidad que nada tiene que ver con los hombres, sus anhelos y sus miedos.

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