Sueños cotidianos

Tengo, cada tanto, sueños cotidianos. No, comunes; cotidianos. Son sueños donde una sensación que por la vida cotidiana pasa fugaz y hasta imperceptible, se expande como si fuera una gota que crece sola sobre la mesa hasta inundar la casa.

Me senté en un sillón y me puse a esperar que alguien tuviera ganas de hacer algo. Mis amigos daban vueltas por el departamento y caían en el desgano. No sabían si esto o lo otro, o les daba lo mismo. Empezaba a pensar que pasarían todo el día así, en la nadería, hasta que les llegara la hora de irse a otro lado para decirse, no sin remordimiento, que al final no habían hecho nada, para herirse con sus palabras como quien se lastima el cuerpo para aplacar una culpa o matar un deseo.

El futuro es una ilusión. Todos proyectamos algo que creemos luz, sin saber, acaso ciegos, que es nuestra sombra la que crece hacia adelante, nublando y ensombreciendo nuestra ilusión. Nadie proyecta enfermarse, nadie proyecta envejecer, nadie proyecta angustiarse; y es esto, sin excepción, lo que nos trae el tiempo.  Al menos así me lo dicen estos sueños cotidianos, donde una percepción mínima, de miedo o tristeza -nunca de alegría o felicidad –, se aletarga y engorda hasta ocupar cada rincón de la noche.

No son pesadillas, son sueños que me traen la pena profunda de un futuro ilusorio, irreal y desconocido, pero inevitable. Un futuro donde las personas que amo se van y donde me quedo solo.

Magritte - The Schoolmaster

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