Un tiempo en París

Estaba parando, con unos amigos, en un lugar que desconozco. Sé que era un pueblo costero, aunque en el sueño nunca vi agua, ni playa, pero sí sentí todas las cosas del lugar inmersas en el aire limpio y fresco del mar.

Despertaba en la habitación de un complejo de cabañitas. Estaba solo. Todos se habían ido. No sabía si salir o quedarme,  primaba la impotencia de algunos sueños para tomar decisiones. Faltaba poco para la fecha de mi regreso y estaba cansado. De afuera llegaba el ruido del pasar de los trenes y con cada uno que se iba veía la posibilidad de irme cada vez más lejana. Calmaba esa angustia que uno siente cuando no le da rienda suelta a su deseo diciendo que no iba a alcanzarme el tiempo para ir y volver antes de mi partida. ¿Ir y volver a qué lugar?

El dueño de las cabañitas apareció y me dijo que el tiempo no era problema, que si cruzaba las vías por un paso a nivel escondido y mágico estaría en otra ciudad al instante. Si no te gusta el lugar, me gritó cuando me iba, volvé que estoy preparando una fiesta para la noche.

Apenas crucé las vías estuve en París. Mi intención era solo dar unas vueltas y volver, pero a cada cuadra, como cuando uno se mete en un mar y el agua le va ganando el cuerpo de a poco, las calles me inundaban con un encanto que no puedo describir, pero del que me enamoré enseguida. Me acordaba de Cortázar diciendo que París es una ciudad para caminarla, y de no sé quién diciendo que caminar y descubrir es un arte olvidado. Caminé perdiéndome en la arquitectura, en los jardines, en las escaleras –y no pensaba si quedarme mucho o poco, ni en lo que vendría después, estaba en un paréntesis del tiempo.

Encontré una señora que me ofreció una camita en su hospedaje. Así podés quedarte unas noches, decía. Yo la conocía de algún lado,  tal vez era escritora; ella me miraba con cara de sí, soy yo, y me sonreía mostrándome las habitaciones, cavadas, como nichos hippies, en el fondo de un callejón. Parecía un lugar muy agradable, pero yo sólo quería caminar, así que le di las gracias y me fui.

Pasando por la puerta de un lugar de juegos y apuestas, crucé un grupo de chicos que entraban a los gritos y entusiasmados porque iban a darle a la ruleta y, en vez de una pelotita, iban a tirar, para que rodara y rodara, su cabeza. Me invitaron, pero me parecían más estables las luces de la marquesina contrastando con la noche que la claridad amarillenta y vaporosa que se veía adentro del lugar. Seguí caminando.

Ahora recuerdo que el pensamiento que tuve en el sueño de que caminar es un arte olvidado le pertenece a Honoré, cuando escribió Elogio de la lentitud. Ahora recuerdo, en el sueño no recordaba, estaba eclipsado por Cortázar. Pienso en la relación entre el poco tiempo que tenía y la decisión de pasarlo caminando, o sea, dilatando ese tiempo, estirándolo, alentándolo, haciéndolo durar para maximizar ese goce que París me provocaba.

1887 Paris vu de la chambre de Vincent rue Lepic

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