Desde el asiento de atrás

-¿Me dormí?

-Sí, al principio.

Atardecía, o terminaba de atardecer. Acostado en el asiento de atrás, sólo veía las copas de los árboles que asomaban detrás del parabrisas. Pasaban rápidas y estallaban, cada tanto, por los reflejos de un sol que se ponía cada vez más intenso mientras más avanzábamos hacia la parte oscura del cielo. Tenía el cuerpo dolorido, cansado, no recordaba hacía cuánto estábamos viajando. Me incorporé en el asiento y vi una parte de su espalda, su pelo, su cuello y su brazo apoyado en el volante. Era una mujer. Me señaló con la mano unas luces que se agrupaban más adelante, a lo lejos, en un lugar que, hundido en la oscuridad, parecía la cuenca de un valle. Entonces subí un poco mis ojos hasta el espejo retrovisor y encontré los de ella, mirándome callados, como un universo latente, y supe que si yo no preguntaba ella no iba decirme nada.

En los sueños uno tiene esa sabiduría inconsciente a flor de piel, de repente se saben cosas porque sí, con solo mirar se siente y con sentir se sabe. En la vida despierta, entre lo que se ve, lo que se siente y lo que se sabe se mete la conciencia. Ahí se complica todo.

1919 feathery plant (1)

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