Tres cuadras

Bajé del colectivo. Mis sentidos se desperezaron. Sentí la noche y la lluvia en la cara, después de haber estado viéndolas a través de una ventana por casi una hora. Las luces de la remisería y del café se fragmentaban en la calle mojada. El silencio me recibió casi llegando a la primera esquina. Tres árboles bajitos, flacos y negros se despegaban del cielo anaranjado. Se repetían para caminar conmigo, como en aquel cuento de Felisberto.

En la segunda cuadra, unas personas fumaban afuera del restorán. Casi todas las mesas de la vereda estaban guardadas, sólo quedaba una, plegada, junto a una sombrilla cerrada, apoyada contra la ventana. En el bar de enfrente una pareja se levantaba para irse. Un auto cruzó la calle dejando en el aire un sonido parecido a cuando se quita un abrojo, fue como una herida al centro del silencio que dejó correr, de nuevo, de a poco, lentos, los ruidos de la noche.

En la tercera cuadra, las hojas de los árboles se movían inquietas, lejanas, en un murmullo constante. La llovizna, pausada y tenaz, había traído desde temprano un desgano lento pero progresivo, parecido a la angustia, y ahora doblegaba ramas, se llevaba hojas muertas, ahogaba el pasto y parecía caer con más peso –o presencia- bajo las frondas y los aleros de las casas. Sentí que en el recorrido de las tres cuadras, desde que bajé del colectivo, algo muy íntimo, algo privado, algo que solo la noche sabe de ella misma, había estado gestándose, y ahora se revelaba entre las hojas y la llovizna. Me quedé quieto, esperando.

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