Caminar entre la lluvia es soñar despierto

Es de noche. Me asomo a la ventana de mi cuarto y veo llover. Ya no sé si lo que relato es sueño o no. Domingo. Víspera de un feriado. Doble sábado. Todos y nadie afuera. Yo, adentro, muy adentro, tal vez más adentro de la imagen que alguien, a simple vista, si me viera ahora, se llevaría: yo asomado a la ventana de mi cuarto mirando cómo llueve. El piso, afuera, se llena como una pileta, la tierra se ablanda, las hojas del tilo se desperezan, el cielo se anaranja. Miro y recuerdo otras lluvias nocturnas. Una lluvia torrencial –se dice así- cuando salíamos con los chicos de la pizzería, teníamos apenas dieciséis y cruzábamos la avenida, allá al fondo, de noche. Hoy no se podría. Volvía en un remís de la casa de una compañera y las gotas escoltaron el camino hasta los edificios. Solo, en un cruce de avenidas en la capital, guarecido bajo el techito de una parada de colectivo, mirando la única ventana iluminada del edificio de enfrente, donde unos pibes se asomaban a gritar y a fumar. La lluvia nos sorprendió caminando entre los médanos y volvimos a la casa río arriba con la noche colándose entre las gotas. Desde el balcón llegaban los truenos, rebotando por toda la ciudad, y los relámpagos iluminaban cada tanto un edificio nuevo, todo parecía una pequeña maqueta doblándose bajo el agua, tanto que decidimos no salir y pasar la noche allí. Cruzaba en diagonal el campo con Nula y Gutiérrez y nuestras botas se hundían en el barro acuoso. Desde adentro del colectivo la lluvia parecía una cortina. Y si estás en otro lugar y llueve mirás la lluvia y pensás cómo estará cayendo sobre tu casa. Teníamos todos los bolsos listos para salir de viaje y la impresión de que afuera la tormenta borraría los mapas. La ventana se iluminaba y la cortina flameaba, la miraba abrirse sobre mí como una boca, acostado, desde la cama, no entendía cómo el mismo lugar que antes era una copa llena de sol ahora era un valle oscuro y sombrío. Parado en la estación de servicio veía solo hasta donde iluminaban las luces del techo y eso era solo el principio del bosque de agua que se extendía desde un poco más delante de mis pies hasta el infinito. La lluvia, de noche, dueña de las calles, cada vez más fuerte, caía como abandonada, curvando los techos de los edificios como una palangana y nosotros, adentro, viéndolo como si fuera una proyección, a través de la ventana, como en la pantalla de un cine. Había evitado la lluvia todo el día, pero justo en ese momento, en el recorrido de las últimas tres cuadras del día hasta mi casa, las que separan mi puerta de la puerta del colectivo, cayó sobre mí, como esas bromas donde te espera un balde arriba de la puerta y mis zapatillas pesaron más a cada paso. Ahora, mientras miro o sueño o recuerdo a través de la ventana de mi cuarto, un rato antes nada más, mientras caminaba, antes de esta lluvia descontrolada y calurosa, cuando volvía a mi casa apurado, pasaste envuelta en un vestido verde y parecías un capullo. Tal vez la violencia de este viento sea su intento inútil por tenerte, rabioso por no poder hablar nuestro idioma, desencajado porque solo puede verte y tocarte con pasión pero nada más, porque ya estás subiendo a un auto o ascendiendo hasta mirar este crepúsculo lluvioso con todas las flores del barrio. Ya estarán diciendo los noticieros que el viento descuajó árboles, voló chapas y tumbó postes, que ya la furia de la tormenta cesó, fugaz y caprichosa, que ahora llueve como la respiración agitada en el pecho después de correr. Yo no los veo porque estoy parado en mi cuarto mirando cómo llueve a través de la ventana, pero ya lo estarán diciendo. De todas maneras, ellos no saben que el viento se descontroló buscándote, hinchándose todo para lograr ser denso como una mano y asirte en pleno vuelo, no saben que como ya no estás y ya no te vemos andamos como locos jadeando por las calles, exhalando lluvia, inhalando tu aroma a jazmín, a tilo, a capullo mojado, desde la ventana de mi cuarto.

1929 jeune fille aux gants

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