Difícil

Sigo pensando que en la opacidad de la vida dormida, la opacidad propia del recuerdo y del olvido, hay más claridad que en la vida despierta. Queda claro, por ejemplo, que vivir una vida es difícil. Digo una en vez de la porque los sueños, siguiéndoles el juego a Onetti y a Baldi, me muestran otras vidas posibles. Y en la vida dormida la trama se complica siempre. Los lugares cambian, las personas que vemos son otras personas, las situaciones se nos vuelven inmanejables, corremos angustiados sin ir a ningún lado, tomamos decisiones que no se entienden, nos satisfacemos cumpliendo un deseo mientras al mismo tiempo sabemos que es solo sueño y de todo lo que nos queda, de todo lo que logramos entrever, o comprender, solo tenemos nuestra imagen, sin saber nunca cómo es ver los sueños a través de los ojos de otra persona. La vida despierta es igual, pero entre tanto vértigo, entre tantas cosas para hacer y entre tanto bla bla bla nos perdemos, nos distraemos y creemos, algunos más, otros menos, que la cosa puede ser, así de una, fácil.

¿Por qué ella lo visitaba sueños? Si ya había pasado tanto tiempo que sus caras casi no existían para el otro, por qué estaba ahí como un día que se repite. Había una fiesta en el tinglado el colegio, Él tenía que elegir a alguien para una cena especial en el patio. Se paseó entre las mesas redondas con invitados. Buscaba sin sentirse motivado por alguien en especial y, de pronto, ella apareció luminosamente. Él voló a su alrededor.

-¿Te gustaría comer conmigo?

En el patio la cocina estaba al aire libre, cerca de las mesas. La fiesta terminaba. Dos camareros salieron a buscarlos. Entraron al patio y un grupo de niños los rodearon, jugaron con una máscara gigante. Unos chicos más grandes se quedaron en el patio y pidieron témperas, querían llenar de flores el piso del patio. Les provocaron ternura hasta que quisieron pintar entre sus pies mientras comían. Ella dijo que sabía magia, que si querían crear la lluvia sólo hacía falta dibujarla –y se largó a llover. Aunque estaban en el medio del patio no se mojaron. Pero todos los demás sí y comenzaron a irse. Las mesas quedaron con los cubiertos puestos, las sillas corridas, algunas ollas humeantes, y muchas servilletas, arrugadas o hechas un bollito. La lluvia repiqueteaba por todas partes y sonaba a metal, a madera, a chapoteo; llovía desde muy lejos y la negrura de la noche parecía multiplicarse y crecer hasta lugares que sólo podíamos oír. Levantamos la cabeza hacia el cielo, sentimos la frescura de la tierra. Abandonamos el patio ya vacío y algo lúgubre, pasamos entre las mesas sin tocarlas, cruzamos un pasillo estrecho y salimos a un salón que tenía las paredes cubiertas por espejos y estaba ocupado por unos cubos de hielo inmensos. Empezamos a mover los cubos por todo el piso, a medida que se derretían  nos íbamos quedando cada vez más quietos, mirándonos en un sueño para decirnos algo que nunca nos dijimos.

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