Pollito

Tuviste no sé cuántos cuerpos, pero eras vos. Yo sacaba fotos en el tinglado de la escuela. Los nenes interpretaban distintos bailes folklóricos y yo les sacaba fotos. Para el carnavalito me puse bien delante del público, contra el escenario. Se me empezó a destartalar la cámara. Los botones, a medida que los apretaba, se hundían en la carcasa. Apareciste en el escenario con otras chicas y empezaron a bailar clásico en medio del carnavalito. La combinación era maravillosa. Me desesperaba tratando de sacarles una foto, pero era en vano, la cámara se desgajaba entre mis manos. El baile terminó entre aplausos desaforados y te bajaste por un costado del escenario. La escalerita de madera seguía hasta el fondo de un colectivo. Te sentaste en la última fila con otras personas. Me quedé en la fila de un solo asiento intentando rearmar mi cámara que se desmigaba, ya era algo indistinguible. Las personas que viajaban con vos se bajaron y quedaste sola. Me puse a hablar con otro pasajero que me miraba tratando de entender qué tenía en mis manos. Ahí me viste y caminaste hasta mi lado. No te acordabas mi nombre, me decías Ramón. Me paré para abrazarte. Estabas altísima. Tenías una remera roja, el pelo corto, las facciones de la cara un tanto rígidas. Te conté que había visto tu baile y nos bajamos. Nuestro barrio estaba ocupado por barcos viejos y ríos contaminados. Te conté dónde estaba trabajando, quedaba cerca de tu casa. Seguimos caminando por un descampado hasta llegar a una granja. Te agachaste y empezaste a alisar el pasto con la mano.  Me diste una pala y me pusiste a sacar pastos duros hasta que vino un hombre y me suplantó. Entonces vi que tenías en la mano unos pollitos muy extraños. No tenían piel y les dabas besos, los usabas para acariciarte las mejillas, los ponías sobre una tablita y les sacabas sangre con unas jeringas muy pequeñas. Mientras te miraba absorto, empezarte a decir:

-Para esto hay que ser dura, me fui formando así -una persona muerta apareció en un cuartito-, las personas se ofrecen voluntariamente, lleva tiempo cortarlas y trabajarles la piel; por eso ahora, cuando ya son otra cosa, las cuido como lo que en verdad son. Este que mimo fue un novio que tuve.

Volviste tu mirada hacia el pollito y empezaste a clavarle despacio la uña del dedo pulgar. Aproveché para irme: estaba otra vez en la escuela. Los nenes bajaban al recreo y se mezclaban entre otra gente que me preguntaba: ¿Volvió? ¿Cómo está? Y yo decía: distinta. Quise volver a buscarte, pero todo estaba cubierto de cenizas y al agua desbordada de los ríos; y me puse triste.

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