Invisible

Pero ahora escucha pájaros, no hay nada más que eso. La oscuridad le va quitando espacio a la pregunta. Los rosados son más esplendorosos enmarcados por la oscuridad del interior del tren. Entre las formas del paisaje que se suceden una detrás de otras y se van decolorando debajo del atardecer, aparece otra vez, insistente, su último sueño: estuve en tu casa. Dibujaba y quería verte. En la habitación había una pelopincho redonda con flotadores en el agua. Pasaste caminando y rodeaste la pileta. Yo, invisible. Después de dibujar un cuarto me ponía a buscar otro. Así llegué a uno en el que estabas con tus amigas. Recién te despertabas de la siesta. Me puse a dibujarlas y seguían conversando. Yo, invisible. El tiempo pasó y vos y tus amigas se fueron poniendo, cada vez, literalmente, más distantes: se hundían en el otro extremo de la habitación, como absorbidas por un punto de fuga. Salí al patio y una banda tocaba. Busqué mi guitarra; estaba rota: el mástil se había desprendido del cuerpo. La guardé en el estuche con mucha dificultad y volví a entrar en la casa. Todos corrían. Un grupo de osos descontrolados había entrado por las ventanas y estaba destrozando todo. Corrí a buscarte, estabas asustada, paralizada debajo de la mesa. Las tacitas de café, el mate, el termo y unas galletitas  habían quedado desparramadas por toda la habitación. Te alcé en brazos y te saqué de allí. Cruzamos la cocina y el comedor mientras toda la casa se desmoronaba. El techo se desprendía en bloques que se pulverizaban contra el suelo, los muebles caían o se hundían sobre sí mismos como edificios dinamitados. Llegamos al patio; los instrumentos de la banda estaban destruidos y de entre esa maraña de cables y fierros salió un oso apuntando sus garras hacia nosotros. Corrí con más fuerzas, tenía miedo de soltarte, me costaba correr, vos no decías nada. El patio se volvió interminable y se llenó de plantas y de árboles. Mientras la casa se hundía en sus cimientos, el patio florecía. Los osos se desbocaban detrás nuestro y creía sentir cada zarpazo soplándome la espalda. De un salto me subí al tapial que separaba tu casa con la de al lado. Decidí subir por unas escaleras que llegaban hasta la terraza del vecino. Vos no decías nada, mis brazos ya eran parte de tu cuerpo, como esos árboles que de tanto tiempo juntos se hacen uno. Subimos las escaleras; los escalones eran muy angostos, pequeños, irregulares, desparejos, tallados sobre la piedra como un templo incaico corroído por el tiempo y el abandono. Era difícil subirlos. Otras personas también escapaban y subían con nosotros. Llegamos a la terraza: la cima de una montaña de piedra. Era altísima. Se veía el mar. Muy pero muy debajo se veían barcos y botes amarrados a los arrecifes; más lejos, una isla frondosa de colores intensos. El agua era azul y podíamos ver cómo el color celeste se oscurecía debajo de los botes. Las personas que habían llegado hasta allí con nosotros empezaron a desesperarse. Los osos ya estaban subiendo los escalones. El cielo estaba despejado, la terraza reflejaba la claridad como un espejo. Algunas personas vieron un lugar por donde bajar hasta el mar. Las quise seguir y no pude. Algo en el aire ceñía mi cuerpo. Quería salvarte y no podía. El viento que se había levantado en la cima me impedía cualquier movimiento. Vos no decías nada; te miré: muda entre mis brazos. El viento cesó; muda entre mis brazos

corrí hacia el mar

y

sal

.

 

Caímos al agua.

Su frescura me abrazó en un segundo. Sin mirarlo vi al sol iluminando la superficie, craquelado por el oleaje. Otras personas cayeron con nosotros. Nadé hasta un bote; sólo pateaba,

muda en mis brazos.

Otros llegaron con nosotros y nos ayudamos para subir y soltar las amarras. Zarpamos rumbo a la isla, pero una masa ocre y oscura de pelos, rugidos y garras tumbó el bote. Nadamos hasta las rocas que costeaban la isla, la corriente del agua doblegaba nuestras brazadas. El oso se abalanzó con todas sus fuerzas sobre nosotros ocultando el cielo detrás de su cuerpo tenso y mojado. El oleaje lo ladeó, lo golpeó contra las rocas y lo hundió. No recuerdo cómo llegamos a tierra firme. Ya en la arena, mientras nos secábamos al sol, seguías sin hablar.

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