Lados

Dos lados de un mismo sueño que me hacen pensar en la sencillez de la vida soñada: siempre se muestra fragmentaria e incierta; no como la vida despierta que nos endulza con su “tangibilidad”, como los espejitos de colores que les daban a los indios, y solo es penumbra sobre penumbra.

Lado A

Caminaba con un compañero de colegio que hace rato ya es padre y sus dos niñas estudian donde yo enseño. Lo acompañaba a él y a su familia a su casa. Su mujer me preguntaba por qué los estaba acompañando  y yo les decía acá donde ustedes viven, en este mismo edificio, viví de chico con mi familia y quiero recordar el lugar porque siempre es, en mis sueños, un espacio recurrente.

En el ascensor mi compañero vio una polilla y antes de cerrar la puerta la acompañó con las manos hasta sacarla afuera. Después, adentro del departamento, mientras me mostraba las habitaciones y yo no podía evitar compararlas con el recuerdo, dos orugas cruzaron la pared. Él las puso dentro de un vaso y luego las liberó en el marco de la ventana. Cuando me estaba yendo le pregunté si era una de esas personas que tenía como principio preservar la vida de todo ser vivo. Lo hago más por las nenas porque todavía son chiquitas, me dijo despidiéndose.

Al salir del edificio, entre las personas que pasaban por la calle, vi a otra compañera de colegio.

-¡Cande! –grite lo más fuerte que pude. Ella se dio vuelta, nos encontramos y nos dimos uno de esos abrazos que la gente se da cuando no se ve hace mucho.

-Pero no me llamo Cande –me dijo mientras yo me daba cuenta que había confundido su nombre con el de una alumna –pero no importa si cuando ves una Cande le decís Cami.

Lado B

Estaba solo en el piso de arriba de una fábrica. Destrozaba una guitarra, la partía contra una mesa, le revolvía las tuercas y los cables como si fueran tripas. Tenía ganas de hacerla polvo, de golpearla hasta que no tuviera ni una lucecita, sentía furia y angustia al mismo tiempo. Quería romperla, pero sufría porque ya no la tendría más. Me arrepentí y me quedé quieto, esperaba a un amigo, nos íbamos a reencontrar con ex compañeros del colegio. Esperé hasta que llegó uno y me dijo que todo se había cancelado, que nadie podía. Acá está el helado, me dijo, dejalo guardado en la heladera para la próxima. Le dije que sí, pero al salir para acompañarlo dejé los potes de helado en la mesa, derritiéndose, lentos y decrépitos, sobre los restos de algo que ya no era nada.

Jackson Pollock - One (Number 31, 1950), 1950

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