Cada 12 años

Al pibe lo metían en un departamento y lo encerraban en un cuarto que tenía una cama y una mesa, lo acostaban en la cama y en la mesa dejaban una caja llena de jeringas infectadas de virus letales. Lo habían sacado de una clínica para matarlo de a poco, pero el pibe, consciente de todo lo que iba a pasarle, se había hecho el desmayado todo el camino y apenas estuvo solo en la habitación se las ingenió para escaparse y en plena huída terminó participando de unos juegos fatales en los que perdió la vida.

Esto había pasado hace 12 años, los noticieros lo anunciaban una y otra vez, mostrando las imágenes todo el tiempo y donde uno iba se encontraba, en cada televisor, en cada radio, en cada conversación, con la misma historia. Salía del club después de nadar y me subía a un auto; es muy común que en los sueños, aunque nunca aprendí y no creo que alguna vez lo haga, maneje[1]. Adelante iba Matías, en su Renó 12. Rumbeamos los dos para el mismo lado, avanzando por Muñoz a la altura de Italia. Cuando doblamos en Belgrano perdí el control del auto; es muy común que en los sueños, cuando manejo, choque[2]. Tuve un problema con los frenos y me incrusté dentro del auto de Matías. Los dos autos siguieron andando, fusionados en uno solo, yo había quedado sentado detrás de Matías. Traté de contarle, a los gritos, lo que había pasado; él parecía no darse cuenta, mientras tanto apreté los pedales para intentar algo, ni sabía qué, pero solo conseguí sumarle velocidad al auto de Matías. Doblamos en Serrano, en sentido inverso al que llevábamos en Muñoz, y comenzamos a pasar las cuadras con una velocidad impresionante. Mis frenos tampoco andan, dijo Matías. Mientras rezábamos por nuestras vidas, esperando que el auto se detuviera, entrecerrando los ojos en cada esquina, pude ver, en el asiento de adelante, una cunita con dos bebés. El auto, o los autos, se detuvieron, finalmente, sin daños, y recién una vez que estuvimos afuera mirando cómo había quedado uno adentro del otro, pasaron, rápidos, por la calle, otros autos que, de haber pasado segundos antes, hubieran impactado contra nosotros. Estábamos de pie, en la calle, no sé si ilesos o con esa sensación que provoca la adrenalina aplacando el dolor de las heridas. Un auto paró al lado, bajó una mujer, me preguntó qué había pasado y, antes de poder contarle, me puso una bolsa en la cabeza, me metió en el auto y arrancó.

Desperté en una habitación que reconocí enseguida, era el cuarto de un departamento donde vivimos muchos años con mi familia. En la televisión, que parecía ser la misma que tenía en aquel entonces, ubicada en el mismo lugar de siempre, un periodista anunciaba el comienzo de los juegos, y detrás de él se veía como un coliseo repleto de gente. Sobre la mesa de la habitación había una caja con jeringas.


[1] Las maneras de manejar que tengo en los sueños no son para nada trasladables a la vida despierta, casi siempre son a través de mecanismos que nunca vi en los autos. Hasta llegué a manejar sin necesidad de que haya un volante.

[2] Las maneras de perder el control del auto que tengo en los sueños desafían siempre las leyes de la vida despierta. Doy vuelcos impresionantes sin un rasguño (ni en el auto ni en mi cuerpo), o caigo de precipicios altísimos y sigo andando lo más bien. Si el auto se llega a destruir, por algún designio que desconozco, cuando eso pasa, ya estoy afuera, mirándolo, inservible, como un bollito de papel.

lempicka13

Un comentario sobre “Cada 12 años

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s