Sueño // Arrastrado

El cielo parecía arder sobre dos autopistas partidas que se terminaban abruptamente como un muñón lleno de cicatrices y se levantaban sobre mi cabeza, recortándose negras y despegándose de la ciudad atravesada por la rambla que resplandecía como una serpiente de fuego y se fundía, a un costado, con el mar titilante y violáceo. Dibujé todo con la mirada, cada línea, cada sombra, cada contraste, me embriagué de ese cielo que se derramaba como una bebida amarga y roja.

Había bajado apurado de un micro cuando vi por la ventana, frente a la rambla, la terraza de un edificio antiguo, llena de gente, y sentí una necesidad irresistible de dibujarla. Una vez afuera del micro, como el camino era largo, en bajada y hacia atrás, alquilé una bici por unas pocas monedas. Descendí casi sin pedalear, compré comida y cuando me senté a dibujarla desde la rambla, la terraza estaba vacía.  Levanté la mirada apenado y me encontré, como se encontraría uno con un auto que viene de frente, con las dos autopistas partidas coronando mi cabeza.

Definitivamente ya no estoy en el norte, pensé. El micro del que me había bajado casi con desesperación había salido de un pueblito en la quebrada. Habíamos llegado caminando con mi mamá, adentrándonos de a poco, cada vez más, en una callecita de tierra que se alejaba de la ruta y se perdía entre una cadena de cerros nimbada por la tarde. Caminamos hasta llegar a un pueblo y nos detuvimos en una esquina, tratábamos de fotografiar todas las casas de una cuadra que bajaba hasta la entrada del pueblo. Entramos a una casa que parecía deshabitada, pero la familiaridad con los objetos que íbamos encontrando nos hizo dar cuenta de que nosotros éramos sus habitantes. En uno de los cuartos me esperaban Bara y Marie para terminar un collage gigante, había varios papeles autoadhesivos calados, como restos de otros recortes, y los elegíamos según nuestro gusto. Después nos subimos a un micro y una vez en marcha nos cambiamos de lugar hasta tener una vista agradable del paisaje. Yo no sabía –como nunca se sabe- que sería arrastrado por un movimiento anterior a mi vida, imparable, y que saldría confundiendo la locura con la normalidad hasta encontrar ese cielo incendiado.

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