Sueño // Leti

Es muy común que los chicos con los que comparto el aula aparezcan en mis sueños, más que común diría que es inevitable. Va un sueño del 2012:

Salgo al recreo. Del aula de al lado, al mismo tiempo, sale Ariel, me dice que sus chicos quieren pintar, lo escucho pero solo quiero contarle que pienso dejar horas. Aparece una profesora, nos conocemos de otro colegio, pero ella no se acuerda. Nos pide que la acompañemos a comprar zapatos a la feria de la plaza, Ariel me mira y se vuelve al aula, yo sigo mi camino hacia la sala de profesores y ella se queda en el patio buscando a alguien que la acompañe.

Mientras guardo mis materiales en la sala de profesores y algunos docentes hablan y toman té o mate, aparece Leti, una alumna del último año de la secundaria. Me pregunta si tengo crayones, recuerdo haber visto unos entre mis cosas, ella deja su mochila arriba de la mesa y se va al baño. En la mochila tengo un revoltijo de cosas, una profesora me dice que se sorprendió por la desenvoltura con que Leti me pidió los crayones, le contesto que ella no es un paquete. Cuando Leti vuelve tengo unos crayones sueltos en la mano, me cuenta que los necesita para un afiche, le habla también a la profesora, ya no presto atención, me distraen unas personas que tratan de entrar a la escuela, sólo veo sus cuerpos a través del vidrio esmerilado, cuando las dejan entrar y se escuchan sus voces Leti sale corriendo. Se olvida la mochila arriba de la mesa y salgo para dársela.

La alcanzo en la calle, camina rápido hacia las vías. Me dice que tiene miedo porque la están siguiendo. Le propongo acompañarla hasta la casa y acepta. Caminamos hasta cruzar las vías, se detiene en una casa donde están sus compañeros de curso con sus familias, sus novios, sus amigos y mis amigos. Me alegra que todos se conozcan, entre los saludos interminables pierdo de vista a Leti, me abro paso como por medio de un recital y la veo irse caminando con Flor, una compañera de curso que estaba en la casa. Me voy con ellas.

Cae la tarde y avanzamos por una autopista en desuso que funciona como peatonal, muy larga y llena de gente. Le hago un chiste a Flor sobre mi incapacidad de proteger a Leti de sus perseguidores, ella sabe artes marciales y yo apenas puedo hacer equilibrio en un pié. Trato de hacer palo chino en un poste de la calle, pero aparece Julio Bocca y lo hace mucho mejor. La gente lo aplaude, Flor se queda con él, Leti y yo seguimos caminando. La autopista peatonal se hace puente y se eleva sobre un río. Ya conozco el lugar, el puente baja del otro lado entre ramas tan secas y enmarañadas que en las casas que están allí nunca se ve el sol. Nunca estuve allí, pero sé que se vive en una noche constante, húmeda, donde las paredes están hundidas, llenas de caracoles y orugas, devoradas por el moho y devenidas en tapiales. Es un barrio abandonado después de la guerra. Debajo de la autopista creo advertir el hormigueo de sus habitantes, un vientre desabrido. Mi casa queda ahí abajo, dice Leti.

¿Cómo es posible que viva ahí abajo? Ninguna familia de ese barrio mandaría a los chicos a un colegio con la cuota tan cara. No me animo a preguntar, Leti siempre fue una alumna entre distante y reservada. El paisaje se despoja. El cielo es ya de un violeta intenso, no queda gente en el puente, abajo las ramas ennegrecieron. Una luz escondida nos ilumina las caras y nos envuelve en un aura casi numinosa. Siento que todo lo que ella nunca reveló de sí misma estuvo siempre frente a mí y no supe verlo, que la luz lo está haciendo más evidente y no logro entender cómo.

Desde acá puedo seguir sola. Te acompaño. Va a tener que volver sin plata y sin campera porque va a ser de noche. ¿Me puedo pedir un remís? Ella se ríe mientras dice que no. Bajamos. En la entrada al barrio una chica vende ropa suelta, la ropa todavía está puesta en pedazos de piernas, de torsos y manos, cuellos desmembrados con collares, zapatillas que todavía tienen adentro el pié mutilado. Entre la oscuridad, cada tanto, resplandece algún tapial o se escuchan las ramas. La sigo como un ciego.

Llegamos a una casa deshecha y subimos por una pequeña escalera de escombros. En una esquina hay objetos personales ordenados con mucha prolijidad. Esto es lo único que tengo, dice, voy a cuidarlo bien, no quiero ser una historia para contar, éste es mi cuarto. Comienza a llover y el lugar gotea por todas partes. Leti me habla porque advierte que me quedé mudo, no es lluvia, son las ramas que lloran desde las explosiones, no va a poder irse mientras lloren, creo que en algún lado tengo frazadas viejas. Prepara té, el mismo fuego que calienta el agua alumbra la casa. Nos sentamos y me cuenta su historia.    

Ramas al fondo

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