Sueño // Rehabilitación

Creo que era un hotel. Me habían llevado en camioneta desde un hospital para recuperarme de una enfermedad. Los doctores me metían silicona celeste por el ombligo en unos tubitos que parecían terminar en un tanque de oxígeno. No estaban seguros del progreso de mi tratamiento, el pronóstico no era favorable, me daba cuenta por la cara que ponían. Por eso me habían llevado, junto con otros enfermos, a ese hotel inmenso donde todos los incurables íbamos a entristecernos.

Nunca entendí bien qué estaba pasando, nadie me había dado explicación alguna.  Había gente por todas partes: en los parques, en los senderos de tierra, en las calles rectas de cemento que cruzaban como cintas todo el lugar: un gran complejo de construcciones antiguas esparcidas en el campo, con fuentes y piletas.

Sabía que algunos amigos estaban por ahí, habíamos compartido el tratamiento de silicona y cuando salía de la anestesia escuché, somnoliento, que los llevarían conmigo.

En los pasillos y las habitaciones convivía con desconocidos. La voz mandante de los coordinadores llegaba siempre a través de otro, nunca los vi. Buscarlos era perderse en un mar de gente. Estábamos todos vestidos con nuestras ropas diarias, como si hubiéramos coincido todos, por casualidad, un día cualquiera, en el mismo lugar. El ala del complejo donde estaba mi habitación tenía una sola escalera caracol, imponente, que subía varios pisos. A los costados, cada tanto, se veía un pasillo largo con las puertas de las habitaciones. Un grupo de pibes comenzó a subir con unas vallas de metal, esas que se ponen en las canchas de futbol para guiar la cola de gente en la entrada al estadio. Cada valla estaba envuelta en una bandera. De a muchos, los pibes agitaban las vallas embanderadas, alrededor de la escalera circular. Gritaban, desafiaban a los demás a tratar de sacarles las vallas. En caso de que alguno lograse hacerlo abandonarían el juego, los coordinadores podrían dejar de echarles el ojo y partiríamos a una excursión. Amenazaban con provocar destrozos si nadie jugaba. Los gritos de una coordinadora subían por los escalones; no podía verla. Cada vez llegaban más personas. Entonces decidí jugar. Acababa de salir de mi cuarto, en uno de los pisos altos del lugar. Cuando llegué a la escalera y miré por el hueco hacia abajo, vi la sucesión de anillos circulares plagados de las vallas embanderadas. Salté sin pensarlo, el movimiento tomó por sorpresa a todos y de un manotazo saqué una bandera entera, pero estaba en medio del hueco de la escalera y abajo todavía quedaban varios pisos. Y caí. Me envolví en la bandera y ella me llevó hasta el suelo en un suave viaje, después me deslizó por un pasillo y me depositó, como si hubiera viajado sobre una mano, en uno de los parques del hotel. Atrás escuchaba, cada vez más bajo, los gritos de alegría. El juego había terminado.

Aquella otra parte del lugar, una sucesión de canteros, fuentes y galerías, también me era desconocida. Parecía una construcción de otro siglo, a lo Versalles. El pasto estaba recién cortado. El cielo se quitaba de encima unas nubes y empezaba a mostrar su tono violáceo. Atardecía casi. Busqué los baños, pero sólo había pequeños cuartos vacíos. Salí  decepcionado y un hombre que pasaba caminando me dijo “acá no vas a encontrar nada, es la parte de mentira del lugar”.

Volvía a la galería. A lo lejos reconocí la parte del hotel donde estaba mi cuarto. La muchedumbre ya emprendía la caminata de la excursión. Entonces, como una aparición, sentada sobre un banco que daba al parque, con un vestido blanco salpicado con dibujos de sutiles flores grises, la vi. Era una vieja compañera de colegio. No la veía hace años. Me acerqué y no me reconoció. Su mirada no miraba ningún lugar, sus ojos claros rechazaban toda luz exterior, algo más de adentro los iluminaba. Un amor profundo me anegó por completo. De la nada empezó a hablar. Contó su historia: había tenido una hija apenas terminó el colegio, su esposo la había engañado, se separaron, después él volvió pidiendo ayuda por una enfermedad incurable en los ojos, ella lo ayudó en el tratamiento, se contagió y perdió la vista. Por más inyecciones que le dieron no logró recuperar la visión. El se curó, se fue con la hija y la abandonó. De eso ya habían pasado un par de años, el dolor se había transformado en una profunda meditación, la búsqueda de otro tipo de espacialidad la había llevado hasta allí. Le propuse ir a la excursión; aceptó contenta.

Mientras caminábamos, un grupo de chicos me gritó algo desde lejos, me habían reconocido por la bandera que todavía llevaba sobre la espalda. Ella iba tomada de mi brazo derecho. Salimos del complejo hasta la ruta. Yo le iba describiendo el paisaje. Se me hizo difícil hablarle de los vendedores de frutillas que estaban a los costados de la ruta. Las frutillas eran gigantes, del tamaño de una mesa mediana. Las tenían en el suelo, al borde del camino, o en grandes racimos que colgaban de los cables de luz y parecían un panal de frutillas. Más atrás se podían ver las plantaciones: grandes paquetes, como tamales, que salían de la tierra. Los hombres estaban vestidos de blanco con sombreros de paja. Evidentemente, le dije, debemos de estar en otro país. Nos habíamos desviado del grupo y corté por el campo para alcanzarlo. Llegamos hasta unos autos, o carruajes, no recuerdo bien. Un chofer nos esperaba para seguir nuestro camino. Nos sentamos atrás, dejé la bandera contra el asiento. Avanzamos por un camino encajonado entre las piedras. Bordeábamos un río, o un canal, que cada vez se ensanchaba más y se volvía más y más turquesa. Las paredes de piedra crecieron y el agua se oscureció. Empezamos a cruzar el canal de un lado a otro, el camino se llenaba de puentes y zigzagueaba hasta subir sobre las piedras. El cielo apareció otra vez con su claridad última del atardecer. Cuando estuvimos en la cima de aquel cerro montañoso vi lo que las paredes de piedra nos habían ocultado en el camino: una ciudad antigua –todo esto se lo iba contando a ella, que miraba como descubriendo un paisaje en su interior.

Entramos a la ciudad desde arriba, bajando por el lado rocoso del cerro. Nos recibieron techos de tejas azulados, violáceos, ámbar, la parte alta de delgadas catedrales góticas, la planta cuadrada de plazas arboladas y, del otro lado, ya casi oscuro por la cercanía de la noche y deshecho en reflejos por las luces de la ciudad, el mar. Creí ver un pueblo sobre el horizonte, algo así como un desfile de luces tenues y amarillentas, y pensé que podríamos estar en una isla. Cuando bajamos del auto y descendimos por las piedras hasta la arena una luz arcillosa llegaba desde el sol dando vueltas como un trompo. El agua ennegrecía. Nos sentamos, los reflejos del mar resplandecieron en sus ojos claros de ventanas abiertas. Después, como alzada por unos brazos invisibles, avanzó un poco más, hundió sus pies descalzos en la arena mojada y apoyó la palma de sus manos en el agua. Volvió a sentarse sobre aquella parte casi acuosa de la arena. El vestido se mojó en los bordes. Allí estuvimos hasta que el mar fue toda una mancha de luces móviles.

Yo ya no podía separarme de su lado. Ella era distinta. Otros ojos, más sinceros y fieles a lo que sentía, sostenían todo su cuerpo.

Volvimos al hotel. Nos llevaron a cenar. Salimos entre los jardines, volví a describir el paisaje. Caminamos entre piletas. Eran enormes, de formas geométricas irregulares, iluminadas con luces submarinas. Parecían grandes dibujos de luz celeste en la noche. Entramos en un edificio amplio y cuadrado. Bajamos por una escalera de mármol que daba vueltas cuadradas sobre sí misma. Yo le avisaba cuando venían los descansos y cuando los escalones, con estas pequeñas indicaciones ella bajaba con una naturalidad increíble. En un momento nos cruzamos con unas personas que subían, yo andaba distraído por los faroles que alumbraban la escalera y no pude avisarle que en su camino había una canasta con panes. La pasó por encima y milagrosamente no pisó ningún pan. Al final de la escalera se abría un gran salón con mesas preparadas para la cena. Nos sentamos en una que tenía unos panes gigantes sobre los platos. Eran deliciosos. Yo le había prometido, cuando la encontré en el banco, que le iba a cantar por la noche. Alguien me dijo que allí cerca había una guitarra. Fui a buscarla y después de la cena nos sentamos en el balcón de su cuarto y nos quedamos cantando.

Lentamente todo se fue yendo. En ese todo, arrancado como quien rasga un papel, también estábamos ella y yo.

Luces detrás de la ventana

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