Reminiscencias

A veces, cuando camino y voy un poco allí y un poco acá y sopla algo de viento que me hace ladear la mirada, o subirla, o bajarla, y en esos movimientos giro y me encuentro con otra parte de la calle, o una ventana, o veo una persona o cualquier otra cosa hasta que el viento vuelve a llevar mi vista hacia la vereda, a veces, decía, cuando ando así, veo, fugaz, entre las luces y las hojitas secas que pasan rodando, veo, infinito, al norte. Es un instante donde miles de reminiscencias confluyen y el lugar donde estoy se continúa hacia mi alrededor con la forma del norte: avanzo por una callejuela de tierra entre paredones de casas blancas y veredas angostas, subo por el camino que lleva hasta la cruz, advierto a mis espaldas la parte baja del pueblo y a las personas en la plaza. Solo por un instante. Después sigo por donde iba como recién llegado de las montañas.

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Otras veces el norte viene a visitarme y se instala en mi patio con toda su luz. Anega el cielo de un blanco intenso, aplasta los árboles y corroe sus contornos, aclara el pasto y deja caer interminables hojas secas como una nieve tenue. Todo se silencia. En mi patio -y también más allá- todo pierde su cuerpo. Me acerco a la ventana y entrecierro los ojos… Allí está Santa María, el lecho inmenso de su río, seco y parsimonioso; allí Andalgalá, su mañana gélida y cristalina; allí Iturbe, su presencia diseminada. Así es cuando la luz del norte viene y se instala en mi patio. Mientras la miro tengo la sensación de que estará allí para siempre, de que todo es infinito, interminable y eterno. Siento que no hay tiempo, siento paz.Después se va.

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De repente, sin buscarlos, encuentro momentos de paz. Todo lo que voy haciendo durante el día se ordena de tal manera que a cierta hora la paz se me abre como un claro en medio del bosque. Entro. A unos sanguichitos que pensaba almorzar a las apuradas mientras hacía otra cosa los termino comiendo sentado al sol sobre un techo muy perdido entre otros techos, sin escuchar nada que no sea el canto de los pájaros, el viento y, lejana, casi como el murmullo de un río, la avenida. En esos lapsos veo más lejos. Más allá de las nubes. Veo el fluir de la vida. Vuelvo a creer que no es la distancia lo que me separa del norte, sino el tiempo. Él emerge en cada silencio, detrás de cada flor, entre cada sombra. Se recuesta en mi espalda mientras el sol declina y el viento frío comienza a desterrar la calidez de la tarde.

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Otra vez vos, luz, acariciando el cielo. Salgo al patio a limpiar un plato. No busco nada más, solo eso, solo pienso en limpiar un viejo plato. Y ahí estás, luz, haciendo un remolino de viento con tus manos de vaivén. Venís, me tocás, me decís que no estás lejos, sos consuelo, con silencio concebida, concedida. Entro en vos como por una puerta

        siempre abierta,

                        siempre abierta.  

   DSC06033

 

Un comentario sobre “Reminiscencias

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