Sábado

A Anthony Browne y las voces en el parque

-¡Vamos, arriba!

En el asiento del colectivo no entro. Viaje con niebla. Se ve hasta dos, tres cuadras máximo. Uno estornuda, otro se aclara la garganta (en vano, la tiene que suena como una caverna) No hay más asientos libres. Una chica se sienta a upa de su pareja (al menos eso espero, sino bien podría haberme preguntado a mí si podía sentarse sobre mis piernas, pero claro, mi cuaderno abierto y mi bolso la incomodarían, aunque me las arreglaría si ella me lo pidiera) Tengo que recoger los pies, se me incrustan las rodillas contra el asiento de adelante.

-¡Deberíamos haber tomado otro!

El cielo, de un gris casi blanco. Confirmado, es una pareja, encontraron un asiento para dos y se sentaron abrazados. Ahora se acurrucan y sobra lugar para que se siente uno más, nadie se anima. El sol aparece como una luna en una noche blanca. Las calles están oscuras; el cielo, de un gris casi claro. El colectivo cruza un puente por debajo, dobla una esquina y se llena de luces. En un segundo, como un plato al estallar contra el piso, las nubes se parten y se cuela hasta la calle un celeste tiernísimo. Tiernizado en leche. Una chica rubia se levanta y camina hacia la puerta del fondo. Se parece a otra que vi ayer, también en un colectivo, con la misma mirada de un gris casi blanco.

-¡Pobre piba!

Barre la vereda de un negocio de ropa. Está a pasos de la autopista y el polvo es infinito. Ella barre mecánicamente y canta. Tiene los dientes como si una mano blanca le saliera de la boca. El sol ya hiere, a mí no me mires. Coletivo, dicen los nenes. La pareja ya no se abraza. Él se puso auriculares y mira hacia ninguna parte, ella habla sola.

-Iguazú… ida y vuelta… seiscientos… casi doscientos pesos más… éstos te re afanan.

-En la semana tengo turno con el ginecólogo.

El lomito más tentador de país. Pasa un tren por arriba de un puente. Bajada Lugones. Quedamos cuatro pasajeros. Los demás bajaron en el shopping (por suerte el chofer resistió la tentación) El sol entra de costado y trastoca todo, aclara los abrigos oscuros y los asientos negros, pone las ventanas en el piso, la autopista en el techo. Alguien abre una ventana, no puedo ver dónde, pero entra el fresco de la mañana. Extraño mi norte. Bajo último. El día está empecinado en llegar a ser el más diáfano de la semana. Las cosas parecen recién lavadas. Todo es cosmético, decorativo, y se mete en mi gris casi claro.

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Por la tarde compré libros. Los guardé en mi bolso y fui a encontrarme con Marcos. Quisimos ver una película, pero casi la mitad del país había tenido la misma idea. Escapamos caminando hasta llegar a un lugar donde pudimos conversar.

-¿Entonces lo que te estás replanteando es lo efímero de las cosas?

Escapamos bastante. En el camino vimos tres o cuatro veces la luna. Se levantaba sobre las casas, inmensa, redonda, rasante, rechoncha (“yo le dije que esa no es manera de decir las cosas”, le decía la noche anterior una chica a su compañera de la universidad, mientras esperaban el colectivo y yo veía la luna apoyado en un poste de luz) Tuvimos hambre y comimos. Ya era bien de noche y la luna había remontado vuelo. Caminamos hasta el puente, Marcos siguió camino, yo tomé el colectivo. Me senté debajo de una luz y saqué uno de los libros del bolso. Amaneció otra vez. Las páginas encendieron la oscuridad de la autopista, reverdecieron la bocaza del conurbano profundo. Entre los asientos se escucharon voces y afuera fue todo un parque.

voc

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