Luces de un 23 de Febrero de 2013

  • Quizás las impresiones de este día que estoy por anotar se deban a que estuve medio dormido a toda hora.

–        De mañana bien temprano. Apenas unas horas después del amanecer. Caminé hasta la parada de colectivo probando un aire tan claro y espeso como la manteca. Avanzaba despacio. Las nubes jugaban a armar un rompecabezas que velaba la luz del sol. Papel manteca. Las sombras de los postes de luz practicaban sus coreografías para el otoño: aparecían primero algo transparentes, luego se oscurecían despacio hasta que el suelo a su alrededor se agrisaba y volvían a desaparecer.

–        De mañana bien temprano. Interior del colectivo. Esperaba tanto ver la luminosidad de afuera entrar por las ventanas y reflejarse en el piso como sentarme. No tuve suerte. Estaba repleto y oscuro. Las personas se amontonaban contra las ventanas y en el pasillo parecían cajas mal acomodadas. El aire era estrecho y silencioso.

–        En la media mañana. Bajé del colectivo como si la puerta trasera fuera un trampolín a una pileta de nubes y viento. La luz rebotaba en todas partes, la calle se aclaraba y el cielo se oscurecía, después cambiaban los papeles. Tuve el extraño pensamiento de que aquella era una calle propicia para que jugaran los niños. El viento había amontonado las nubes y comenzaba a fundirlas, a batir hasta que no quedaran grumos. Arriba, mar de nubes. Orilla de nubes. Rompiente de nubes. Los autos, las casas y las personas nos vestimos de un acompasado azul celeste, el cielo de gris y la calle de novia.

–        En la media mañana. La penumbra del tren no me sorprendió tanto. Ya estaba curtido por el aura mortecina del colectivo y la oscuridad de la calle que pasa por debajo de la autopista y lleva hasta la estación. La luz adentro era metálica, los brillos cimbraban y los contrastes sonaban con fuerza: asientos y pasajeros oscuros coronados por ventanas claras. Afuera no se podía ver, todo pasaba demasiado rápido al lado del lenguaje claro y directo que presentaba el vagón.

–        Mediodía. En la orilla del río la claridad era cegadora. Nubes plomizas y livianas habían sido pintadas de un brochazo. La gran masa de agua, como un papel de aluminio, refractaba no sólo la luz, sino también el aire caliente y la esperanza de vientos más frescos. Creí que si miraba mucho tiempo aquel río también vería reflejado allí todo lo que llevo oculto y corre sin cesar en mí como una corriente submarina. Entonces le di la espalda.

–        Al atardecer. La lancha navegaba por un vidrio esmerilado. Mi mano colgaba y cuando las olas se agitaban y alcanzaba a tocar el agua sentía que tocaba el centro de la luz, mezclaba muchas pinturas que nunca llegaban a fundirse del todo. El sol se deshilachaba sin descaro, no le importaba la tristeza que nos da esa sensación de verlo morir. Sus filamentos se desprendían livianos y se posaban en todo. Haces de luz laceraban las últimas nubes del día.

–        De tarde casi noche. Tren otra vez. En el vagón no había luz, una de las lámparas titiló un rato pero se terminó por apagar y unirse a las demás. Anocheció primero con menos naturalidad y más pesadez allí adentro. Pensé en las copas de los árboles que siempre ennegrecen antes que el cielo claro. Dos chicas leían en la más completa oscuridad, no hace falta aparentar tanto.

–        De noche. Salí del tren. Me besaron las luces de la ciudad. La calle me acarició con su agradable claridad incandescente, con sus delicadas veladuras blancas. Me sentí conscientemente vulnerable. Los faroles, los semáforos, los autos, las ventanas de los edificios, los carteles, las marquesinas, todo abría el espacio y mostraba la profundidad que el vagón del tren había aniquilado. Algunas personas corrían por los parques.

–        De noche. Más tren. El vacío negro se atenuó por las conversaciones de los pasajeros; pero no de los que iban en el vagón, sino de los que estaban en los andenes discutiendo con la policía o hablando a los gritos con los vendedores de hamburguesas y de los que viajaban en el estribo con las patas al aire, golpeando el piso y las paredes con un ritmo facilongo y canturreando letras de cancha que siempre quedaban truncas por un insulto a alguien que pasaba por la calle o simplemente al aire y porque sí.

–        Noche abierta. Rondando la media noche. Mi barrio. Bendición. Al parecer el viento, durante todo el día, se había encaprichado en acumular toda la basura en una sola cuadra. Las espaldas y las cabezas de las personas se recortaban negras contra la claridad de los comercios y el anaranjado cielo tormentoso. Lloviznaba muy despacio y las luces comenzaban a salirse de sí mismas. Eran células duplicándose. Algunas parejas caminaban relajadas, de la mano o abrazadas; grupos de chicos enfilaban decrechito para el baile, ellas con sus minifaldas my ellos con su pelo brilloso; otros buscaban un lugar donde comer, otros volvíamos a casa con sueño y sin sacar la vista de los relámpagos que, mudos, hacían estallar el cielo de rosado, de amarillo, y se llevaban el tesoro de la luz hacia otra parte. Luz Dulcinea. Luz Blancaluz. Luz Cosmopolita. Luz Fatal.Image

Image

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s