A su encuentro

Cuando vuelvo tarde a mi casa me enfrento a una sensación que siempre se repite. Debo aclarar que, cuando digo tarde, es tarde. Está oscuro y es tarde. Y, si me pongo a hilar finito, hablo  de cuando vuelvo después de viajar, por lo menos, más de una hora.

Ahí estoy, yendo de madrugada a la parada del colectivo (porque tren a esas horas…), cansado, soñoliento y bien despierto a la vez. He allí la extrañeza. Por un lado mis ojitos empiezan a nublarse y pedir un respiro y por el otro están más atentos que nunca a leer el número de los colectivos; por un lado mi mente quiere dejar de carburar y por el otro se sumerge, sola, desprendida de mi dominio, en un tempestuoso mar de ideas. En esos momentos tengo la sensación que se me están ocurriendo cosas interesantísimas, pero no tengo la fuerza para sacar mi cuadernito azul y anotarlas. Me hundo en el asiento oscuro del colectivo y recuerdo melodías, sensaciones sutiles, aromas delicados y colores de un día que ya se fue, pero su peso, como un ancla imparable, me arrastra y me sumerge en el sueño.

Cuando me bajo del colectivo y camino las cuadras hasta mi casa las percepciones se atenúan. Camino por un espacio vacío. Camino y hay veredas, autos estacionados, luces; pero todo está como acartonado, escenográficamente dispuesto para ayudarme a mantener esa temblorosa  ilusión de realidad hasta que me duermo por completo en mi cama o en lo que yo pienso que es mi cama, pero tal vez sea esa misma escenografía iluminándose para otra función acaso más íntima y secreta. Las ideas quedan detrás y no las veo más. Se me meten adentro, se hacen mi historia, se funden con ese todo irrecuperable que conocemos  como pasado. De esa pasta de sensaciones saco, como miguitas, las palabras para escribir estas líneas:

 

Dónde están, poetas, mi pintura quiere ser sus versos.

Dónde están, mi pintura quiere ser de ustedes.

Dónde están, llévenla a su huerto.

Me deshojo, me sajo los ojos al mirar cómo se despedazan las nubes de este cielo agrisado. Miro y trato de esparcirlas, esfumarlas, pulverizarlas de una mirada, quedar de cara a una luz tan ígnea que me ciegue todo el cuerpo.

Pero el cielo se oscurece siempre un poco más.

Alguna pintura me va a salir, será mi palabra, mi sangre; irá a su encuentro, Poetas.

Peregrina, caminante, vagabunda, náufraga, no importa cómo, irá a su encuentro.

Y si en el camino queda o nunca llega, tengan a bien, por favor, abrazarla en su verso, aunque sea de palabra. Porque su verso es claro y sanador, me despabila, me destierra de esta noche en su tibia aurora –y después me quema.

Yo quiero ser de ustedes, poetas. Si no, qué es este dolor. Qué es este cuerpo escupiendo grietas, esta angustia que se me rebalsa por los hombros.

Mi pintura no va a quedarse haciendo nada, está dispuesta a despeñarse.

Oración-

Sube el sol 
y en su luz 
mi voz sube azul 
como día de sembrar. 

Sube el sol 
y en su luz 
tu adiós sube 
como nudo de llorar. 

Girasol 
de tu amor 
giró al encontrar 
la tibieza de otro albor. 

Girasol 
mi oración 
buscándote 
por un cielo sin calor. 

Baja el sol 
y en su luz 
mi voz cae azul 
como noche de guardar. 

Baja el sol 
y en su luz 
tu adiós cae 
como nudo de apresar. 

Girasol 
de tu amor 
giró al encontrar 
la tibieza de otro albor. 

Girasol 
mi oración 
girando en la noche 
ya sin dirección.

Un comentario sobre “A su encuentro

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