Existe cuando lo vemos

Espacio (                ) vacío

Cuando doy las primeras pinceladas de una pintura, hay una parte de la hoja que no toco. Es el espacio del paisaje que se me presenta vacío. A medida que el trabajo avanza voy por todos lados, menos por ahí. Por ese lado no se pasa. Lo miro, lo rodeo, lo tiento con algún color, pero en él, nada. Ese espacio vacío cobra vida por todo lo que despliego a su alrededor.  

Esta manera de observar la realidad me ha llevado a perderme. Los espacios vacíos son como un paréntesis urbano: se camuflan en el vértigo de la ciudad y  en las miradas ensimismadas. Quisiera esbozar aquí una pequeña topografía y dejar algunos detalles de su naturaleza.

¿Vacíos de qué? No de contenido, y mucho menos de valor, ni siquiera de forma. Y aún así, vacíos. A simple vista no presentan nada que llame la atención, todo eso se ha ido a otra parte. Para intentar ordenarme –por ustedes y por mí- voy a convocar la ayuda del padre de la lingüística: “el valor de todo término está determinado por lo que lo rodea, ni siquiera de la palabra sol se puede fijar inmediatamente el valor si no se considera lo que la rodea.” (Saussure 2007: 241) Así como la más exacta característica de los términos del sistema lingüístico es la de ser lo que los otros no son, así el espacio vacío. Se lo percibe como tal por su contexto, su fondo. Lo que estuvo lleno puede vaciarse y viceversa. Como un reloj de arena incansable, el velo de la realidad muda de un lado a otro y los espacios se vacían: un fragmento de la pared queda atrapado entre el brazo flexionado y la cintura de una mujer, salpicaduras de cielo se dispersan entre la espesura de un árbol, restos de edificios se amontonan entre los postes y cables de luz.

Estos silencios visuales tienen parientes por donde se los busque: la pausa en el lenguaje musical, el plano negro en las películas, el cuerpo inmóvil del atleta antes dela partida. Elcontraste que los crea amalgama una mezcla de quietud y despojo, es momento y es lugar donde puedo pensar y ser. Deteniéndome en estas bondades he experimentado la extraña sensación de algo que se revela, de algo que estaba escondido a la vista de todos, de experimentar que lo que parecía mudo guarda la potencialidad de decirlo todo.

 

Habitus espacial

“Habitación” comparte la misma raíz etimológica que “habitar”. Mientras el mundo es una gran habitación para los espacios vacíos, nosotros tenemos que aprender a habitar en y con ellos. Violeta Parra, cuando estaba en París, lo único que tenía en la habitación era una cama y una silla -para qué más. A los monjes cartujos los cambian cada año de una habitación a otra y todas son iguales: una cama, una mesa y una silla. No voy a mencionar la austeridad de la habitación amarilla de Vincent. Entre estos cuartos me quedo con uno: la ventana a la derecha deja entrar luz. Afuera no se sabe bien qué hay, puede ser desde una arboleda hasta una nube o una ola gigante. Adentro no hay nada, la habitación está vacía. La luz y la sombra se reparten sobre el piso y las paredes por igual. Por un lado, el vacío de lo material, la ausencia física en la habitación; por otro, el vacío existencial. Todo lo que podría llegar a ser algo –o alguien- está afuera. 

Esta Habitación Vacía nace de la mirada y la mano de Edwar Hooper. Las mejores obras del realismo norteamericano del siglo XX son suyas. En muchas de esas obras (que no son tantas, Hopper pintó un poco menos de cien cuadros), los espacios vacíos son tan protagonistas como las personas que aparecen, sin excepción, siempre silenciosas, siempre en sí mismas, casi sin intimidad. (¿o pura intimidad?, es una curiosidad, solamente). Es más, el realismo desolador, el retrato de un mundo aislado y ensimismado, y tantos otros despojos de adjetivos que suenan en la armonía hopperiana, son tales, justamente, por el impacto conceptual de los espacios vacíos. En la mujer asomada a la puerta de su casa percibimos una melancolía infinita, ante sus ojos todo está vacío. A través de una ventana vemos una joven: lee una carta contra la pared y hasta creemos escuchar el dolor de las palabras; afuera no hay nada, sólo un muro vacío más de las tantos otros quela rodean. El mundo de la vida está de mudanza.

Hopper enfrenta a sus personajes con espacios vacíos. En esa contienda -o contraste- la nada siempre resulta victoriosa. Devora a los pasajeros de un tren, gana la esquina de un bar, anega los cuartos de luz. Asistimos, como espectadores, a una insinuación, a una sospecha de que entre las personas y esos espacios algo sucede. Ya lo anunciaba el anciano narrador de El entenado, perdido en su hambre por conocer: “Lo desconocido es una abstracción; lo conocido un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación.” (Saer 2005: 11) Los espacios vacíos se mueven en la ambigüedad de lo conocido a medias, entre ellos y su interacción con los otros –y con nosotros- podemos imaginar una idea, un por qué. Como en aquella habitación de New York, donde bajo el aplastante vacío de una ventana abierta un hombre lee el diario y una mujer deja caer su dedo, desganada, sobre la tecla de un piano, y sentimos entre ellos el hastío, la negación de la diferencia, la lejanía.

En las pinturas de Hopper el espacio vacío siempre está con alguien. En esa relación partida, contrastante, trasladamos los sentimientos de las personas al vacío y lo vacío a las personas. Encontramos elementos para interpretar el vacío, leerlo y llenarlo.

 

Horror pleno

Georges Perec, en una maravilla de zoom textual, explora desde una cama hasta el universo entero y deviene en aquello que mira y (d)escribe. En esa apasionante clasificación de las especies de espacios, añorando sitios que nunca fueron como él hubiera querido, dice:

 “Tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, deja de estar incorporado, deja de estar apropiado. El espacio es una duda: continuamente necesito marcarlo, designarlo; nunca es mío, nunca me es dado, tengo que conquistarlo.

Mis espacios son frágiles: el tiempo va a desgastarlos, va a destruirlos: nada se parecerá ya a lo que era (…) El espacio se deshace como la arena que se desliza entre los dedos. El tiempo se lo lleva y sólo me deja unos cuantos pedazos informes.” (Perec 2001: 139-140)

Que lo que se presenta despojado, inhabitado, o desértico, genera preguntas, no es novedad. Sarmiento, dándole vueltas al “desierto” y sin entrar, escribió un libro. El miedo a la página o a la tela en blanco es famosísimo. En la historia del arte, sobre todo en las obras de los pueblos bárbaros, se usa el latinismo horror vacui para describir las composiciones abigarradas de formas, detalles y colores.  En mis primeras clases de pintura mi maestra me decía: “andá a lo que no está pintado”; como un mantra, como el hilo de Ariadna. Y ahora, cosa ‘e mandinga, estoy proponiendo dejar al desierto desierto, las páginas y las telas en blanco, las composiciones con huecos, y crear con lo vacío.

Hace doce años Sábato decía que “el hombre se está acostumbrando a aceptar pasivamente una constante intrusión sensorial. Y esta actitud pasiva termina siendo una servidumbre mental, una verdadera esclavitud.” (Sábato 2000: 16) Imaginemos hoy: un paseo por la calle es un tropezar constante con publicidades, sonidos, colores, melodías, reflejos, voces, ofertas, señales, investidas, caras, números, folletos, códigos, palabras, productos, puertas, ventanas, rejas, grafitis, y así sucesivamente, como un mise en abyme interminable. Todo en la calle está por una razón, todo –nosotros incluidos- debe tener una utilidad.

Sin embargo, aún así, es posible encontrar espacios vacíos. Y encontrarlos significa perderle el miedo al vacío, convivir con él, aceptarlo frágil, momentáneo, ajeno, inútil y perecedero. Ese espacio no tiene ni un para ni un por. Nadie ha posado la palabra en él. Lo que está vacío, entonces, es lo que nadie nominalizó; y lo que no tiene nombre puede ser aquello que nosotros queramos. Ese lugar vacío, desde su posibilidad de ser todo lo que no es, suscita en el observador un color, una palabra, lo llama a susurros pidiéndole un nombre nuevo que revele su prístino ser. Allí tiene una oportunidad el arte.

 

Veo veo

Sábato, como buen observador,                        seguro conocía los espacios vacíos y encontraba                                                     en ellos la inutilidad que pone en jaque la men                                                                   sura de todas las cosas en este mundo                                                                               moderno. Perec, perdido en la escri                                                                                      tura de los espacios, pugnaba                                                                                           por dejar una huella, un signo                                                                                                  que sobreviva al vacío. Hopper                                                                                             no podía concebir la existencia                                                                                      sin el vacío. Y aún así, habiendo llega                                                                           do a este punto donde el camino se vuelve                                                                  contracultural y existencial, quisiera escabullirme                                                       una vez más por el hueco donde no hay nada.

Mirar un espacio                                                                vacío es estar mirando nada. Es mirar por el solo                                                               placer de mirar. Sentir el ojo distraerse en un color,                                                            una textura, un borde. La revelación                                                                         de un sentido, las posibilidades,                                                                                        vienen después. Primero se mira                                                                          sin miramientos. Se mira como un mirón,                                                                            para admirar el milagro.

Lejos de ser inútil, esta actitud podría encontrar un lugar entre las palabras de Rodin:

 “…llamo útil a todo los que nos proporcionala felicidad. Ahorabien, nada hay en el mundo que nos haga más felices que la contemplación y el ensueño. Es lo que, con demasiada frecuencia, se olvida en nuestros días. El hombre que, libre de la indigencia, goza como un sabio de las innumerables maravillas que a cada instante encuentran sus ojos y su espíritu, camina por la tierra como un dios.” (Rodin: 146)

Más allá de todo el halo de contemplación que pueda darle a mi mirada con espacios vacíos, ella no deja de ser un juego.

En este apartado, que parece más una acumulación de disgresiones que una síntesis de lo expuesto arriba, me gustaría dar –como dicen, a vuelo de pájaro- un último vistazo sobre los espacios que, espero, amplíe un poco más su utilidad, valor y contenido.

Todos hemos jugado, alguna que otra vez –y por esas cosas que no se explican, casi solamente en nuestra infancia-, al “veo veo”.  En este juego una persona trata de adivinar lo que otra está viendo. Como pista sólo tiene un color: “Veo veo”, “¿Qué ves?”, “Una cosa”, “¿Qué cosa?”, “Maravillosa”, “¿De qué color…?” Recuerdo que si estaba en una habitación y el color era “rojo”, y justo había allí un inmenso teléfono rojo, la respuesta era cantada. Pero a veces el color no correspondía a nada llamativo. Entonces, cuando ya vencido, solicitaba la respuesta, me encontraba con que el color pertenecía a un espacio de la pared entre dos cuadros, o a las nubes que se veían detrás de la ventana. Elcolor habitaba lo vacío, lo que no veía. Aquel espacio “maravilloso” -del latín mirabilia: cosas admirables, que pueden sorprender- era nombrado y señalado para emerger de la nadería, del papel de “fondo”, y comenzaba a formar parte de un nuevo espacio, construido desde lo lleno y lo vacío.

El “veo veo” se juega para matar el tiempo. Pero en esa pausa –o recreo- de la mirada cotidiana y desatenta, por el sólo hecho de elegir al tun tun un lugar que sabía que otro no miraría, descubría, como esas islas que emergen solas y vírgenes en mares ya conocidos, nuevos espacios. Este juego de la mirada, que se propone encontrar la maravilla donde nadie presta atención, tal vez esconda un poco de lo que intenté desplegar en estas líneas.

“La vida es el espacio en que los seres humanos se inventan a sí mismos”. Como nos dice Nietzsche, la criatura y el creador se unen, y el espacio vacío es un campo abierto al diseño, a una multiplicidad de posibilidades, un lugar en el que suceden cosas. 

 

 

Bibliografía:

Gsell, Paul. El arte, Auguste Rodin. Madrid: Editorial Síntesis. 

Perec, Georges (2001). Especies de espacios. Barcelona: Montesinos.

Sábato, Ernesto (2000). La resistencia. Buenos Aires: Seix Barral.

Saer, Juan José(2005). El entenado. Buenos Aires: Seix Barral.

Saussure, F (2007). Curso de lingüística general. Buenos Aires: Losada.

Espacios vacíos: elija y gane.

Pinte, maestro.

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