Autobioretratografía

No tengo una historia lineal para contar. Un entramado de lugares hilvana mis días.

Toda la primaria me tuve que quedar en el colegio hasta tarde. Vivíamos lejos y tenía que esperar hasta que mis papás terminaran de dar clases. Me quedaba solo. En esas tardes lentas, silenciosas, amplias, nació mi gusto por las historietas y los espacios vacíos.

Después nos mudamos a un lugar menos distante. Habíamos pasado antes por un bosque frente al mar, una casa detrás de un vivero, un departamento con patio y fuentón celeste arriba de una mueblería, una casa con un ciruelo gigante, otra con un taller de pintura y serigrafía, y un departamento en el piso quince de un edificio desde donde veía el horizonte interminable perderse en el cielo. Por todas las casas nos acompañó una biblioteca grande, incómoda para andar llevándola por todos lados. Ya más grandes (la biblioteca y yo), en una de las mudanzas, me tocó embalar un libro de solapa verde. Su autor tenía –y tiene- innumerables lugares para mostrarme. Ahora vivo en una casa con patio, un tilo, un fresno y un pino.

Con el tiempo me abrí a nuevos espacios: trenes, aulas llenas de caballetes, museos, calles cortadas, pasillos que combinan estaciones de subte, plazas llenas de escaleras, esquinas con sol.

Mi mirada estaba tan  llena de postes de luz, techos, galerías, ferias, ramas, grietas, manchas, bocas, ventanas, cielos, hojas, pueblos, cerros, cruces y caminos, que ya no pudo contenerse y salió a la luz. Después fue mi voz.  Ahora es la palabra la que pugna por salir al mundo y llenar con las pinturas y las músicas algunos espacios vacíos:

 

La calle que pasa por debajo del puente de la autopista siempre está en penumbras. No está muy iluminada y de lejos se ve como un hueco azulado entre el cielo y las veredas. Cuando la cruzo voy atento al momento en que la temperatura cambia a la sombra fría del cemento; y me acuerdo de Sábato.

 

El techo de la estación de subte está atravesado de arcos de medio punto alternados con arcos ojivales. Las  luces, colocadas sobre las paredes, bastante más abajo de la altura del techo, no llegan a tocar el punto más alto de los arcos, que caen sobre las vías como dos brazos escapando de la negrura. El andén está en otra: pleno de luz y de las sombras proyectadas de arcos que forman, repetida por todo el piso, una gran c: la c de Cortázar.

 

La canoa se detiene. La corriente en el río para por completo. De cerca lo veo más oscuro, tornasolado, no tan rojizo como cuando bajaba entre los médanos y todavía no había pisado la parte más barrosa de la arena, ni enterrado los pies hasta sentir los cangrejos de la orilla. Las olas que golpean contra la parte baja de la canoa suenan a Saer y a Juan L. Ortiz.

 

Llegamos al pueblo cuando despuntaba el día. Habíamos viajado toda la noche a oscuras. La quebrada estaba escondida entre el silencio y un violeta muy apagado. La luz, naciente, transparentó el horizonte y barrió de un soplo la opacidad que aprisionaba la roja vitalidad del lugar. Las paredes de las casas se abrieron, blancas y amarillas. Empezamos a caminar hacia la plaza creyendo escuchar un yaraví.

 

Si bien parece que ya nos instalamos en un hogar definitivo, en mi caso la mudanza sigue por dentro: de la mirada a lo que se pueda hacer con ella, de los libros a las imágenes, de los colores a las palabras.

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