Otro día que va

La sombra, la oscuridad, el frío cavernoso de mis sueños, o -como le dicen- la noche, se fue arrastrada por el viento. Los árboles, primero como chorros de tinta azules, y después – mar de hojas- como pétreas nubes grises, se instalaron en el campo; quietos, expectantes, perturbadores.

Yo vi todo a través de las ventanas, mientras leía. La luz que en un principio iluminó la habitación y combatió con un grito mudo y naranja la penumbra azul grisácea se disuelve ahora en la claridad que viene desde afuera. Cada vez queda menos de la madrugada, de un sueño agitado por los pasillos de un hospital, de la habitación silenciosa. El silencio empieza a poblarse con una solapada bandada de voces, con la suave estampida de algunas frondas balanceándose en el viento. Así entro, a tientas, en un mundo más claro y –sólo en una primera impresión- reconocible.

Ya nada puede detener al día. Me pregunto si hubiera sido posible hacerlo; al menos intentarlo. Un rezo en la hora propicia, una ofrenda bajo el cielo helado del crepúsculo, un fuego nocturno, algo, lo que sea para que otra vez el día no arrase con su potencia irrefrenable.  Sólo queda intentar ser. Mirar las nubes que desfilan bien altas e intentar ser. Asimilar el ritmo del mediodía, crecer así hasta el atardecer, sentir la herida de la tarde y perderse en un abrazo negro. Sólo queda repetir eso una y otra vez hasta no ser otra cosa más que día, árbol, pájaro, nube, o noche.


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