Pan

El paisaje huele a pan.

Hay un hombre, cerca del puente que cruza el río, que tiene un horno encendido en el fondo de su casa. Quienes lo han visto aseguran que sus manos, como si su trabajo fuese una extensión de sí mismo, son de pan.

Él cocina todo el día: muele los granos, enharina sus brazos, enciende el fuego, dora su cuerpo, canta entre los panes. Siempre así.

En un recoveco de la quebrada se está cocinando el paisaje. Los cerros se hacen del humo de su horno. El sol, luego de su caminata demorada por el pueblo, corre a refugiarse entre los dedos del panadero. El río, violento y subterráneo, apacigua sus aguas en el fuego que dora la grasa de las cortezas. Las nubes, la arena, nosotros, todos, vamos siendo amasados y devorados incesantemente -qué parajoda- por esto que llamamos vida.

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