Plaza

En la esquina de la plaza tres señores terminan de hablar. Uno pone en marcha su moto y mientras se sienta intercambia las últimas palabras con los otros dos que en un instante estarán caminando juntos sin darse cuenta de que un perro negro, chiquito y alargado irá detrás suyo. 

Es domingo. La iglesia festeja su aniversario y la misa, que empezó hace rato, se extiende más allá del mediodía. La voz del cura y las canciones se cuelan entre las callecitas amplificadas por el altoparlante del campanario. Esos ecos religiosos y algunos ronroneos de motores lejanos son lo único que se escucha. Los tres hombres ya se fueron y en la plaza sólo quedan unos niños jugando. Se sientan en las hamacas y se enroscan entrelazando las cadenas. Cuando ya no hay más cadena para trenzar se sueltan y dan unas vueltas bastante violentas. Aprovechan para despatarrarse, gritar y reírse. Pero ni los gritos ni las risas se escuchan, se ven como una imagen sin sonido.

Una señora aparece por la calle, camina pisando las piedritas cercanas a la vereda, sus pasos emiten golpecitos débiles y pausados. Tiene la cara llena de arrugas. Vende empanadas. Entra a un comedor. Sus ojos, colmados de luz, no distinguen nada en la oscuridad de la cocina. Ella no necesita ver, sabe que detrás del ruido de los platos hay alguien cocinando y eso le basta para ofrecer sus empanadas. Una voz de mujer le responde que no y le pregunta si tiene pancitos dulces de chaña. La señora arruga un poco más su cara y promete levarlos otro día. Sale del comedor justo cuando empezaba a ver un poco. El nuevo golpe de luz  (otra sombra blanca y viva), la vuelve a cegar. Retoma su lento andar sobre las piedritas sin notar que los perros tirados en la vereda caliente olieron sus empanadas y están intercambiando unas miradas cómplices.

La plaza enmudece un poco más y una bolsa arrastrada por el viento rasguña la calle. Su sonido, ahora sí, parece un grito en la calma del mediodía.

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La plaza tiene una cantidad de árboles desmesurada. Se vuelven negros en la oscuridad y la dejan más parecida a un lugar impenetrable y peligroso que a un espacio de juego y reunión. La plaza está ocupada, intervenida y sitiada por columnas ásperas y pesadas. Nadie se anima a cruzarla. Las personas la rodean caminando por sus veredas externas. Los viejos monjes, inmersos en una meditación profundísima, no desean ser molestados.

Si bien en una primera pasada no se oye ni un ruido, si se insiste y se escucha con dedicación, se puede percibir, desde el centro de la plaza, el murmullo de una lengua desconocida y resquebrajada.

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Lo más dulce de la plaza son las manchas de luz que se cuelan a través de las hojas de los pinos y los plátanos. Un delicado rosado besa los baldosones irregulares de piedra y los consuela. No olviden su cal ancestral, les dice, por más que tanta gente los pise sin mirarlos.

Es así, los colores siempre tienen razón. Por la plaza pasan, sin detenerse en el sutil salpicado de luz, ni en los bancos palpitando a la sombra, personas, personas, personas y más personas. Caminan envueltas en sus abrigos oscuros y olvidan que el lugar, antes de ofrecerles productos para comprar, fue la sangre viva de su pasado.

Entonces, la plaza, salteada de luz y golpes oscuros, deja ver, al fondo, la fachada blanquísima de la iglesia. El campanario, coronado por una cruz de hierro, emerge por sobre el barullo y planta una sensación de triunfo, de persistencia y consagración espiritual ante tanta banalidad.

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Eran cuatro. Una mujer y tres varones. Llegaron al pueblo al mediodía, habían caminado río arriba durante más de dos horas. Una escalera altísima, desigual, empinadísima y zigzagueante era el único acceso que tenían. Subieron despacio.

Arriba, una sola calle bordeaba la ladera del cerro; por lo tanto todas las casas, si estaban a la izquierda de la calle, subían, y, si estaban a la derecha, bajaban. Los cuatro viajantes sentían, a su izquierda, la proximidad blanca de los muros de adobe; a su derecha, el espacio abriéndose en un descenso vertiginoso que empezaba en el techo de las casas y terminaba bien abajo en las rocas del río. Las casas que descendían se escalonaban, se superponían sin miedo. Estaban atravesadas por escaleras profundas y cambiantes. Desde arriba, desde la calle, no se podían ver los amplios patios de piedra que escondían entre su estructura de bloques superpuestos.

Después de dejar sus bolsos en una habitación y comer, los cuatro viajantes siguieron subiendo por un sendero marcado en el cerro que un hombre les sugirió al pasar caminando a su lado. Se alejaron. Vieron desde arriba las casas que antes se les venían encima. Los techos de chapa palpitaban, blancos, rebalsados de luz. A los costados del pueblo, cuando las construcciones se espaciaban, se podían ver los cultivos rectangulares, algunos verdes, otros amarillos, otros violetas, otros casi grises, celestones. Entre todos esos espacios que desde la altura se asemejaban a un tapiz geométrico y abstracto, los viajantes contemplaron, constituida por un sector en la ladera de la montaña plano y pelado, la plaza del pueblo. Vacía, sin bancos, ni luces, ni juegos, ni árboles, ni plantas. Sólo un puñado de tierra alisada que empezó a levantar polvo cuando unos nenes llegaron y se pusieron a correr detrás de algo que parecía una pelota.

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Dos sube y baja flacos, fríos e incómodos. Un tobogán bajito. Dos hamacas y dos arandelas para colgarse. Una especie de animal de madera con resortes para balancearse (no se sabe si es un caballo, un burro o una llama, sin patas y parte de su cabeza,  apenas dos manivelas para sostenerse a la altura de donde deberían estar las orejas). Dos arbolitos mínimos encerrados en dos círculos de piedra (¿un perro?). Un tronco y una roca grande para sentarse. Todo entre cuatro pequeñas paredes, un molinete en la entrada (¿un lobo marino?). Todo en la parte alta del pueblo. Se llega por una sola calle, después los caminos se deshacen hasta el cementerio (¿un oso acostado?). Una pared más grande y prepotente encerrándola. (Una foca, creo que es una foca).

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La plaza está hecha de muchas plazas. Pero su encanto, su picazón, su secreto, no está en tener partes de plazas vecinas, sino de plazas antiguas, ancestrales, míticas, primigenias.  Un arrugado anciano sentado en la calle me dice: en un espacio vacío abierto al cielo, una vez, unos hombres se juntaron en silencio. Después uno de ellos blandió la cumbre plana de una montaña de piedra, la castigó golpe tras golpe hasta conseguir una superficie lisa y, al terminar, otra vez se juntaron allí los hombres a consagrar el cielo y el silencio. Ese espacio aplanado como por un cachetazo, de cara al sol y encajado a presión en el paisaje, fue cobijo de esperanzas, miedos, promesas y venas deshilachadas. Primavera tras primavera el lugar reverberó bajo el resplandor lunar, conociendo cielos y avenidas, aprendiendo ese lenguaje secreto que nadie nunca llega a conocer por más que busque, y busque, y busque. Le podés preguntar a cualquier habitante del pueblo, y si bien todos creen saber algo, ninguno te va a decir con certeza cómo llegaron a tener la plaza que tienen.

Ahí se abre la posibilidad infinita de que la plaza que ahora me pongo a contar sea una prolongación, una hermana, de aquella primera plaza.

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Parece un plato servido, lleno de sol, humeante en el mediodía, hundido entre las cuatro calles que lo rodean. Antes de ser invadida por el aroma de los comedores, se sacude como si hubiera sufrido un escalofrío, por los pelotazos de tres nenes que, tal vez por su falta de hambre o de comida, prefieren quedarse jugando en vez de sentarse a comer algo caliente.

Bajé caminando. Asiento de un amasijo de calles y casas arrimadas unas sobre otras, la plaza se instala en la parte baja del pueblo. Mientras más bajaba más me adentraba en el viento que, inquieto y desde el río, recorría las calles estrechas y empinadas. Con cada ráfaga, con cada sacudón de viento, mi cuerpo se confundía entre esos momentos fríos y entre el calor del sol que empezaba a caldear el cielo. En los juegos no había nadie. Una botella movida por el viento raspaba la canchita: un espacio de cemento liso y casi horizontal. Una nena y un nene peloteaban. Ella era más grande y le explicaba a él cómo debía patear  para levantar la pelota y hacerla impactar contra la pared a una altura considerable. Tendrían  entre seis y ocho años. Ella llevaba puesta una camperita rosa vieja y agujereada, él un gorrito azul que terminaba en un pomponcito. Ella corría con la pelota sin que él pudiera alcanzarla y cada tanto resbalaba. Sus zapatillas estaban tan lisas que rodaba por el suelo cada dos por tres. Un señor mayor se había ubicado en la parte alta de la plaza –arriba de la pared donde los nenes hacían rebotar la pelota- y tenía esos ojos que miran a la vez todo y nada. Unos viajantes pasaron y le pidieron ayuda, no sabían el camino para llegar a un pueblo vecino. El señor, sin abandonar su tilde contemplativa, extendió su mano hacia una calle que bajaba hasta el chiquero. Los viajantes partieron en esa dirección, no sabían que les esperaba una bajada hasta el río, que allí el viento nacía, que el grito de todo su vigor los haría dudar y no sabrían si continuar su viaje o pegar la vuelta. El señor se levantó y empezó a caminar como si alguien, al activar un interruptor, lo hubiese puesto a andar en contra de su voluntad y él tuviese que vivir movido por otro, sin abandonar nunca ese estado de ser y no ser a la vez. Un nene más grande que los otros dos llegó a la plaza y entre su carrera y la de la nena dejaron casi sin jugar al más chiquito.

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Entre las montañas empieza a subir, blanca y sin apuro, una niebla que, dicen, va a traer frío. Como si fueran una continuación del cielo, las caras del paisaje –casas, calles, cabras, corrales, laderas y plaza- empiezan a azularse. El sol se detiene en el vapor que sobrevuela el pueblo y tarda en llegar a las personas que empiezan su día. Unos se envuelven en sus ponchos y lo esperan asomados a su balcón, otros descargan mercadería de sus camiones y lo extrañan sobre sus manos heladas. Otros van al colegio mirando hacia arriba, tal vez puedan verlo antes de entrar al aula. El único lugar donde este preciado sol parece haber sido atrapado es en la plaza: su plataforma brilla radiante en medio del azul matinal.  Los varones de la escuela secundaria del pueblo llegan para su clase de gimnasia, el suelo los espera con la única calidez que su cuerpo sentirá en el día. Después, las paredes y todos los que anhelaron un momento tibio, seguirán fríos.

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